‘Maite’, de Fernando Aramburu: excelente novela de una familia y una sociedad intoxicada por la violencia
La quinta entrega de la serie sobre las gentes vascas del escritor sigue a una mujer, su hermana y la madre de ambas durante los cuatro días agónicos del secuestro y ejecución de Miguel Ángel Blanco en 1997

Maite significa amor en euskera y es el nombre de la protagonista absoluta de esta novela triste (por su argumento), delicada (por el tratamiento narrativo) y excelente (por su resultado literario) con la que Fernando Aramburu incrementa la serie sobre las gentes vascas que se inició en 2006 con los cuentos de Los peces de la amargura. La intoxicación moral que el terrorismo había inoculado en la sociedad vasca estaba en ellos omnipresente, como lo estuvo en Años lentos (2012), focalizada en el caldo de cultivo de ignorancia y fanatismo del que surgían no pocos gudaris. En Hijos de la fábula (2023) viró hacia lo grotesco para dibujar una retrato esperpéntico de unos terroristas tan risibles como pavorosos; sin embargo en El niño (2024) la mirada se desvió hacia una de las familias que perdió a su hijo en la explosión de gas propano en un colegio de Ortuella que segó la vida de más de cincuenta niños. En Maite, quinta entrega de Gentes vascas, se amalgaman con destreza la repercusión social de la violencia etarra y la esfera íntima de los personajes, un careo difícil entre lo colectivo y lo privado que Aramburu ha decidido abordar sin la complejidad estructural de otras novelas, buscando la sintonía entre la dimensión formal de la novela y la rectitud ética de la protagonista: su corazón limpio —o sencillo, como la Félicité de Flaubert— exigía una técnica equivalente.
La elección de un relato lineal que abarca del 10 al 13 de julio de 1997 está condicionada por el trasfondo histórico: fueron los cuatro agónicos días del secuestro y ejecución de Miguel Ángel Blanco, el joven concejal de Ermua cuya muerte cambió para siempre la reacción de la sociedad vasca a los crímenes de ETA. Sobre ese telón de fondo se presenta a Maite, el centro de conciencia de la novela, a su hermana Elene, que justo esos días regresa a San Sebastián desde Providence, donde hace muchos años vive con su esposo e hijos americanos, y el ama, Manoli, viuda y temerosa de que, tras sufrir un ictus, la recluyan en un asilo. La evolución del secuestro, junto con la puesta al día de las hermanas y la revelación gradual de los secretos respectivos, imponía al relato una cronología progresiva que condujera a un desenlace múltiple: el atroz cumplimiento de la amenaza etarra y sendas revelaciones —una explícita y otra no— sobre las vidas de Maite y Elene.
La combinación de estos dos planos, privado y público, trabaja a favor del propósito de Aramburu de explorar la cotidianidad de la gente anónima como Maite y cómo se ve afectada por su pertenencia a una sociedad intoxicada por la violencia. De ahí que haya construido a su protagonista hacia adentro con el fin de que el lector pueda penetrar en su intimidad mental y emocional mejor que ninguno de los personajes que la rodean, empezando por su adorado Andoni, el marido oftalmólogo que, asistiendo a un congreso esos días, despeja la escena y permite una más diáfana definición de la interioridad de Maite. Para arrastrar al lector a ella, Aramburu se vale de dos recursos: las autoentrevistas que la mujer se ha hecho desde pequeña y lo que ella llama “castillos”, fantasías en las que se imagina en situaciones hipotéticas, como por ejemplo la de interpelar a los padres del cabecilla del comando etarra o la de encararse con el asesino en el zulo donde retiene al muchacho.
Como criatura benéfica, solidaria y afectiva, Maite siente la necesidad de mitigar o combatir el sufrimiento de los otros, un impulso moral que no podía ser ajeno a la angustia causada por el terrorismo. En su cuerpo lleva la secuela física de ese mandato ético: la cicatriz de una pedrada en una de las concentraciones pacíficas convocadas por Denon Artean (Paz y Reconciliación) a las que acudía, con el lazo azul de protesta, tras el secuestro de un empresario vasco. Como si esa marca fuera un oprobio, ella inventa, para explicarla, una mentira que el lector deberá comparar con otra mentira de la que ella es víctima. Su imposibilidad de reprimir la indignación la aísla: su madre no quiere saber nada de política y su esposo Andoni se niega a salir con ella a la calle si se pone el lazo azul de protesta. Del impulso empático que la domina proceden también su preocupación por Elene cuando sospecha que sufre violencia doméstica.
Ni la sociedad vasca ni la vida de las dos hermanas saldrán indemnes de esos días de reencuentro y angustia, aunque las conmociones que cambian sus destinos quedan fuera de escena. El que se infiere de Maite es acaso el más conmovedor, y lo sentimos así gracias a que Aramburu ha sabido trasladarnos al recinto reservado de su conciencia.

Maite
Tusquets, 2026
344 páginas, 22,90 euros

Maite
Traducción de Núria Parés Sellarès
Columna, 2026
328 páginas, 22,90 euros
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































