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AYUNTAMIENTO DE MADRID
Tribuna
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Enrique Tierno Galván, una referencia imprescindible

El exalcalde de Madrid gobernó con austeridad y transparencia cuando esas palabras no eran eslóganes de campaña, sino principios reales

Cuando se cumplen cuarenta años del fallecimiento de Enrique Tierno Galván quiero escribir estas líneas desde una profunda convicción personal, la de afirmar que el Viejo Profesor forma parte de ese reducido grupo de figuras políticas cuya estatura no se mide solo por los cargos que ocuparon, sino por la huella ética, intelectual y cívica que dejaron en la memoria colectiva.

Tuve el honor y el privilegio de trabajar codo con codo con él en aquellos años de cambio e ilusión en la recuperación del Madrid democrático desde el Ayuntamiento y por eso, traer hoy al presente su memoria no es para mí un ejercicio de nostalgia, sino un honesto acto de afirmación y al mismo tiempo casi una necesidad de orientación política en este tiempo convulso. En estos años de ruido, simplificación, intolerancia y confrontación, Tierno vuelve como una referencia imprescindible.

Siempre me ha interesado de Don Enrique ―como le llamábamos con respeto ― esa combinación poco frecuente entre pensamiento riguroso y voluntad de intervención práctica, porque fue ante todo un intelectual en el sentido más amplio del término, alguien que creía que las ideas importan, que el lenguaje no es un adorno, sino una herramienta política de primer orden, y que la cultura constituye un terreno de demostración de valores tan decisivo como el económico o el institucional. En su trayectoria, la palabra no aparece nunca separada de la responsabilidad. Pensar era ya una forma de actuar, y actuar sin pensar le parecía una claudicación moral.

Durante el franquismo, cuando tuvo que pronunciarse con claridad, asumió el coste. La expulsión de la universidad tras su carta crítica de 1965 junto a Aranguren y García Calvo no fue solo una represalia política, sino el testimonio de una coherencia poco habitual, la negativa a disociar la cátedra del compromiso cívico. En ese gesto estaba ya contenida toda una ética.

No en vano, su pluma se reconoce en la grandeza estética y política, en la profundidad y al mismo tiempo en la sencillez estilística del Preámbulo de nuestra Constitución, que se debe a su redacción; nadie mejor que él en aquellas Cortes Constituyentes para hacer semejante tarea.

Su papel en la izquierda española fue siempre igualmente singular. Tierno nunca fue un doctrinario ni un militante de consignas. Defendió un socialismo humanista, de raíz ilustrada, que colocaba a la persona en el centro y desconfiaba tanto del dogmatismo como del pragmatismo vacío. Fundó proyectos políticos propios, como el PSI primero o el PSP después, sin alcanzar un gran éxito electoral, pero sí una enorme importancia simbólica e intelectual. Cuando decidió integrarse en el PSOE lo hizo, una vez más, desde la ética de la responsabilidad, entendiendo que la construcción de una alternativa sólida a la derecha exigía renuncias personales. No fue una conversión oportunista, sino un acto de servicio.

Como alcalde de Madrid Tierno alcanzó la culminación de ese largo recorrido. Allí se hizo visible algo poco frecuente, la traducción práctica de un pensamiento complejo en políticas públicas comprensibles, cercanas y eficaces. Supo convertir su extraordinaria fortaleza intelectual en una política de diálogo constante con la realidad, expresada en actos concretos. Eso le acercó, paso a paso, a la gente y de manera muy especial a los jóvenes de entonces, que encontraron en aquella figura casi histórica a un “colega” al que respetaban con admiración y en el que reconocían la sobriedad como una forma de compromiso con sus necesidades.

Gobernó con austeridad y transparencia cuando esas palabras no eran eslóganes de campaña, sino principios reales. Impulsó un verdadero plan para rescatar de la marginalidad y la miseria barrios obreros que habían crecido desamparados durante el franquismo. Hoy, cuando la vivienda vuelve a situarse en el centro de todos los problemas reales de nuestra sociedad, conviene recordar aquellos proyectos de su alcaldía en los que se construyeron miles de viviendas para afrontar sin ambages necesidades urgentes y estructurales.

Tierno diseñó un auténtico proyecto de arquitectura política que situaba al mismo nivel las necesidades básicas de subsistencia y otras, tantas veces ignoradas, de enriquecimiento vital y personal. Por eso lo primero que hizo fue tratar a los madrileños con educación, cercanía y elegancia, a la oposición, con respeto y a los medios de comunicación con consideración y sinceridad. Sus bandos municipales y su estilo personal siguen siendo hoy una lección de pedagogía y calidad democrática.

Impulsó una transformación urbana con sentido social, pensada para los ciudadanos, y defendió la cultura como un derecho y como un espacio de libertad compartida. Ahí encontramos el pasillo Verde, el parque que hoy lleva su nombre, el saneamiento del río o IFEMA. Su relación con la llamada “Movida” no fue paternalista ni instrumental, entendió que una ciudad democrática debía dejar espacio a la experimentación, a una nueva modernidad basada en la creatividad innovadora y arriesgada, sin renunciar por ello al respeto hacia tradiciones culturales que el franquismo había tratado con desprecio o banalidad.

El multitudinario funeral que despidió a Tierno hace cuatro décadas no fue solo el impresionante y extraordinario adiós a un alcalde verdaderamente querido, sino también la expresión de un reconocimiento colectivo a una forma de hacer política que hoy echamos en falta. Su legado nos interpela porque cuestiona nuestras faltas y renuncias actuales, la banalización del discurso, la pérdida de referentes éticos, la confusión entre popularidad, populismo y liderazgo. Tierno no fue perfecto, pero fue honesto; no fue un salvador, pero sí un servidor público en el sentido más noble del término.

Escribir sobre él es para mí un acto de gratitud y de memoria. Un homenaje que no busca idealizar sino comprender y reconocer. Porque recordar a Enrique Tierno Galván cuarenta años después de su fallecimiento, es recordar también otra forma de hacer política en aquel momento tan necesaria - y que quizás vuelva a serlo -. Para ello, tendríamos que recuperar la palabra honesta que explica y construye, la ética como brújula y el humanismo como norte. Si veinte años no eran nada en el viejo tango, cuarenta años son menos en nuestra realidad política, así que es hora de recuperar y traer de nuevo a la actualidad su impresionante legado.

Juan A. Barranco Gallardo es exalcalde de Madrid.

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