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La era de la ‘manocultura’: qué leen y miran los jóvenes misóginos resentidos con el sistema

Documentales, novelas y ensayos buscan respuestas frente al desconcierto masculino y qué hay de cierto en eso de que esta es la generación más machista y de derechas de la historia

Un fotograma del documental 'Dentro de la manosfera', de Louis Theroux (a la derecha).NETFLIX

Un manfluencer famoso retransmite cacerías de hombres gays y normaliza el acoso callejero a mujeres desde Marbella (Dentro de la manosfera, 2026). Un tecnomístico solitario —de esos que dice haber leído cosas que nadie conoce, pero que en realidad solo ha visto un vídeo de YouTube al respecto—, bombardea con mensajes conspiranoicos a una chica para que memorice las meditaciones de Marco Aurelio o disertaciones sobre transhumanismo (El valle del silicio, de 2026). Cada noche, un chaval escribe cien veces “estoy agradecido de ser diamante y generar 10K al mes”, porque un criptobro aventuró que ese gesto le llevará a conducir un Lamborghini azul celeste y vivir en Miami (+10K, 2025). Mientras limpia su ADN para borrar emociones negativas de sus vidas pasadas, una mujer recordará la interacción violenta que tuvo con un incel —célibe involuntario— en 2014 (La bestia, 2023). Un adolescente que consume contenido misógino en redes asesina a su compañera de clase después de que esta le ridiculice en público (Adolescencia, 2025). Una escritora arruinada que sigue a coaches de seducción online acepta un trabajo en Patriarcado, una app de citas para gente de extrema derecha (Flat Earth, 2026). El forero /1404er/ vive encerrado en su habitación, sumido en el consumo de imágenes violentas contra las mujeres, teorías conspirativas y comentarios xenófobos (Amigdalatrópolis, 2025).

Todas las tramas mencionadas en el párrafo anterior pertenecen a series, películas, documentales o novelas que en la última media década han explorado las particularidades de la manocultura, el giro misógino, conspiranoico y reaccionario en los discursos dominantes sobre el ideal del hombre moderno. Dicen que cada nueva generación necesita su libro fundacional de psicopatía pero, ¿y si las ideas vertidas en los rincones más viscosos de internet han conformado el pastiche incoherente de la gran obra del desquicie de la masculinidad contemporánea? Esa deriva narrativa es la que ha permeado con especial intensidad entre los chicos jóvenes, a los que los estudios y la prensa ya señalan como los más machistas y fascistas de la historia.

¿Qué han leído o visto los nativos digitales para que rechacen la épica democrática, se sientan cómodos con las conspiraciones y desconfíen de las políticas progresistas? ¿Qué les seduce en el falso ideal de la masculinidad gracias a la eficiencia técnica, la disciplina corporal y la ética neoliberal? Y lo más importante, ¿por qué parece que solo nos preocupamos por la deriva de esos críos resentidos del Norte Global?

Un retrato robot delirante

“Si las mujeres están reformulando su identidad en el siglo XXI de manera colectiva en los feminismos, los varones lo están haciendo de forma solitaria, y la manosfera prospera en este contexto”, aclara en un intercambio de correos el ensayista argentino Luis Ignacio García, autor de Fascismo Cosplay (Caja Negra, 2026), un texto fragmentario sobre el auge de las nuevas derechas radicales.

Dibujar un retrato robot del consumidor de manocultura no es fácil. Su delirio opera en el caos, con ideas y eslóganes repartidos en un diagrama de Venn formado por infinitos círculos concéntricos. En la versión más burda y comercial, están los imitadores de Andrew Tate y Clavicular, manfluencers que claman por el retorno a los valores tradicionales mientras maximizan su apariencia y promocionan criptomonedas. Un paraguas intermedio ha sido el de los red pillers, comunidad que ha malinterpretado el significado de la película Matrix para cobijar tanto a conspiracionistas como negacionistas de las desigualdades en la justicia social. En el modo más aislacionista, los hiperconsumidores ansiosos de foros misóginos y xenófobos. Están los neorreaccionarios del Renacimiento Oscuro tecnológico que citan obsesivamente a René Girard. Hay hombres que buscan vencer a su propio cuerpo. Los aceleracionistas —en España se desarticuló la primera célula terrorista de este movimiento en 2025, que buscaba hacer colapsar las instituciones democráticas para salvar a Occidente de los musulmanes—. Los que aseguran que la ficción especulativa supremacista se ha hecho realidad —y, en parte, tienen razón, la empresa Palantir no existiría si Peter Thiel no se hubiese obsesionado con los textos de Nick Land de los noventa— y los que consumen ese contenido porque solo buscan romper con la cadena de pobreza en la que andan inmersos. La mayoría apoyará la teoría del Gran Reemplazo y en algún momento culparán a los judíos, a las feministas o a los migrantes de las desdichas contemporáneas.

A excepción del documental Dentro de la manosfera, en el que Louis Theroux contacta con varios influencers misóginos para seguirlos en su día a día, la no ficción que analiza este panorama no trata tanto de señalar al Amadeo Lladós de turno, sino reflexionar sobre los mecanismos de seducción que han facilitado el auge reaccionario entre los hombres jóvenes. “El problema no son los criptobros como tales, sino el descampado subjetivo que dejaron décadas de neoliberalismo. No son los estafadores, sino el desamparo de los jóvenes que se ven obligados a caer en sus manos”, explica el autor de Fascismo Cosplay. Para este doctor en Filosofía, docente en la universidad de Córdoba, si la manosfera triunfa no es porque contenga una ideología misógina coherente. Ni existe ni se la espera. Su influencia se expande por servir de refugio simbólico y afectivo en el desconcierto de nuestro tiempo, un paraguas sentimental y de sentido a la existencia para aquellos que sienten que los marcos tradicionales heredados (familiares, escolares, de género) “están en franca descomposición”.

En busca de la seguridad ontológica

Los estudios alarman sobre la brecha ideológica entre chicos y chicas. El último, de marzo de 2025, sitúa la intención de voto a la extrema derecha entre hombres menores europeos en su máximo hasta la fecha: más del 21% entre ellos, frente al 14% entre las mujeres de esa edad. Entre el cinismo y la ironía de los memes, esos chavales han construido una visión del mundo y la realidad en función de lo que ven en las redes. Creen que el pastel ya está repartido, ignoran la posibilidad de un Estado del Bienestar que nunca conocieron y se han adscrito a una deriva fanática y oscurantista que cae en los antagonismos de género. Las series y las películas apocalípticas que consumen, además, les llevan a pensar que reinará el sálvese quien pueda. “Los jóvenes también se han visto afectados por una producción cultural mainstream dentro de la industria capitalista del entretenimiento. Si se percibe que lo apocalíptico, lo alarmante y lo distópico genera mayor beneficio que la producción de productos culturales que apunten a que otro mundo es posible o a la utopía, fabricarán eso”, apunta la politóloga Alicia Valdés, muy crítica con el pánico moral que indujo el fenómeno global de la serie Adolescencia. “Es problemático que las plataformas y productoras que buscan la monetización construyan los marcos de conversación sobre temas complejos”, aclara.

Haciendo caso a la filósofa Rosi Braidotti, Valdés ha querido ser digna a su tiempo y ha buscado respuestas frente a esta supuesta radicalización en Auge: género, juventud y extrema derecha (EnDebate, 2026) ¿Su conclusión? No, no estamos frente a los chavales más machistas y de derechas de la historia. Puede que un 20% de los chicos piense que la violencia de género es un invento, ¿por qué no hablamos del 80% restante? La ensayista pone el foco en una idea que comparte con el pensador Eudald Espluga en Imaginar el fin (Paidós, 2026), este giro se ha producido en un escenario de policrisis en el que el orden ontológico (qué es el mundo) y lo epistemológico (qué podemos conocer) carece de sentido y ya no es una brújula. Valdés asegura que los chicos jóvenes se encuentran “en una especie de condena ontológica”, una profecía autocumplida frente a dos escenarios: o forman parte de discursos en los que se los posiciona como violadores en potencia o están en los que la masculinidad solo puede construirse al convertirse en su propio jefe.

“Los manfluencers y la creación de contenido antifeminista para chavales se están comiendo la producción cultural”, alarma Jon Uriarte, comisario digital responsable de las jornadas POV en Tabakalera, que este año se ha centrado en el avance ultra en las redes. Uriarte alerta sobre la influencia turbocapitalista de Estados Unidos en estos contenidos. “La mayoría de las redes sociales corporativas occidentales están radicadas allí y se han alineado con las políticas de su gobierno aupando narrativas de extrema derecha. Muchos de los protagonistas de esas esferas siguen las narrativas de los oligarcas tecnológicos, quienes han construido fortunas ayudados por la ficción especulativa vendiendo ideas de futuro aparentemente simples de conseguir, pero que obvian el rastro extractivo, explotador y de desigualdad que dejan a su paso”, lamenta.

No romantices al ‘criptobro’

¿A quién ama un criptobro? ¿Con qué sueña un extropiano? Sin ánimo de romantizarlos, pero sí de acercarse a su universo sin prejuicios, dos creadoras españolas han explorado las emociones del neorreaccionario que se ha gestado en internet. En la novela El valle del silicio (Reservoir Books, 2026), a través de lo que escribe SamuelPearce, un usuario que nunca sabemos si es un bot o una persona real, Carla Nyman ha desarrollado un completo y afiladísimo estudio de la masculinidad en el ciberespacio. “Los incels no aparecen gratuitamente, son el resultado de una civilización que ha entrado en colapso”, explica al teléfono desde Roma. Para Nyman, el malestar social ha llevado a esta nueva fase maníaco depresiva, en la que los chavales han preferido agarrarse a un ideal de falsa omnipotencia que a asumir su propia futilidad. “Todo es un reflejo narcisista, tienen la autoestima muy mal colocada. Su desesperación les lleva a creer más en las posibilidades de la criogenización o el transhumanismo que asumir su vulnerabilidad”.

“No estamos tan lejos de ellos”, advierte la cineasta Gala Hernández López, que se hizo con el César por su aproximación a la cultura incel en La mecánica de los fluidos, y en +10K ha explorado la vida de los chavales rendidos al góspel de los bro financieros. “Lo fácil sería mirarles por encima del hombro y pensar que son idiotas, pero tenemos más puntos en común de lo que creemos”, explica Hernández. Tanto ella como Nyman buscan alejarse del tono aleccionador de ciertos discursos progresistas. La mirada de Hernández está muy influenciada por Virtue Hoarders: The Case Against the Professional Managerial Class, de Catherine Liu. “Ella viene decirnos que el discurso que ha secuestrado a los ideales de progreso se ha convertido en una competición con una performatividad moral y ética por tener el lenguaje correcto y la representación correcta, cuando lo que debería hacer la izquierda es volver a lo material, a hablar de las condiciones de trabajo, de vivienda y de vida de la gente. Creo que eso es crucial”.

También lo ve así el autor de Fascismo Cosplay: “Debemos renunciar a la superioridad moral, a pensarse como discurso de Estado. Hay que recuperar el humor y la ironía, bajar al barro de la experiencia del desconcierto contemporáneo. Solo desde allí podremos volver a imaginar un diálogo real con las nuevas generaciones”.

Qué leer y ver

LIBROS

El valle del silicio, Carla Nyman. Reservoir Books, 2026. 286 páginas. 18,90 euros.

Fascismo Cosplay, Juan Ignacio García. Caja Negra, 2026. 224 páginas. 19,95 euros.

Amigdalatrópolis, B. R. Yeager. Traducción del inglés de Alejo Ponce de León. Caja Negra, 2025. 180 páginas. 18 euros.

Auge: género, juventud y extrema derecha, Alicia Valdés. (EnDebate, 2026). 91 páginas. 12,90 euros.

PELÍCULAS

La mecánica de los fluidos, de Gala Hernández López (2022).

+10K, de Gala Hernández López (2025).

Dentro de la machoesfera, de Louis Theroux (2026).

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