Guillermo Blanco, sobre todo periodista
No cabe duda de que merecía el Premio de Literatura. Pero pocas veces el de Periodismo ha sido entregado a alguien que lo ejerció con tanta pasión. En estos días se cumplen, ya, 15 años de su muerte

Fue uno de los primeros en llegar a matricularse cuando se inauguró la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. No lo dejaron. En cambio, Guillermo Blanco quedó contratado como profesor de Redacción.
Más de una vez contó esta anécdota, siempre en su estilo tranquilo, sin mayor alarde.
Tal vez debía haberle sacado más provecho a la historia. Por algo, hasta hoy, décadas después, quienes fueron sus alumnos lo recuerdan con admiración y cariño. Era un gran maestro. Y, lo más importante: sus discípulos de entonces están convencidos de que gracias a él no solo aprendieron a escribir mejor sino a mirar el mundo con su misma serenidad y optimismo.
A Guillermo se le suele describir como un hombre sencillo. Lo era en muchos sentidos. Pero era, al mismo tiempo, un personaje complejo, fácil de querer, difícil de analizar. Pese a sus muchos encuentros con periodistas, su verdadero yo solo se puede entrever en sus textos, tanto de ficción como periodísticos. En una de esas típicas entrevistas de preguntas y respuestas breves, Alberto Ganderats, uno de sus primeros alumnos, descubrió el celo con que cuidaba su intimidad, saltándose en sus respuestas las fórmulas fáciles o puramente ingeniosas… precisamente porque ingenio era lo que le sobraba.
Pero no esquivó lo que consideraba fundamental. Le preguntó Ganderats por el “modelo humano que le atrajo en su juventud”.
Le respondió sin vacilar: “Sócrates. Hoy también”.
Libertad sin renuncias
Guillermo Blanco es uno de nuestros escritores más destacados como cuentista y novelista sensible y de alto vuelo imaginativo. Sin embargo, no ganó el Premio Nacional de Literatura, sino el de Periodismo. En 1999, el jurado valoró su “amplia y respetada trayectoria” y el reconocimiento de muchas generaciones como “un maestro de periodistas”.

Él mismo puso el énfasis en esa instancia en lo más importante, su lucha permanente por la libertad:
“Sí; en un momento oscuro de nuestra historia, algunos de nosotros defendimos la libertad de expresión y los valores democráticos. Pero no fue para nosotros. O, seamos justos: también fue para nosotros. Queríamos ser libres para vivir en un país libre. Durante años trabajamos por conseguir que Chile supiera del resto del mundo y de sí mismo, incluso a pesar de… Trabajamos por que fuera capaz de pensar y decidir su destino, aunque… Trabajamos por ilustrar su libertad interna en medio del silencio y de la sombra, para cuando ya no hubiera sombra ni silencio. Y en cuanto pudo, el país dijo: no”.
Reiteró en otra ocasión:
“Chile se ha ido haciendo país por y en la libertad de intercambiar ideas y de sabernos unos a otros. Un país siempre será producto de información que se trasmite y opiniones que se cruzan. Información y opiniones que deben circular libres, como circula libre el aire que respiramos todos. Nadie posee la verdad: la construimos en común.
“El periodista, cuando comprende y ejerce bien su oficio, es eficaz intermediario de las ideas que, luego de enfrentarse en el debate, pasarán a construir la manifiesta voluntad de su nación. Ni la bandera ni otros emblemas o entidades abstractas podrán jamás reflexionar por nosotros. Tampoco los abanderados. Acaso simbolicen lo que sentimos, pero ¿cómo podrían traducir lo que pensamos o lo que deseamos? Tampoco existen concesionarios de la patria, capaces de interpretar la casi infinita variedad de ideas que enriquecen el espíritu de un pueblo, a fuerza –y a causa: nunca es sano olvidarlo- de la diversidad de quienes le dan forma”.
Son múltiples los adjetivos que se pueden aplicar a esta visión suya de la vida y el periodismo, pero, sin duda, el más exacto es que era un hombre bueno. O, como se definía en una tarjeta de visita: “Guillermo Blanco, Civil”.
Su vasta obra literaria ha sido estudiada a fondo, desde Adiós a Ruibarbo, un cuento, a Gracia y el forastero, su novela más conocida. Pero su registro de ficción es más amplio, incluyendo historias de bandidos, influido probablemente por su niñez en Talca, hasta relatos evangélicos, como Vecina amable, que recoge la historia de Yosef y Miriam y su hijo Yehosua, en Nazaret.
Un vasto repertorio
En otros ámbitos, incursionó en la sátira en compañía de Carlos Ruiz-Tagle en Revolución en Chile. Firmaron como Sillie Utternut, una despistada periodista norteamericana que deja al descubierto las debilidades de la política chilena.

Una parte importante de su obra va desde el comentario breve de actualidad (con el que se inició en el semanario La Voz del Arzobispado de Santiago) al despliegue semanal de ingenio centrado en la actualidad en Ercilla y en Hoy y posteriormente en el diario La Época.
Sería imposible no mencionar algunos de sus ensayos, oportunos, valerosos y memorables publicados bajo el sello del Instituto Chileno de Estudios Humanísticos:
Los incidentes de Riobamba y Pudahuel en tres diarios chilenos, 1977.
Comunicación social para la paz,1979.
Eduardo Frei, el hombre de la patria joven, 1984.
Otro hito:
Unamuno, el león sin sus gafas, ensayo, Andrés Bello, 2003.
El recuento siempre será incompleto, pero ilustra lo esencial: Guillermo Blanco, de una imaginación desbordada, siempre mantuvo los pies en la tierra. Por eso su aporte al periodismo y a su enseñanza.
Es que creía como anotó en un resumen preciso y certero:
Ser periodista es ser testigo activo de la vida. Ser capaz de mirarla y oírla con ojos y oídos siempre nuevos.
Percibir, en los rostros y voces de otra gente, la expresión de su angustia, su amor o su esperanza.
Acercarse con respeto al dolor, a la alegría, al entusiasmo o al silencio.
Ser periodista no solo es ser testigo que presencia sucesos y procesos: es, además, reflexionar sobre ellos, analizar, traducir la realidad en palabra e imagen.
No cabe duda de que merecía el Premio de Literatura. Pero pocas veces el de Periodismo ha sido entregado a alguien que lo vivió con tanta pasión.
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