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Tribuna

La muerte erótica: Sabina Spielrein y la dinámica de la sombra

La psiquiatra rusa fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Anticipó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros

Un fotograma de la película 'Te doy mi alma' (2002), de Roberto Faenza, sobre la relación de Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud. TCD / Prod.DB / Alamy / CORDON PRESS

En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.

Esa divinidad destructiva no está ahí fuera, está en la mente. Sabina Spielrein, psiquiatra rusa que había conocido “la tierra de los muertos” lo advirtió. La importancia de esta mujer en la historia del psicoanálisis (la magia singular de la sanación mediante la palabra) es incuestionable. Sabina Spielrein fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Adelantó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros (reacios a citarla públicamente, aunque en privado admitían su influencia). Spielrein había conocido la esquizofrenia, entonces llamada demencia precoz, cuando fue internada con 19 años en la clínica de Zúrich donde trabajaba Jung. Fue tratada con el método psicoanalítico y el eros la curó. Se enamoró de Jung y se convirtió en su amante. Juntos hacían “poesía”. El resto de su vida se esforzó por librarse de esa influencia. Más tarde se doctoró en psiquiatría y se convirtió en la primera mujer del círculo psicoanalítico de Freud. En esa época publica un artículo sobre la “dinámica de la sombra”. Hay una pulsión de destrucción inherente al proceso creativo. Eros convoca a Tánatos, que impulsa una transformación radical, a veces a costa de la propia integridad. La sombra no es un mero residuo inconsciente ni un conjunto de factores reprimidos, sino uno de los polos de la pulsión creativa de la psique, que crea la tensión entre la necesidad de conservar el yo y la de disolverlo para crear. La muerte es un hábito del cuerpo.

Spielrein adelanta ideas de Paul Feyerabend. La ciencia no consiste tanto en descubrir lo que está ahí, como en inventar y crear

En un nivel erótico, el otro no es solo objeto del deseo, sino también amenaza para la propia identidad. La sombra propia se proyecta en el otro como forma de autodefensa. Spielrein estudia esa pulsión destructiva en la infancia. El niño destruye el juguete para entender cómo funciona, o para crear uno nuevo. En el adulto esa tendencia sigue itinerarios más complejos. Uno puede arruinar una relación para no verse atrapado en la dependencia, o autosabotear su éxito por miedo a perder la identidad previa. El inconsciente genera el fracaso para recuperar su tensión interna. Cuando un deseo se cumple, la energía que lo sostiene se disipa y con ella su vitalidad. “Algunos neuróticos que temen la relación sexual porque con la emisión de semen se pierde parte del individuo”. La consumación del acto tiene un componente depresivo: el esperma como excremento. El deseo incumplido mantiene la tensión. Schiller lo advirtió: “Sólo lo que no ha ocurrido no envejece”. Saboteamos el logro para mantener vivo el deseo. Ese es el cometido de la sombra. Un rayo de tiniebla, dirían los místicos.

“El arte es un complejo que se ha independizado y cuyo impulso salvaje tiene la máxima necesidad de expresión. Cuando el artista crea no es por comunicarse con otros. El complejo quiere salir, nada más”. Lo mismo se puede aplicar a las teorías que surgen del inconsciente del genio científico. La destrucción es también estrategia creativa y evolutiva. De ahí la desconfianza en la acumulación del conocimiento. Spielrein adelanta ideas de Paul Feyerabend. La ciencia no consiste tanto en descubrir lo que está ahí, como en inventar y crear. Lo que conmueve aspira a ser compartido. La disolución y asimilación de una experiencia “personal” cobra forma en la obra de arte y en la teoría científica. Lo personal se transforma en experiencia de la especie, el yo en nosotros. Vivimos en una mente extendida y compartida. Los científicos de vanguardia que no hacen “ciencia normal” (en el sentido de Kuhn) son verdaderos artistas. Y como tales no siguen un método, sino sus propias intuiciones.

Las ideas de Spielrein están presentes en varios libros de reciente publicación. En Catafalco (Atalanta), Peter Kingsley explora de un modo hipnótico y envolvente al Jung más visionario. Stefan Zweig presenta una hagiografía: Freud (Bauplan), donde el ataúd es símbolo del vientre materno. La hipnoterapia del trance (Herder), de Giorgio Nardone, nos presenta la magia de la hipnosis como un viejo y desacreditado microscopio de la psique. Eucaristía en el infierno (El hilo de Ariadna), es un audaz viaje imaginal del psiconauta Antonio de Diego por los Libros negros del Jung más chamánico. Todos estos libros hablan del paradigma de la “mente extendida”. A diferencia del cuerpo, la mente carece de contornos. Tanto la memoria como el deseo, el lenguaje o la percepción (esencias de lo mental), son fenómenos extendidos que desbordan al cuerpo. Por eso explicar la mente desde el cuerpo es insuficiente. Por mucho empeño que ponga el materialismo que domina las neurociencias de hoy.

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