Ir al contenido
_
_
_
_

Una docena de cráneos, un pueblo de Álava y el tráfico europeo de reliquias durante las guerras de Flandes

Una investigadora de la Universidad del País Vasco impulsa una red internacional para identificar la ruta de cientos de cabezas que llegaron a España desde Alemania en los siglos XVI y XVII, y sacar a la luz “un mundo artístico hecho por mujeres”

Los 12 cráneos decorados de Martioda, en el Museo de Bellas Artes de Álava. Tolo Balaguer (Alamy Stock Photo)

Cuando Aintzane Erkizia asumió el encargo de estudiar una serie de cráneos decorados con elementos textiles que se guardaban en una iglesia de Martioda (Álava, 35 habitantes), la historiadora del arte no imaginaba el cambio que daría su vida. “Lo que he descubierto es como un filón de oro”, reconoce. En 2020 se enfrentó a estos extraños huesos conservados en el antiguo conjunto palaciego de los Hurtado de Mendoza —que había adquirido la Diputación de Álava— y comprobó que apenas había datos (y nada de bibliografía) que ayudasen a entender aquellas reliquias: de dónde venían, cuál era su significado y, sobre todo, qué hacían allí.

“En la historia del arte siempre estudiamos los retablos, pero se nos olvidan los textiles”, se lamenta la historiadora. Sin embargo, cinco años de investigación, repetidas consultas a diversos archivos en toda Europa y sucesivos viajes a ciudades como Bruselas o Colonia han permitido dar las primeras respuestas a estas preguntas. Las “cabecitas” conectan el pequeño pueblo alavés con el ingente tráfico de estos testimonios registrado en la Europa de los siglos XVI y XVII, y revelan además “un mundo artístico hecho por mujeres” en aquel tiempo, que ahora Erkizia trata de visibilizar.

El primero de los datos que ayudó a la profesora de la Universidad del País Vasco a documentar los vestigios de Martioda estaba inscrito en las propias cabezas. “Tienen unas letritas que dicen Martyrum Tebaeorum”, describe Erkizia. Aquellos rótulos remitían a los mártires tebanos, es decir, a una legión de soldados romanos de origen egipcio que fueron ajusticiados en el siglo III por defender su fe cristiana. Así que, en realidad, los cráneos estaban apuntando a devociones tan populares en la Europa medieval como esta de los soldados tebanos, o la de santa Úrsula de Colonia y las once mil vírgenes. A la espera de nuevas pistas, la investigadora viajó a la ciudad alemana, “centro mundial de las reliquias”, para entrevistarse con los responsables de la basílica donde la mártir está enterrada junto a las supuestas cabezas —más de 900— de las jóvenes que la acompañaban cuando, según el mito, fueron asesinadas en el siglo IV o V.

Aunque fue otra referencia la que permitió dar un paso adelante en la búsqueda. Gracias a su testamento, se sabía que Juan de Nicolalde —un militar vasco que ocupó un cargo relevante en el ejército español durante las guerras de Flandes— “se había traído a España unas santas cabezas de Bruselas en 1647”. La investigadora se desplazó a la capital europea, y en el Real Instituto de Patrimonio Cultural de Bélgica dio con una serie de calaveras envueltas en textiles procedentes de un convento, vinculadas también a la devoción de santa Úrsula y las once mil vírgenes. “Se parecían a las de Martioda, pero eran diferentes”, precisa. Consciente de que estaba cada vez más cerca del origen, Aintzane Erkizia programó una estancia de investigación en la cercana Universidad de Lovaina, que le permitió intercambiar datos con profesores locales y, sobre todo, rastrear los pueblos de la zona en busca de vestigios similares. Hasta que un día, gracias a un contacto personal, dio con un hallazgo prácticamente definitivo. “Las reliquias tienen unos sellos de autentificación hechos en cera que se suelen caer con el tiempo, pero en las cabezas de Martioda, casualidades de la vida, todavía se conservan”, relata. “En Melsbroek, un pequeño pueblo al lado de Bruselas, encontré uno de estos sellos exactamente igual a los del pueblo alavés”, revela.

Actualmente, Erkizia trata de precisar la procedencia y la cronología de las cabezas. Cree que los textiles se confeccionaron entre 1605 y 1640, pero el examen por radiocarbono arroja un dato sorprendente: los cráneos que están debajo son muy anteriores, datan del siglo III. Es decir, que apuntan a las necrópolis de época romana de ciudades alemanas como Colonia o Tréveris, donde se extrajeron los restos humanos en la Edad Media para fabricar piezas vinculadas a devociones como la de santa Úrsula o los mártires tebanos. Poco después, en los siglos XVI y XVII, se impulsó la popularidad de objetos como los de Martioda en toda Europa, donde el catolicismo trataba de proteger a sus santos frente a la Reforma protestante. Así que estos lugares se convirtieron en el epicentro del tráfico de huesos sagrados en todo el continente.

La monarquía española, apunta la historiadora, “se vendía entonces en Europa como baluarte del catolicismo y como defensora de la Iglesia y los santos”. Esto explica que hubiera “una enorme demanda de reliquias por parte de la nobleza, porque les daba mucho prestigio”, precisa. Ahora bien, ¿cómo llegaron finalmente hasta nuestro país? Durante las guerras de Flandes —en las que España luchaba contra los territorios de los actuales Países Bajos, en un contexto de plena expansión del protestantismo— los soldados fueron quienes se trajeron cientos de estos objetos, quizá miles. “La monarquía y la Iglesia tenían un aparato burocrático perfectamente organizado para asumir una cantidad brutal de huesos”, aclara Erkizia, quien explica que esta situación dio pie a “una trama gigantesca de transporte masivo desde Alemania hasta los palacios españoles, vía Flandes”. “Se juntó el hambre con las ganas de comer”, concluye.

Con toda esta información recopilada, Aintzane Erkizia trabaja para terminar de conocer “cuál fue la trama” que se desarrolló en este panorama de intercambio de enseres sagrados. “Me estoy dando cuenta de que las cabezas de Colonia y de Tréveris son una tipología artística en sí misma creada por las monjas de varios conventos alemanes”, analiza. De ahí que ahora quiera dar un paso más. Dentro de una línea de trabajo personal que examina bienes poco estudiados o escasamente valorados a lo largo de la historia, Erkizia cree que los cráneos son únicamente “la excusa” que permite analizar “unas obras de primera calidad”. Porque estos textiles se revelan como “unas labores primorosas que fueron realizadas por mujeres, por monjitas” que hablan de “los deseos y las expectativas de la sociedad de la época”. Es decir, del mundo de hace más de tres siglos. Lo curioso es que, desde que inició la investigación, la historiadora ha podido reunir numerosos testimonios similares, dispersos en templos de todo el país: “Llevo recopiladas ya más de 150 cabezas en poco tiempo”, confirma.

Asimismo, el análisis de los vestigios de Martioda ha adquirido una proyección internacional gracias a estos años de búsqueda, en los que Erkizia ha logrado reunir contactos clave y un importante volumen informativo. Esto la ha llevado a impulsar una “red europea” que permita intercambiar datos y llegar al fondo del asunto. Además del Real Instituto de Patrimonio Cultural de Bélgica, la profesora vasca ha contactado con la Fundación Abbeg de Berna (Suiza) que estudia textiles históricos o con el Instituto de Ciencias de la Restauración de Colonia. Mientras, prepara una nueva estancia para este verano en la universidad de la ciudad alemana, donde va a llevar las fotografías de sus textiles “para cruzar datos y demostrar si las reliquias de España vienen de Alemania, algo que también interesa a los historiadores alemanes”. Una red internacional inspirada por las doce cabezas de Martioda.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_