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Historias de nietos y nietas apropiados por la dictadura que restituyeron su identidad: “Sea cual sea, la verdad libera”

Alrededor de 500 bebés nacidos en cautiverio o secuestrados junto con sus padres fueron entregados por los militares como botín de guerra. Abuelas de Plaza de Mayo ya ha encontrado a 140 y busca a los que faltan

Ignacio Montoya Carlotto y su abuela, Estela de Carlotto, se abrazan en Buenos Aires durante una conferencia, el 8 de agosto de 2014. Natacha Pisarenko (AP)

Un nombre, una casa, una determinada estructura familiar: pocas cosas parecen tan inapelables como ese conjunto de elementos que acompañan el inicio de una vida. Sin embargo, para cientos de hombres y mujeres en Argentina, esos datos fueron una construcción falsa o, al menos, fundada en una mentira. Durante la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 alrededor de 500 bebés nacidos durante el cautiverio de sus madres o secuestrados junto a sus padres fueron apropiados, entregados como botín de guerra y criados bajo identidades adulteradas. Casi cinco décadas después, Abuelas de Plaza de Mayo ha logrado restituir la identidad de 140 y, mermada en recursos por el gobierno de Javier Milei, la organización sigue trabajando para encontrar a los que faltan. “Jamás pensamos que nuestra búsqueda iba a ser para siempre”, dice su presidenta, Estela de Carlotto.

Abuelas de Plaza de Mayo nació dentro de Madres de Plaza de Mayo, ese grupo de mujeres que en 1977 comenzó a reunirse frente a la Casa de Gobierno para organizar la búsqueda de sus hijos e hijas, que habían sido secuestrados de manera clandestina por el régimen militar sin dejar ningún registro de dónde estaban o cuál era su situación. Comenzaron con tareas de investigación muy artesanales: hacían compras en los barrios en que sospechaban que estaban sus nietos para hacer preguntas, merodeaban escuelas, sacaban alguna foto. Ya en democracia desarrollaron métodos y herramientas científicas para avanzar en la identificación de los nietos, como el “índice de abuelidad”, que permitió establecer vínculos genéticos en ausencia de los padres.

Actualmente reciben alrededor de 800 presentaciones espontáneas por año: denuncias de personas que tienen información sobre posibles casos o directamente personas que dudan de su identidad, lo que deriva en investigaciones y puede culminar en un cruce con la información del Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), donde se almacenan los perfiles de las familias que buscan a sus seres queridos. En años de mayor visibilidad, las presentaciones pueden alcanzar las 1000. En 2025, por ejemplo, se produjo un pico tras el estreno en Argentina de la serie El Eternauta y la renovada difusión de la historia de su autor, Héctor Oesterheld, desaparecido al igual que sus cuatro hijas, dos de ellas embarazadas.

Ese volumen de presentaciones supera ampliamente la cantidad de nietos que aún se buscan. La explicación radica en que la apropiación de niños durante la dictadura se apoyó en una práctica previa en la Argentina: la adopción ilegal y el tráfico de bebés. Gracias a la articulación entre Abuelas y la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), se resolvieron alrededor de 2000 casos de personas que no eran hijos de desaparecidos, pero que también habían sido privadas de su identidad biológica.

Actualmente, solo dos abuelas continúan activas en la organización: Estela de Carlotto, de 95 años, y Buscarita Roa, vicepresidenta, de 88. Nuevas generaciones se han ido incorporando a la comisión directiva para mantener la tarea de encontrar a los que faltan. El paso del tiempo introduce nuevas variables. Los nietos robados rondan los 50 años y es posible que, si decidieron postergar la pregunta por su identidad hasta ahora, sientan menos motivación para enfrentarlo al pensar en que tal vez ya no estén sus abuelas esperándolos. Pero ahora están sus hijos e hijas. “La apropiación se hereda, así como se hereda la identidad —señala Claudia Poblete, nieta restituida e integrante de la comisión directiva de Abuelas—. Tal vez la motivación ahora puede estar ahí, en que tus hijas o hijos no hereden esa mentira que vos no pudiste resolver”.

Marcela Solsona Síntora, nieta 129. El reencuentro con un padre

Marcela creció pidiendo un hermano mayor, sin saber que ya lo tenía. Ese deseo, inexplicable entonces, tiene desde abril de 2019 un posible origen. Su madre fue secuestrada cuando estaba embarazada de ocho meses y ella se imagina que de lo único que le habló durante el mes que compartieron en cautiverio, antes de su nacimiento, fue de su hermano mayor, Marcos. Pero faltarían 42 años para ese momento que ella describe como un “reencuentro”. Con tres días de vida llegó a la casa de una médica y un bioquímico que la anotaron como si fuera una hija propia. Su única hija.

Recién a los 20 años, cuando falleció su padre de crianza, Marcela supo por un asunto médico que era adoptada. Y aunque nunca antes había sospechado de su origen, no hizo falta mucho para que surgiera la duda: había nacido en 1977 en Buenos Aires. “Desde entonces siempre supe que algún día me iban a contactar de Abuelas”, cuenta desde Valencia, donde se instaló en 2002 por trabajo. “El día que atendí el teléfono y me dijeron ‘hola’, entendí enseguida de qué se trataba”, completa. Pero no estaba lista para abrir esa puerta y durante diez años se negó a acercarse por más información y a entregar una muestra de su ADN, atormentada por la posibilidad de lastimar a sus seres queridos con la verdad. Su caso se judicializó y la justicia española falló a su favor, señalando que mientras estuviera en ese país no podían extraerle una muestra. Marcela dejó de visitar Argentina para evitar ser obligada a hacerse el examen, incluso cuando ya había sucedido esto: un día, inquieta por la curiosidad, entró a la web de Abuelas, filtró las búsquedas de nietos alrededor de su fecha de nacimiento y encontró una foto de Norma Síntora, su mamá. “Me vi igual”, recuerda. Supo también que su padre biológico estaba vivo, que tenía un hermano mayor, un medio hermano menor, y que hacía más de 40 años que la buscaban. Cerró la computadora y pasaron otros tres años más hasta que en 2019 debió viajar a Buenos Aires por un problema de salud de quien ella todavía llama su “vieja” y aceptó la idea de hacerse el análisis genético, que le confirmó lo que ya intuía. Era parte de la familia Solsona Síntora. “Cuando viajé a Buenos Aires para conocerlos les dije, con miedo a su reacción, que yo ya los había encontrado a ellos tres años antes”, cuenta. “No pasa nada”, la abrazó su hermano.

Marcela descubrió su origen a los 41 años y, a diferencia de otros casos donde la restitución significó el fin del vínculo con la familia apropiadora, ella incorporó a su familia biológica a su historia previa. “Sé que a ellos hay parte de mi vida que les resulta difícil integrar, pero lo entiendo. Hemos hecho y seguimos haciendo un buen esfuerzo de entendimiento”. Si bien prefiere no dar detalles de cómo llegó al hogar en el que se crió, dice que era una familia “normal”, sin vínculos militares o con las fuerzas. “No siento que tenga una identidad distinta que antes, pero sí que la completé —dice Marcela—. Haber dado el paso fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Sea cual sea, la verdad libera, sana y es con lo único que podés tomar decisiones acertadas”.

Claudia Victoria Poblete Hlaczik, nieta 64. Una hito en la lucha contra la impunidad

Claudia Victoria Poblete Hlaczik atiende la llamada desde Berlín, donde participa de una actividad en representación de Abuelas de Plaza de Mayo. Desde hace algunos años forma parte de la comisión directiva de la organización y es una de las nietas que toma progresivamente el relevo de las dos abuelas aún activas en la organización: Estela de Carlotto y Buscarita Roa, su abuela. La escena resulta imposible pensada algunas décadas atrás, cuando Claudia no era Claudia sino Mercedes y tenía en la cabeza ideas que le habían inculcado en la casa militar en la que vivió hasta su restitución, a los 21 años: las Abuelas eran una viejas locas que querían venganza.

Claudia tenía ocho meses cuando fue secuestrada junto con su madre, Marta Gertrudis Hlaczik, el 28 de noviembre de 1978 en su casa de Guernica, en el conurbano bonaerense. Su padre, José Liborio Poblete Roa, fue desaparecido ese mismo día en la ciudad de Buenos Aires. Ambos fueron llevados al centro clandestino “El Olimpo” y ella sabe por el testimonio de sobrevivientes que allí la pareja se reencontró, aunque no está claro si su padre alcanzó a verla también a ella o si para entonces se la habían llevado. Siete días después del secuestro, Claudia ya estaba en la casa de sus apropiadores. Fue inscripta como hija biológica de Ceferino Landa, integrante de la estructura de inteligencia del Ejército, y su esposa, Mercedes Beatriz Moreira.

Claudia nunca había tenido dudas sobre su origen y por eso se sorprendió cuando en 1999 recibió la citación de un juez, que le pidió que se hiciera el examen de compatibilidad genética con una familia que creía que podía ser la suya. El 7 de febrero de 2000, los resultados arrojaron que ella no era Mercedes Landa sino la hija de Marta y de José; que no había nacido el 13 de junio sino el 25 de marzo y que había una familia buscándola hacía 20 años. En una oficina contigua la esperaba su abuela, tíos y una tía que le mostraron fotos de cuando era bebé, junto a sus padres, en las que enseguida se reconoció. “Ahí empezó el proceso de construir esos lazos y poder entender qué era todo eso, porque yo había crecido pensando que todo eso era mentira”, dice.

Claudia siguió apegada a las personas que la habían criado e incluso accedió a declarar en el juicio impulsada por ellos, que estaban confiados de que reforzaría su versión. No se imaginó que la primera pregunta que le harían desde el estrado sería: cuál es su nombre. “En ese momento me resultó muy claro qué es lo que tenía que decir: Claudia Victoria Poblete Hlaczik”. Intentara defender a quien intentara defender entonces, ya todo estaba dicho desde el primer minuto. “A mí lo que más me costó fue la culpa por las consecuencias para las personas que me habían criado. Lo del nombre me costó menos y creo que es porque yo desaparecí con mi mamá a los ocho meses; ya había sido nombrada. Cuando una es madre sabe que ocho meses no es poco tiempo. Me tuvieron en brazos, me acunaron, me llamaron Claudita, Claudita”.

Su caso fue clave para la derogación de las leyes de impunidad, sancionadas en 1986 y 1987 para frenar los juicios contra militares. El juez entendió que no era posible restituir su identidad sin juzgar el secuestro de sus padres, condición que había permitido su apropiación. Declaró inconstitucionales las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, decisión que fue ratificada por la Corte Suprema y que culminó con la derogación de esas normas en el Congreso.

Elena Gallinari Abinet, nieta 37. La confirmación de una hipótesis macabra

De niña, en la casa de los apropiadores que la criaron, Elena tenía una muñeca a la que había llamado Eleonor. No tenía cómo saberlo, pero era la fusión de los nombres de sus dos abuelas biológicas: Elena y Leonor. La presencia silenciosa de una familia que, mientras ella crecía en esa casa, la estaba buscando.

Elena Gallinari Abinet nació el 5 de noviembre de 1976 durante el cautiverio de su madre, María Leonor Abinet, secuestrada cuando estaba embarazada de siete meses. Su partida de nacimiento falsa dice que nació en la ciudad de La Plata, pero no sabe realmente dónde fue, porque tampoco se pudo dilucidar hasta el momento en qué lugar estuvo secuestrada su madre.

Abuelas de Plaza de Mayo localizó en 1986 a una niña anotada como hija propia por un subcomisario de la Policía de la provincia de Buenos Aires, Domingo Luis Madrid, y su esposa, María Mercedes Elichalt. Presentó una denuncia para solicitar la pericia genética y el resultado confirmó que la niña era Elena Gallinari Abinet y dispuso su restitución. Su caso fue la confirmación de lo que hasta entonces era solo una sospecha: que las secuestradas embarazadas parían en su cautiverio y que les quitaban a sus bebés para entregárselos a otras personas.

Elena había sido criada con otro nombre y con una historia en la que sus apropiadores no eran villanos vinculados al asesinato de su madre sino salvadores. En el relato familiar, la habían encontrado tirada, abandonada; sus padres biológicos no la querían.

La verdad le llegó toda junta y de sorpresa, un día que estaba en la escuela y fue convocada por el juzgado que tramitaba su causa. Su maestra y la directora le explicaron en el camino, como pudieron, lo que estaba pasando. Tenía 10 años y no se acuerde qué le dijeron ni cómo, pero hay fotos de ese día: ella todavía con el guardapolvo y la mochila, con cara de desconcierto, rodeada de abuelas sonrientes, de su vieja-nueva familia. A sus apropiadores les permitieron una última visita de despedida, a la que asistió solo quien había oficiado de padre para prometerle que la iba a recuperar. Aunque lo intentó, apareciéndose en lugares en los que sabía que estaría la niña, esto no sucedió. Desde ese día que la retiraron de la escuela, Elena no volvió nunca más a la casa en la que había crecido. “Cuando me reencontré con mi familia sentía que ya la conocía. Es como que hay algo ancestral, de la raíz, que no tiene lógica ni razón”, dice, aunque agrega que la asimilación de la historia no es fácil. “Volvés y te dicen: ésta es tu familia, pero no está ni tu papá ni tu mamá”.

Los restos de su madre, que habían sido inhumados sin nombre en un cementerio, fueron identificados en mayo de 2009 por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). “Tener los restos cambia un montón la psiquis —apunta—. Hay algo que no estaba y que volvió a tu casa. Una cosa es construirte sobre algo que no sabes dónde está, que es una incertidumbre desesperante y permanente y otra tener los restos de tu ser querido y poder sepultarlo, hacer una ceremonia y hacer un cierre”.

Ignacio Montoya Carlotto, nieto 114. La restitución esperada por toda Argentina

Muchos argentinos todavía recuerdan qué estaban haciendo ese 5 de agosto de 2014 en que se conoció la noticia: había aparecido el nieto de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Fue una especie de algarabía conjunta, como la de un pueblo que gana un partido del Mundial. Después de tantos años de trabajo, de celebrar tantas restituciones en otras familias, ella también podría abrazar a su nieto. La historia era muy conocida: se sabía que era hijo de Laura, que fue secuestrada embarazada a los 23 años, y que lo iba a llamar Guido en honor a su padre. Por eso en la conferencia de prensa que dio Abuelas tras su restitución los periodistas de la sala no dejaban de llamarlo Guido, Guido, Guido. “Ignacio, por favor”, cortó él.

Hasta los 36 años había sido Ignacio Hurban, hijo único de una pareja de peones rurales, Juana Rodríguez y Clemente Hurban. Fue criado en el campo, en las afueras de la localidad bonaerense de Olavarría, y estudió en una escuela rural a la que asistían poco menos de diez alumnos. En las fiestas populares de su pueblo descubrió la música y comenzó a estudiar piano, apoyado por las personas que lo criaron, a quienes su vocación les resultaba muy ajena. Recién a sus 36 años supo que era adoptado y que había sido entregado a sus padres por el patrón de la estancia, que sabía que no podían tener hijos y les ofreció un niño que, supuestamente, era de una familia que no lo quería. “Ellos me ocultaron que fui adoptado pero les creo que no sabían nada más, siempre fueron sumisos con el patrón para el que trabajaron 50 años”, dijo en 2019, en una entrevista con Gatopardo. Hace algunos años Ignacio decidió dejar de dar notas y prefiere guiar a los periodistas que los contactan para buscar su testimonio hacia las fuentes de las que pueden tomar información certera.

Ya restituida su identidad, eligió cambiar su apellido pero mantener el nombre que tuvo hasta los 36 años, una decisión que disgustó a la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo y generó un cortocircuito en su relación, del mismo modo que el hecho de que Ignacio siga vinculado a las personas que lo criaron, a quienes considera sus “padres del corazón”. “Ser nieto de Estela es una gran responsabilidad, por las expectativas que había alrededor de la figura de ese nieto”, dijo en una entrevista con CNN. “Yo siento que nunca voy a estar a la altura de eso que se espera”. Para él la restitución no significó la disolución de su vida anterior, ni implicó que la identidad construida hasta entonces fuera falsa, aunque sí se siente más completo. Descubrió, por ejemplo, que su padre era baterista, su abuelo paterno saxofonista y su abuelo materno, un melómano amante del jazz.

Paula Eva Logares, nieta 23. La primera restitución por prueba de ADN

Paula Eva Logares estaba de camino al Parque Rodó con sus padres el día que los secuestraron, en mayo de 1978. Se llevaron encapuchados a los tres: a ella, de casi dos años, a Mónica Sofía Grinspon y a Ernesto Claudio Logares, que eran militantes montoneros y habían decidido apartarse de la actividad política y exiliarse en Uruguay con su hija. En Montevideo habían reiniciado su vida: consiguieron empleos públicos con sus nombres reales, ingresaron en un plan hipotecario para comprar una casa. Evidenciando el funcionamiento del Plan Cóndor, que coordinó las dictaduras de Sudamérica, Paula y sus padres fueron reingresados a Argentina y llevados a la Brigada de San Justo, en el conurbano sur de Buenos Aires. El subcomisario a cargo de la brigada, Rubén Lavallen, decidió quedarse con ella. La anotó como hija biológica de su matrimonio y como recién nacida, aunque Paula ya caminaba, decía algunas palabras. Sus padres fueron trasladados luego al centro clandestino llamado Pozo de Banfield y permanecen desaparecidos.

“Me quisieron cambiar el nombre y no pudieron, porque yo no respondía a otro que no fuera Paula”, reconstruye hoy sobre la llegada a la casa de los apropiadores, donde vivió entre los dos y los ocho años, años fundantes de la infancia. Durante ese tiempo su vida estuvo marcada por el desplazamiento constante. Cambios de jardín, mudanzas sucesivas, movimientos que buscaban evitar cualquier rastro. Mientras tanto, su abuela materna y otras integrantes de Abuelas de Plaza de Mayo avanzaban en la búsqueda. Sin herramientas institucionales, recorrían barrios simulando hacer mandados, observaban rutinas, hacían preguntas. La abuela de Paula viajaba 30 kilómetros desde Banfield hasta Chacarita para “hacer las compras” e intentar averiguar más sobre esa niña que debía ir al colegio pero usaba uniforme de jardín de infantes, que era parecida al recuerdo que tenía de bebé y que se llamaba Paula.

El primer día hábil de la democracia Abuelas radicó la denuncia y un año después fue la primera nieta en ser restituida utilizando el índice de abuelidad, un desarrollo hecho a mediados de 1980 por la genetista estadounidense Mary Claire King y un grupo de científicos a pedido de la organización Abuelas de Plaza de Mayo.

El regreso a su verdadera familia implicó también un reacomodamiento vital. Paula “pegó el estirón” y comenzó a vivir de acuerdo con su edad real. Su entorno, sin embargo, no era el de cualquier niña: había custodia policial permanente y ella pasaba mucho tiempo en los pasillos de Abuelas, acompañando, a su manera, otros procesos de restitución. Se acuerda de los juegos con Carla Artés, nieta apropiada por un represor sangriento, Eduardo Ruffo, que sufrió graves abusos en ese hogar e incluso —cuenta— apareció con las plantas de los pies sin huellas dactilares. “Solo jugábamos, no hablábamos de nada de lo que nos había pasado”, recuerda.

Paula tenía apenas ocho años, pero desde el momento en que supo cuál era su historia nunca pidió volver al hogar con sus apropiadores, a quienes en algún momento había comenzado a llamar mamá y papá. En la casa de su abuela se movió desde el principio con naturalidad, como si en algún lugar de su inconsciente hubiera quedado trazado el mapa de sus primeros dos años en el mundo. Ella no lo recuerda, pero su abuela dice que al llegar incluso preguntó por su oso de peluche.

Si dudás de tu identidad podés escribir a dudas@abuelas.org.ar. Para aportar información sobre hijos/as de desaparecidos/as: denuncias@abuelas.org.ar. Más información en https://www.abuelas.org.ar/.

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