La (casi) muerte dulce de Marta Jiménez Serrano: “Todos necesitamos a los demás: el individualismo actual es irreal”
La escritora narra en la novela de no ficción ‘Oxígeno’ una intoxicación por monóxido de carbono en su domicilio y las consecuencias emocionales que la siguieron


Un día cualquiera y en el baño de siempre, Marta Jiménez Serrano (Madrid, 35 años) comenzó a encontrarse mal, se desvaneció y se abrió la crisma. Juan, su entonces pareja, oyó el golpe y corrió preocupado para encontrarse a la escritora tendida en el suelo, herida, inconsciente. No respondía, ¿qué le pasaba? ¿se estaba muriendo?
Llamó a emergencias, cuando los sanitarios se presentaron detectaron una alta concentración de monóxido de carbono en el inmueble, luego se sabría que debido a una mala combustión de la caldera y a una mala gestión de la propietaria del piso de alquiler, despreocupada y residente en el extranjero, que no había hecho las revisiones necesarias. Aquel incidente sucedió en 2020, cuando el planeta Tierra estaba sumido en otras catástrofes sanitarias.
Marta Jiménez Serrano sobrevivió, y esto no es un espóiler: su supervivencia le permite ahora publicar un relato literario de su peripecia. “No sé si es posible ser escritor, tener una experiencia cercana a la muerte, y no contarlo”, dice la autora.
El resultado es Oxígeno (Alfaguara), una novela de no ficción donde Jiménez Serrano relata los hechos y aprovecha para sacar muchos otros mimbres, según relata ahora, años después, en una cafetería del Rastro de Madrid. Esos mimbres son la peripecia de una pareja que busca piso de alquiler en Madrid, la reflexión sobre la propia muerte y la muerte de los seres queridos, los desorbitados precios de la vivienda, el trato con la casera lejana (que, aun siendo real, parece una villana inventada), las peripecias de las continuas mudanzas o las dificultades para encajar un trauma en la apresurada realidad circundante. “El reto era sacar de la anécdota, por muy bestia que fuera para mí —porque no deja de ser una anécdota—, un relato universal”, cuenta.
Curiosamente, la muerte por intoxicación con monóxido es conocida como la muerte dulce, un sereno dejarse llevar hacia al Más Allá, cuando el mundo se va apagando y uno parte como si nada. “Con la muerte pasa como con el amor y otras palabras grandes, que solo tenemos un término para englobar muchas experiencias distintas”, dice la autora. “Comparado con morir ahogado, morir quemado, morir enfermo; morir por el monóxido es relativamente grato. Lo doloroso fue más bien el volver a la vida, no el ir quedándome dormida”. Entre lo más frustrante, la incomprensión de los demás, que enseguida daban por despachado el asunto, dada la supervivencia de la víctima, y que no sabían acompañar un dolor que iba a ser mucho más largo y requerir no poca terapia y reposo. “Toleramos muy mal la tristeza ajena”, dice la autora, “había mucha prisa porque yo estuviera bien”.
Una de las pretensiones era mantener esa sensación de asfixia, aunque se sepa que al final sobreviví. Y creo que en el libro hay mucho de aceptar al sinsentido de la vida
A la escritora se la lee enfadada, frustrada, incómoda, dice que este es un libro que no le gusta tener que escribir. “He intentado que el lector pase por todos esos estados, por esa angustia y ese desasosiego. Creo que una de las pretensiones era mantener esa sensación de asfixia, aunque se sepa que al final sobreviví. Y creo que en el libro hay mucho de aceptar el sinsentido de la vida”, dice. De hecho, una de las cosas más terroríficas es ese sinsentido cotidiano, la certeza de que la vida entera puede cambiar en solo un instante, incluso en un instante anodino y apacible. “Solemos asociar la muerte a la enfermedad, a lo extraordinario, pero puede suceder en casa un sábado por la mañana”, dice la autora.
Después de la experiencia todos los amigos de Jiménez Serrano llamaron al servicio técnico para revisar su caldera. La propia autora nunca había tenido conocimiento de lo que era una intoxicación por monóxido de carbono hasta que la sufrió, lo más por lo que se había preocupado, en cuanto a gases domésticos, era por una explosión de las que a veces se producen, no por este envenenamiento traicionero. Curiosamente, un rato antes de la entrevista, la empresa de calefacción telefoneó a este periodista para fijar la fecha de la revisión anual: “Cuanto antes, por favor”. Después de leer Oxígeno uno está en su propia casa mirando la caldera con desconfianza, tratando de olisquear lo que no tiene olor, o de detectar algunos síntomas leves, cansancio, mareo, dolor de cabeza; síntomas, por lo demás, muy habituales en la vida cotidiana. Hay, por cierto, otros títulos que podría haber tenido la novela, si no hubieran sido ya famosamente utilizados: Asfixia, como la novela de Chuck Palahniuk, o Anoxia, como la de Miguel Ángel Hernández.
Y, sin embargo, a pesar del temor y el desasosiego (“la escritura no ha sido grata”), Oxígeno, además de cumplir con la cortesía de la brevedad (son unas 160 páginas), luce una prosa cristalina (como en otras de sus obras anteriores) en la que el lector se monta con facilidad, una prosa que acumula tanto trabajo que al final ese trabajo se hace invisible y la escritura parece una tarea fácil que usted puede replicar en casa. “Me gustan los textos en los que se llega a algo muy hondo de una manera sencilla. Ese es el objetivo. Detesto lo contrario: decir una idea muy simple de manera muy alambicada y barroca”, dice la autora.

El libro es híbrido y fragmentario, a la manera contemporánea. También es contemporánea la literatura del yo: las redes sociales nos hacen protagonistas de un mundo, dueños de un relato, y también los lectores están ávidos de conocer otras peripecias vitales, y reales, con las que identificarse, indignarse o asombrarse. Hay quien lo ve como el signo de los tiempos, la escritura propia del zeitgeist; hay quien lo ve como gente sin capacidad de fabulación contando batallitas. “A mí me costó mucho, empecé a escribir en tercera persona, utilizando un personaje, pero no tenía sentido”, cuenta Jiménez Serrano. Ahora, dice, la novela funciona como un falso documental. “Creo que he convertido en juego literario lo que doy en crudo, aportando datos y entrevistas creo haber logrado hacer de ese realismo un juego”. La portada busca ese efecto: un jarrón floreado de la pintora hiperrealista Isabel Quintanilla: “Ese jarrón no es la realidad, sino que finge que es la realidad”, dice la autora. Como en el Ceci n’est pas une pipe de Magritte.
El problema de la vivienda, los precios absurdos, los abusos de muchos propietarios son un tema constante en la novela y que también le genera, como es comprensible, notable frustración a la autora. “La literatura tiene la posibilidad de dar otra mirada, más allá del necesario análisis sociológico o económico. En el asunto de la vivienda se ha perdido el norte ya incluso en el plano humano y personal, porque muchos contratos son entre personas. Una cosa es que exista la propiedad privada, y otra que no deba tener una letra pequeña en lo referente a la vivienda, que es un derecho universal y no se puede tratar como la compraventa de camisetas”, opina la escritora (e inquilina). Y también hay en el libro una reivindicación de los cuidados y una evidencia de la interdependencia de los seres humanos, que el individualismo radical que se propugna prefiere no entender. “Todos dependemos los unos de los otros, todos necesitamos a los demás: el individualismo ha llegado a un lugar que, más que bueno o malo, es simplemente irreal”, remacha la escritora.
Ahora vivo de manera diferente, con una relación más inmediata con el presente, con el día a día, con la idea de que lo que hay es lo que tenemos ahora
A Marta Jiménez Serrano le va bien. En su haber está la novela Los nombres propios (2021), sobre la construcción de la identidad, y la colección de relatos No todo el mundo, que explora las relaciones amorosas, ambas publicadas por Sexto Piso, además de La edad ligera (Rialp), el poemario que fue accésit del longevo premio Adonais. Con estos títulos (sobre todo con los de narrativa, porque la poesía, bueno, ya se sabe…) la autora ha conseguido conectar con numerosos lectores y hacerse un buen hueco en el panorama literario español. Curiosamente Juan, el personaje del libro, el que la socorre en el baño y llama a una ambulancia, su expareja, es el escritor Juan Gómez Bárcena, que también goza de una exitosa carrera. En los tiempos del “incidente” del monóxido, según cuenta la novela, él ya era un escritor publicado mientras que ella era una aspirante, y, mientras que él mostraba cierto desencanto (“publicar libros es una absoluta mierda”, dice), ella admiraba aquella vida de llamadas con el editor, charlas y encuentros con los lectores.
¿Cómo ha sido vivir la “vida literaria” en primera persona? “Ha sido mejor de lo que esperaba. La literatura me ha dado cosas que no me imagine que me iba a dar: una profesión, un lugar en el mundo; he tenido la tremenda suerte de tener conexión con los lectores… Yo solo quería publicar un libro y las cosas que han venido han sido mucho mejores de lo que imaginaba”.
Las cosas, pues, han cambiado mucho en los últimos años para Marta Jiménez Serrano, y en varios planos de la existencia: se asomó al abismo de la muerte, entró en el panorama literario, y también en ese borroso territorio que separa la juventud (¿cuándo acaba?) y la mediana edad. De hecho, según reconoce, cree que muchos de sus aprendizajes tras el “incidente” del monóxido no han hecho más que obligarle a adelantar los asuntos que vendrían aparejados a la crisis de los cuarenta.
“Ahora vivo de manera diferente, con una relación más inmediata con el presente, con el día a día, con la idea de que lo que hay es lo que tenemos ahora”, dice. Se le ha derrumbado esa estructura normativa de la vida, donde cada edad corresponde a una vivencia. “Cuando vi que me podía morir a los 33 todo eso cambió. Hay que estar abierto a lo que venga en cualquier momento, ya sea para bien o para mal”, concluye.

Oxígeno
Alfaguara, 2026
160 páginas, 18,90 euros
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