Josep Palàcios: el escritor más raro y oscuro de la literatura catalana del siglo XX
‘Alfabeto Terminal’ recopila las narraciones de un experto creador de atmósferas a medio camino entre la pesadilla, la demencia y la broma cruel

¿Recuerdan la novela de Stanisław Lem La investigación? En un Londres de teatrillo, tres inspectores deben desentrañar el misterio tras una plaga de cadáveres resucitados. El fenómeno se alza indescifrable: los investigadores representan el esfuerzo para esclarecer y desembrollar el mundo, pero al fin se impone la evidencia de que los acontecimientos no están sujetos a ninguna explicación, no obedecen a causa alguna. Qué pasa, se pregunta uno de los detectives, “si el mundo no es un rompecabezas cuyas piezas sueltas tenemos ante nosotros, sino una sopa en la cual nadan al azar unos fragmentos que sólo por casualidad se congregan de vez en cuando”; qué pasa, continua, “si todo lo que existe es fragmentario, fortuito, abortado, si los acontecimientos tienen un final sin haber tenido un principio, o solo la parte central, y nosotros nos afanamos en segregar, pescar y reconstruir aquellos trocitos hasta que vemos unos amores completos, traiciones y derrotas, aunque, en realidad, nosotros mismos somos unos amasijos heterogéneos y sin calidad”. Y concluye: “El orden del mundo es nuestra oración a la pirámide del caos (…) La infinita cantidad de Cosas se burla de nuestro amor al Orden”.
Así es el mundo bestializado y magnificado, en una apoteosis hiperbólica, exaltadora y autodegradante, que Josep Palàcios (Sueca, 1938-2025), experto creador de atmósferas densas, a medio camino entre la pesadilla, la demencia y la broma cruel, arma en los cuentos —porque cuentos son, a pesar de su enigmático carácter de parábola satírica— de Alfabeto Terminal; y así, como los inspectores de Scotland Yard, somos también nosotros cuando cedemos a la determinación de penetrar en este libro tan incrédulo, desesperado y caritativo. Al topar, en la segunda página, con una “Hoja sin numeración tratada tipográficamente según la manera de Sterne, de la que emergen al revés las aristas de unas alegaciones que más habría valido mantener ocultas”, se empieza a sospechar lo que comprobamos una y otra vez en las 26 narraciones, tantas como letras tiene el abecedario catalán —“S de Suma”, “T de ternura”, “V de voracidad”, por ejemplo—, una constatación reafirmada luego en el “Alfabeto complementario de notas, fuentes, propósitos de destrucción”, en el “Postscriptum también sin numeración y en denso negro bodoniano para concluir simétricamente el libro e impedir que de él salga un rayo de luz que ilumine a los otros”: que estamos ante unos textos que no buscan desbocar nuestros corazones ni que las retinas persigan las palabras en cada página; al contrario, hay que detenerse en cada frase para valorar la lúdica puesta en duda de los mecanismos de obtención de conocimiento que realiza Palàcios, como si en el juego libre con las ideas y su examen y tratamiento paródico nos ofreciera un número infinito de explicaciones para cada argumento.
A diferencia de los inspectores de La investigación, a diferencia de nosotros, lectores de esta gigantomaquia llena de monstruos y portentos, mucho más sabio, Josep Palàcios tiene a bien informarnos de que no nos esforcemos demasiado en la búsqueda de ningún sistema para luchar contra el absurdo porque el absurdo siempre gana. Hay que agradecerle que la herramienta usada para tal fin sea la alta literatura, siempre un alucinado rayo de luz perforando la densa negrura del mundo, aunque sea sólo para vislumbrar una legión de corazas vacías y transparentes igual de misteriosas que los cadáveres en el Londres de Stanisław Lem.

Alfabeto Terminal
Traducción de Adrià Pujol
H&O, 2025. 256 páginas. 20 euros
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