Pedro Plaza Salvati, escritor venezolano: “Quedar atrapado en Venezuela fue como jugar un videojuego por etapas”
El narrador acaba de publicar La vida interrumpida, las crónicas de su experiencia en un prolongado confinamiento involuntario en la Caracas de los tiempos de la pandemia

En marzo de 2020, sin tener noticia de la inminente llegada de una pandemia global, el escritor Pedro Plaza Salvati (Caracas, 1967) viajó a Venezuela desde Barcelona, ciudad donde vive, para visitar a su familia. Al llegar a su país, por obra del destino, los barrotes se le cerraron: la cuarentena se apoderó de la vida de la humanidad; los vuelos internacionales quedaron clausurados; se decretó el confinamiento y su regreso quedó pospuesto indefinidamente. Tardó un año y medio en volver.
La prolongada espera para regresar, el confinamiento forzado, la incertidumbre sobre el futuro y el cúmulo de absurdas regulaciones militares en aquel país desmantelado forjaron su última obra, La vida interrumpida, que acaba de salir al mercado. Es una secuencia de crónicas que describe también a esa Caracas de árboles paquidérmicos, dominada por el concreto armado y las chabolas, zarandeada por la crisis. Por entonces, sin gente en las calles.
El libro es una reflexión en secuencia de alguien que espera el regreso a la normalidad mientras camina por la ciudad. “En la basura venezolana se consigue el testimonio de la entropía del país”, comenta este narrador, que también ha residido en Nueva York y en San José de Costa Rica. “Papeletas electorales de 2015; una carta de la empresa rusa Rosneft a sus empleados; la invitación a la boda de Leopoldo López. La tarjeta de un club de lectura de Nueva York de 1974. Una caja de libros. En Chacao me conseguí en la basura una postal de Pedro, un catalán que había llegado a Caracas en 1944, escribiendo a la familia”.
Pregunta. ¿Pensaba escribir un libro antes de ese viaje?
Respuesta. Hay libros que nacen de una planificación. Otros son producto de las contingencias. Salman Rushdie escribió un libro de crónicas llamado Cuchillo luego de que fuera atacado por una persona que intentó asesinarlo en público. Hay libros así, como este, resultado de una circunstancia de fuerza mayor. Viajamos a Venezuela desde España de manera bastante inocente.
P. ¿Cuánto tiempo llevaba sin ir a Venezuela?
R. Desde que residimos en España, vamos a Venezuela cada dos años. Mi esposa y yo no hemos sido de esos emigrantes que se desconectan por completo del país. Siempre nos ha gustado volver.
P. ¿Cómo veía Caracas en cada visita?
R. Caracas ha sido un cuerpo mutante desde hace tiempo. Hubo una época muy dura, entre 2015 y 2018, en la cual sentíamos que todo se deterioraba dramáticamente. Nuevas dificultades, regulaciones absurdas, escasez, militares organizando filas para comprar comida, precios disparados. Lo que te hacía sobrevivir era el sentido común. Es muy raro: hay una sensación de familiaridad, porque yo crecí en esa ciudad, y al mismo tiempo se presenta el ejercicio de redescubrirla. Me dediqué a caminar aleatoriamente. La ruta la decidía al momento de salir.
P. En el libro, el lector comparte con usted ese encierro.
R. Es cierto; las medidas iniciales de confinamiento en España fueron mucho más fuertes, por ejemplo. Yo tuve libertad de desplazamiento. Pero determinados abusos, tantas reglamentaciones, dificultades e insuficiencias vividas en las gestiones para mi salida del país me dieron la sensación de estar en un videojuego por etapas. En Venezuela, lograr las cosas más sencillas es una especie de empresa. Yo aprecio mucho la libertad; en Venezuela nos convertimos en personas muy reactivas. Es la opresión del sistema la que se expresa. No puede ser tan difícil cambiar unas monedas, cobrar tu sueldo, acceder a servicios o montarte en el metro. Se construye una épica cotidiana con cualquier cosa.

P. ¿Cómo trabajaba durante ese tiempo?
R. Diariamente caminaba, observaba, tomaba fotos y anotaba. Llegaba a mi casa a mediodía, comía, descansaba y vaciaba la información. Tenía la convicción de que un momento tan inusual como aquel había que registrarlo: la pandemia en aquel país paralizado. Walter Benjamin, aquel gran escritor caminante, decía que cuando se llega a un sitio, la luz que domina ese lugar no le dice nada a quienes están habituados a ella, pero sí le dice algo a quien viene de afuera. Procuraba mantener un recuerdo fresco de mis impresiones, siempre pendiente de no confiar tanto en la memoria. Los cambios de zonas como El Rosal o Las Mercedes. Los grafitis con los ojos de Hugo Chávez por todos lados. La cantidad de militares en las calles, parados en las estaciones de servicio en una ciudad sin gasolina. Militares que parecían estar metidos en un operativo complejo y que al final no estaban haciendo nada.
P. En el libro también aparece el asesinato de su hermano. ¿Cómo se sintió?
R. Cuando el escritor Antonio Muñoz Molina, maestro y amigo que escribe el prólogo de este relato, leyó el manuscrito, me recomendó que ahondara en la herida de la muerte de mi hermano. Poco antes de entregar la versión final del libro, me detuve en ese momento. Fue muy duro. Entonces me puse a trabajar un poco más ese capítulo. Siempre he estado en desacuerdo con los escritores que explotan sus desgracias personales para producir textos. Pero sí decidí ampliar un poco lo que me pasó para dejar testimonio de lo que han sido nuestras vidas.
P. El libro evita hablar explícitamente de política. ¿Por qué?
R. En las crónicas se usan todas las herramientas de la ficción, pero sin inventar nada. Se estructura la entrada de personajes, se crean dos relatos, se dosifica la tensión de las historias. Una historia cuenta dos historias. La decisión de no usar determinadas palabras, de no hacer determinadas reflexiones, de no hablar expresamente de política, claro que es intencionada. Quería que todo quedara sugerido.
P. ¿Cómo observa a Venezuela en el contexto actual? ¿Guarda alguna esperanza?
R. Sí la tengo. Lo que ha sucedido el 3 de enero equivale a que estés en una celda y alguien, por algún motivo, venga con una llave a abrirte la puerta. Se valora muchísimo. Estoy esperanzado con un regreso a la democracia. Quizás no de manera inmediata. Habrá que tener paciencia.
P ¿Le preocupa cómo Estados Unidos tiene secuestrada la soberanía del país después del 3 de enero?
R. Antes me preocupaba que la soberanía estuviese sometida a la influencia cubana y las alianzas con países como Irán o Rusia. Siendo Estados Unidos la primera potencia económica del mundo, espero que el tutelaje actual, de carácter intrusivo, redunde en una suerte de Plan Marshall a lo venezolano para una economía en ruinas.
P. ¿Le tiene fe a lo que pueda hacer Donald Trump por la democracia en Venezuela?
R. No estoy seguro. Sabemos que Trump se maneja muy bien con los autócratas del planeta. Lo noto muy cómodo con las relaciones que mantiene con la línea dura del chavismo. Espero que se cumpla el plan de tres fases que estableció Marco Rubio, que debería, a fin de cuentas, conducirnos a una democracia plena.
P ¿Le gustaría ver a María Corina Machado en la presidencia de la República?
R. Me gustaría que en mi país se pudieran celebrar unas elecciones verdaderamente libres. María Corina cuenta con una opinión aplastantemente favorable en estos momentos, por su firmeza, su admirable y tenaz lucha democrática. No veo razones objetivas por las que esa tendencia pueda cambiar.
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