Cuando la democracia ya no importa
Si no actuamos ahora, sin eufemismos ni ambivalencias, la democracia corre el riesgo de convertirse en un período que nuestros nietos leerán con extrañeza en los libros de historia

A la democracia liberal parece que le ha pasado su cuarto de hora. Desde hace ya varios años vemos cómo retrocede alrededor del mundo. Según el proyecto V-Dem (varieties of democracy) en el año 2004 se había logrado que más de la mitad de la población del mundo viva en democracia. Veinte años más tarde, tres de cada cuatro personas han vuelto a vivir en autocracias. El campo de juego se encuentra inclinado. En aquel momento, 12 países habían sufrido episodios que amenazaban a la democracia, pero en la actualidad son casi cuatro veces más. Peor aún, en una investigación reciente que publicamos junto a Jennifer Cyr y Nic Cheeseman mostramos que, además, de cada diez democracias que han sufrido esos retrocesos en las últimas décadas, nueve no se han logrado recuperar a lo largo del tiempo.
El contrato democrático se ha debilitado. A nivel global observamos que los organismos multilaterales como las Naciones Unidas o la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y las coaliciones globales que las sostienen, son cada vez más débiles, deslegitimadas y desfinanciadas. Particularmente paradójico es que Estados Unidos y sus aliados europeos, otrora principales impulsores de un orden global basado en la democracia liberal, hoy son los líderes de esta claudicación. La administración Trump se ha retirado de organismos como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y directamente cerró la agencia de desarrollo USAID; los europeos han reducido al mínimo los fondos destinados a estas agendas y van aumentando sus presupuestos de defensa y seguridad, y la agencia canadiense de desarrollo IDRC acaba de cerrar su área de democracia. La Red de Financiadores de Derechos Humanos estima una reducción para este año del 28% de financiamiento en esta área comparado con el 2023. Esto significa menos apoyo para la sociedad civil que hace litigio estratégico, para activistas defensores del medio ambiente, para periodistas que denuncian injusticias, para un reparto más justo de vacunas, y muchos más. Es preocupante que, por primera vez en mucho tiempo, ninguna de las principales potencias globales impulsa un orden global basado en democracia y derechos. Y si algún gobierno violenta sus principios, no hay llamadas urgentes, ni represalias, ni condenas. Recordemos lo que sucedió recientemente en Venezuela. La palabra democracia brilló por su ausencia.
Más doloroso aún es ver que el apoyo popular también ha mermado sustantivamente. Los gobiernos o movimientos que atacan a las democracias son cada vez más populares. Los que las sostienen son cada vez más débiles y se encuentran a la defensiva. Hablar de democracia hoy es hablar de un concepto desgastado, casi anacrónico, incapaz de despertar entusiasmo o movilizar mayorías. Se ha vuelto sinónimo de liviandad, presentándose inofensiva frente a las demandas sociales urgentes de trabajo, combate al narcotráfico, guerras comerciales, y los desastres naturales. Por momentos pareciera que la hemos dado por perdida.
Sin embargo, perderla no es un lujo que nos podamos dar. Ha costado demasiado a nuestras sociedades lograr construir acuerdos políticos e instituciones que garanticen que podamos elegir a nuestros representantes, poder circular y reunirnos sin correr peligros de persecución; expresar nuestras preferencias políticas y poder luchar por sociedades más justas. Las contradicciones, retrocesos y todas las fallas no son excusa para buscar eliminarla, sino para superarla hacia versiones más sustantivas.
Sucede que las sociedades democráticas son objetivamente mejores. El Nobel Daron Acemoglu demostró en un estudio analizando 184 países entre 1960 y 2010 que los países que se democratizaron aumentaron su PIB per cápita entre un 20% y un 25% en los 25 años siguientes, en comparación con si hubieran seguido siendo autoritarios. Otro premio Nobel, Amartya Sen, señala que nunca ha habido una hambruna importante en una democracia debido a la presión de la prensa y de la oposición frente a estas crisis. Durante el siglo XX, las transiciones a la democracia estuvieron vinculadas a un aumento promedio de 3% en la esperanza de vida en solo diez años tras la democratización. Datos del Journal of Democracy muestran que las democracias reducen la mortalidad infantil de manera mucho más drástica que las autocracias, ya que el gasto público tiende a priorizar la atención primaria en lugar de la construcción de elefantes blancos o aumentar el gasto militar. Asimismo, en América Latina y el sur de Europa, el fin de los regímenes autoritarios en las décadas de los 70 y 80 disparó la inversión en educación, y la ampliación de derechos sustantivos para poblaciones en situación de vulnerabilidad. Además, la evidencia empírica demuestra que las democracias son más pacíficas entre sí, ya que priorizan la vía diplomática.
La cuestión de fondo es que necesitamos a la democracia para poder construir nuestro futuro. No hay agenda de desarrollo posible sin democracia. Sin instituciones democráticas fuertes, con respaldo social, no tenemos contrapesos frente a un mundo que, a pesar de ser cada vez más rico, crece la desigualdad y la exclusión. La transformación digital sin control democrático se convierte en una infraestructura de vigilancia masiva, de extractivismo de datos, y de manipulación. No podemos pensar en un futuro de la Amazonía sin acuerdos globales vinculantes y si los activistas ambientales son asesinados ante la mirada impasible de estados que han desmantelado sus defensorías de derechos humanos. Tampoco podemos pensar en el trabajo de calidad de nuestros jóvenes cuando los mercados están controlados por enormes empresas que, sin escrutinio, solo buscan maximizar rédito económico. Menos aún podemos diseñar políticas migratorias sostenibles si no priorizamos a los migrantes como sujetos de derechos.
No podemos claudicar frente a los desesperanzados y, menos aún, frente al cinismo de quienes buscan beneficios para unos pocos. El voto, la protesta social, la prensa libre, la libertad de expresión, la identidad, no solo tienen un valor en sí mismos, sino que también son herramientas insustituibles para construir sociedades más prósperas, equitativas, inclusivas y paritarias. Es por ello que, si no actuamos ahora, sin eufemismos ni ambivalencias, la democracia corre el riesgo de convertirse en un período que nuestros nietos leerán con extrañeza en los libros de historia, como un experimento breve en la larga historia de la crueldad del poder.
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