Ir al contenido
_
_
_
_
Dictadura argentina
Opinión

Medio siglo es mucho tiempo

La idea de que la discusión en torno a la dictadura “estaba ya saldada” ignora los efectos del paso del tiempo. Quienes lo tenían saldado no son quienes deben aceptarlo hoy

Marcha para conmemorar el Día Nacional de la Memoria de la Verdad y la Justicia en Buenos Aires, Argentina, el 24 de marzo de 2025.Anadolu (Anadolu via Getty Images)

El cincuenta aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 nos encuentra en un momento complejo, producto de múltiples circunstancias: una ola neofascista de carácter internacional que conlleva la relegitimación del uso desbocado de la fuerza represiva estatal, la crisis de muchos de los acuerdos implícitos que dieron origen a la reconstrucción institucional a fines de 1983 y problemas y necesidades de nuevo tipo surgidos, sobre todo, a partir de la incorporación de nuevas generaciones al debate político.

La idea de “esto ya lo teníamos saldado” (referida a la condena al accionar oficial y clandestino de las fuerzas represivas durante la dictadura) ignora los efectos del paso del tiempo, que implican que quienes “lo tenían saldado” no son nunca los mismos que quienes deben aceptarlo hoy.

Medio siglo es mucho tiempo. E involucra cada vez a menos gente que lo haya vivido en carne propia o pueda apropiarse de aquello que se considera “saldado”. Tomando los datos del censo 2022, podemos observar que el 60% de la población argentina no vivió (ni siquiera como bebé) la experiencia dictatorial. Si lo llevamos a quienes tenían alguna posibilidad de madurez cuando terminó la dictadura y se inició el proceso institucional, a fines de 1983, tendríamos que alrededor del 75% de la población actual no pudo participar de los acuerdos implícitos de la restauración institucional. Así como muchos de aquellos protagonistas hoy ya no nos acompañan.

El contraste entre expectativas y realidades

Por otra parte, la decisión de aceptar al sistema democrático como ordenador último de los conflictos contenía algunos supuestos fundamentales: 1) que “con la democracia se come, se cura y se educa” (una de las frases centrales de la campaña electoral del presidente Raúl Alfonsín en 1983), 2) que la justicia es un espacio relativamente confiable y 3) que el uso feroz de la estructura represiva estatal para enfrentar los conflictos no sería aceptado nunca más.

El medio siglo transcurrido desde el fin de la dictadura, sin embargo, no mejoró la situación social y económica (deteriorando, para la mayoría de la población, las posibilidades de comer, curarse y educarse). La justicia se ha ido transformando (sin pausa en todo el período, pero de modo muy acelerado a partir del gobierno de Mauricio Macri) en una maquinaria de persecución y corrupción que decide mover con celeridad ciertas causas y archivar indefinidamente otras según el color político o las pertenencias de clase de los acusados. Y el retorno de la legitimidad represiva viene siendo exigido insistentemente desde distintas usinas (en especial en los grandes medios de comunicación) e implementada cada vez con mayor saña, como puede observarse en cada conflicto en la vía pública, con el ejemplo reiterado de las manifestaciones de los jubilados cada miércoles en la Plaza del Congreso y el rol preponderante que ha asumido en ello (ya hace una década) la figura de Patricia Bullrich.

El giro ideológico

Por último, estos hechos también conectan con un giro ideológico, de carácter más internacional y que resulta más profundo en las generaciones más jóvenes, que se caracteriza por un acendrado sentimiento “antipolítico” (bajo la denuncia de la “casta”, que incluye a todo el arco de representantes populares), por un individualismo solipsista (como resultado de la destrucción de las condiciones de vida pero, también y fundamentalmente, de la contradicción entre discursos progresistas de corte comunitario o en clave de justicia social y prácticas políticas progresistas de vaciamiento o copamiento de los espacios públicos o de castigo a la autonomía en la organización de los sectores populares) y por reivindicaciones “identitarias” en clave corporativa, que reniegan de la idea de un destino como comunidad, sea en nombre de lo masculino, lo femenino o lo diverso, de los pueblos originarios, los “marrones” o los “argentinos de bien”, etc. Estas identidades “esencializadas” construyen al otro como enemigo, ya no como adversario. El tono, las metáforas, los insultos, la descalificación permanente, los memes que irradian desde las usinas de comunicación presidencial buscan instalar esta noción de un país que debe “purgarse” de aquellos que, estigmatizados como ratas o cucarachas, constituyen las “plagas” que impiden acceder al destino de grandeza que se imagina.

Los desafíos

Ante este conjunto de transformaciones, los desafíos se vuelven gigantes: ¿cómo repensar un sistema de representaciones de la última dictadura que pueda conectar con las necesidades, dilemas y sufrimientos del presente? ¿Cómo incluir en esas miradas (y explicar) el fracaso de un orden institucional que, más allá de un breve interregno en el inicio del siglo XXI, no ha logrado mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías, quienes además no han vivido la experiencia dictatorial como para poder compararla con el presente? ¿Cómo permitir la transmisión y apropiación de los efectos del genocidio y de sus consecuencias de todo tipo (económicas, sociales, subjetivas, políticas) sin transformarlas en una cantinela abstracta y alienada como la “defensa de los derechos humanos” o “la necesidad de recordar”?

Muchas de las derrotas sufridas durante el genocidio se tradujeron en las imposibilidades del medio siglo posterior, pero las representaciones dominantes no le han hecho lugar a esas vinculaciones, por mucho que visionarios como León Rozitchner no dejaran de insistir en ello. Por el contrario, la banalización de la experiencia genocida (con consignas como “Macri basura, vos sos la dictadura”, ahora aplicadas también a Milei) han borroneado la especificidad de la lógica del horror de los campos de concentración (aquello que fue condenado masivamente a partir de 1983). La dificultad para comprender los daños específicos generados por el genocidio impide el registro presente de aquello a lo que nos puede llevar la relegitimación de la represión estatal. Y ello resulta especialmente necesario cuando crecen quienes buscan un nuevo despliegue de la violencia para “eliminar” a “las ratas” o “las cucarachas”.

Medio siglo es mucho tiempo. Y requiere ser capaces de pensar modalidades de transmisión que conecten con este nuevo presente, un momento que (pese a encontrarse tan lejos en términos de tiempo) resulta especialmente cercano en cuanto a las cuestiones en juego.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_