Una casa que habla, siente y recuerda nacimientos, vidas y muertes
La prestigiosa escritora argentina Selva Almada, en ‘Una casa sola’, arriesga con una novela densa y audaz: muestra la evolución de una familia de campesinos a través de la mirada del hogar donde habitan


La escritora argentina Selva Almada decidió asumir un enorme riesgo: darle la voz y la perspectiva narrativa de su novela a un objeto inanimado. Una casa, específicamente. Una casa que ve, siente, recuerda, dice lo que oye, pero que, anclada a sus cimientos como casa al fin y al cabo que es, no ve más allá de lo que su mirada consigue alcanzar. No obstante, al parecer inconforme con ese desafío narrativo, la novelista se plantea otro reto: colocar la morada en un paraje rural en el que solo la rodea la maleza de un bosque por donde corre —a veces casi ni corre— un arroyo, con lo cual sus referencias quedan aun más limitadas. Y si lo anterior ya parecía suficientemente complejo, Selva Almada da un paso más allá y se empeña en un verdadero experimento lingüístico pues para armar su relato recurre a un lenguaje cargado de localismos, en su caso argentinismos de la norma del habla popular de Corrientes, la provincia del norte del país colindante con Paraguay. En dos palabras, el fin del mundo… la tierra literaria de muchos relatos de Horacio Quiroga.
Una casa sola es la cuarta novela de esta narradora argentina, considerada por algunos como una de las voces más sólidas de su generación. Obra densa, con una estructura que no sigue desarrollos dramáticos guiados por la cronología, su lectura exige la máxima atención en el seguimiento de la historia de la casa y con ella, en lo fundamental, de la familia de Damián Lucero, el peón campesino que por varios años la habitó, la adecentó y luego la pobló con su mujer e hijos… y de donde un día todos salieron para no volver.
Difícil resulta ubicar el contexto físico y temporal del relato. La historia narrada en primera persona de la casa (y por la casa) se remite incluso a una época en la que, en su sitio de construcción, solo había bosque y abarca de este modo un tiempo dilatado, imposible de precisar, y que al final, llegará al momento en el cual, como reconoce la casa “Sigo en pie como esas viejas muy viejas: de pura empecinada no más”, cuando, abandonada, asediada por el bosque voraz “Vista desde arriba, ya nadie podría distinguirme”. De este modo, el arco temporal marcado por la narración parece remitirnos desde acontecimientos ocurridos en épocas de guerras y violencias que parecen propias del siglo XIX (por ahí anda un general típico de la novelística latinoamericana que se dice llega a engendrar más de cien hijos) hasta períodos contemporáneos en los cuales abundan las maquinarias y los obreros agrícolas, mientras la vida rural sufre diversas alteraciones incluso en las relaciones de poder entre patronos y trabajadores. Todo ese tiempo supra humano es el de la casa narradora y la falta de referencias históricas concretas es una de las posibles consecuencias que se debe pagar por el empleo de una perspectiva limitada y la adopción de una estructura no convencional o cronológica. O, tal vez, esas oscuridades referenciales son, precisamente, el efecto de ambigüedad que pretendía provocar la novelista.
¿Qué ocurrió con la familia del bueno de Damián Lucero? Como decía la gente de la zona, como repite la propia casa, parece habérselos tragado la tierra y es lo que probablemente ocurrió.
¿Qué ocurrió con la familia del bueno de Damián Lucero? ¿A dónde han ido a parar el peón, su joven esposa Lorena y sus cuatro vástagos? Han salido un día y ni la casa, ni nadie, parece saber su paradero. Como decía la gente de la zona, como repite la propia casa, parece habérselos tragado la tierra y es lo que probablemente ocurrió.
Aunque el centro dramático del relato podría ser esa historia familiar y su relación con el patrón dueño de las tierras en que se levanta la morada y para el cual trabaja Damián Lucero, por las páginas de la novela van pasando personajes y sucesos diversos, poco o mal conectados con ese núcleo dramático pero que forman parte de la experiencia vital de la casa. Así, la historia de La Gringa, por ejemplo, alimenta varios pasajes de la novela, mientras la de una banda de hombres desarrapados y hambrientos más parece remitir a una fábula de aparecidos que, al menos a mí, me recuerda ciertos ambientes de la narrativa de Juan Rulfo. Su función en el texto parece responder más a la creación de una atmósfera que a la construcción propiamente argumental.
A ese discurrir lento, perseguida y tenazmente inconexo si aplicamos códigos de desarrollo dramático más ortodoxos, llega en un punto el personaje de la Tata, la madre de Lorena, empeñada en conocer el destino de su hija y su familia. Vieja y empecinada —como la propia casa— la mujer insiste y moviliza fuerzas para dilucidar el misterio que llevará la trama hacia las páginas finales de la novela.
Y aquí es donde los retos asumidos por Selva Almada se convierten en el desafío mayor: el acceso a la información, o sea, a la verdad. Conocer o no el destino de esos personajes quizás hasta protagónicos puede ser una exigencia al uso como colofón de una historia narrada. Pero poco o nada funciona con estrategias o soluciones previsibles en Una casa sola. Y reconozco la valentía de su autora. Queda entonces al lector, con las dispersas evidencias existentes, poner los puntos finales al destino de los personajes, pues Selva Almada ha conseguido lo que se proponía: narrar en primera persona la historia de una casa rural y sumergirnos en el ambiente de un mundo que por momentos parece al margen del tiempo o estancado en un tiempo histórico sin historia, un devenir sino solo conectado con procesos de nacimientos, vidas y muertes, como los ciclos de la naturaleza, o como el propio transcurrir de una casa que agoniza mientras cuenta su historia.

Una casa sola
Random House, 2026
160 páginas. 17,95
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