El diplomático que intentó evitar el derrumbe del imperio Hispánico
El ensayo ‘Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida’, escrito por José Luis Villacañas, analiza cómo el pensador barroco fracasó en convencer al rey de cambiar el rumbo del país

Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida (Fundación Santander, 2025) no es una biografía al uso, sino la descripción de una época ―el siglo XVII español y europeo― a través de la vida del diplomático más lúcido ―y más desoído― de ese momento. Este libro de José Luis Villacañas Berlanga, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, describe una etapa desilusionante de la historia nacional, el inicio del derrumbe del imperio Hispánico y la desesperada lucha de una mente clarividente por evitarlo, batallando directamente con personajes tan destacados como el cardenal Richelieu o el papa Urbano VIII. Si bien Francisco de Quevedo escribía aquello de “miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados”, Saavedra, que compartía sentimientos con su coetáneo, no solo denunciaba y apuntaba, sino que actuaba.
Saavedra (1584-1648) fue un diplomático, escritor y político con una obra a la altura intelectual de Maquiavelo o Hobbes. Propugnaba una especie de monarquía republicana, con un príncipe elegido entre los mejores, que “supiera que esa púrpura no era suya, sino de la República”. El príncipe, sostenía, es parte del gobierno, no un poder absoluto. Reclamaba también profesionalidad y movilidad en los cargos oficiales, no su obtención por herencia o nobleza. Igualmente, estaba convencido de que América sería la tumba del imperio, pues la llegada de grandes cantidades de dinero permitían que el país siguiese funcionando y guerreando por medio mundo sin desarrollar la tecnologías y las ciencias que naciones más pequeñas o pobres sí lograban. Igualmente, pedía la creación de una iglesia hispánica nacional, al estilo de las protestantes, lejana a la Roma que tanto odiaba al imperio.
Su figura, hoy muy olvidada, aunque en los últimos años se han publicado varias obras sobre él, lo convirtió en el autor preferido de los Ilustrados. Atrajo a finales del siglo pasado a personajes tan dispares como el ministro franquista y presidente de la Xunta Manuel Fraga Iribarne, que lo estudió en profundidad, o el catedrático de Derecho Político y alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván. “Teórico y ciudadano del Estado barroco”, lo llamaba el regidor socialista con admiración.
Si bien Saavedra no destacó en sus estudios en Salamanca, su vida cambió por completo al ser nombrado algo parecido a secretario de embajador. En aquella época, pertenecer a la aristocracia aseguraba los mejores puestos administrativos, por lo que este hijo pequeño de unos hidalgos y que estaba destinado a ser clérigo de segunda categoría, debía conformarse con trabajos menores en la Administración de los Austrias. Todo ello, a pesar de que sus conocimientos y altura intelectual superaba con mucho a la de los embajadores, lo que abocaba al imperio al desastre. Enfrente se situaban tipos tan peligrosos y sagaces como los cardenales Richelieu y Mazarino o los astutos diplomáticos venecianos.
Saavedra es posiblemente el más agudo y refinado testigo de la situación de España en el momento de su decadencia. Pero incluso en esos patéticos momentos, él rechazo las actitudes derrotistas y siempre pensó en la posibilidad de que todo podría reformase si un rey resultaba educado “y destilado por la experiencia de los hombres de buen conejo” dejó escrito.
Fue intuitivo al sostener que España debía abandonar Flandes, porque, en caso contrario, el imperio se desmoronaría. “No puede salir victoriosa de este frente. No puede haber fuerzas para sustentarse contra aquella gente ingeniosa y, por eso, la monarquía está indefensa en una guerra contra quien el arte y la naturaleza han hecho invencible”, escribió.
Estaba convencido que Castilla no podía soportar más la política internacional de la Casa de Austria. “Castilla está exhausta y no puede seguir con la guerra en Flandes que se eleva a eje de toda la política italiana y americana”. Y mandó dos informes desde la embajada en Roma explicando lo que iba a ocurrir. Acertó de pleno.
Saavedra escribió: “Nacen, viven y mueren los imperios. El hispánico no está asentado en la Providencia, ni tiene garantizada su existencia por promesa divina alguna. Está sometido a la naturaleza de las cosas, por lo que hay que usar los medios naturales, como indica Gracián, como si no hubiesen los sobrenaturales. La naturaleza no ha beneficiado la condición de la monarquía hispánica, por lo que las indisposiciones e inseguridades son profundas”.
Reclamó el domino del mar, al estilo de ingleses y holandeses. Sin él, América se perdería. Fernando el Católico fue su gran héroe, porque se aproximaba a las doctrinas de Maquiavelo y “reunía la condición de todo sujeto que aspire a reinar: ser a la vez león y vulpeja, reunir la fuerza y el arte, las armas y la astucia, la espada y la negociación”. Siempre culpó a Carlos V de la decadencia, “pues usó tan mal del arte de la guerra como el de la negociación”. La consecuencia fue que “agotó las fuerzas de Castilla y así dejo su monarquía gloriosa, pero sin firmeza”. Sus críticas también alcanzaron a Felipe II, a quien consideraba “desdichado en el uso de las armas y no muy diestro en inteligencia y arte”.
Saavedra sostenía que sus errores provocaron un “miserable estado” y “universal flaqueza”. Señala José Luis Villacañas que “hablarle así al conde duque [de Olivares, valido de Felipe IV] cuando este ya llevaba casi diez años al mando de la política española, requería mucho valor y decisión, pues no lo eximía de responsabilidades. En todo caso, resultaba evidente la idea de que él era un hombre de valor y consejo”.
La tesis final del libro es que “esos hombres de valor y consejo nunca han faltado, pero no han sido capaces de corregir el uso de las decisiones y controlar la situación que, poco a poco se fue deteriorando, al menos, desde Carlos V”.

Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida
Fundación Banco Santander, 2025
318 páginas, 20 euros
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