Así afecta la guerra en Irán a las principales economías de Latinoamérica
La región analiza con cautela la situación en Oriente Próximo, sobre todo por los riesgos de un aumento de la inflación y la caída de las monedas locales frente al dólar


Las principales economías de Latinoamérica observan con cautela cómo se van a ver afectadas por la guerra desatada en Irán y las consecuencias de la subida de precios del petróleo y el gas. Los países productores de petróleo, como Venezuela, pueden verse favorecidos por la coyuntura, mientras otros como México tienen mecanismos de compensación para que no repercutan las subidas en los consumidores. Sin embargo, el riesgo de inflación y las caídas de la moneda local frente al dólar constituyen los principales desafíos.
Venezuela y el antiguo aliado iraní
Durante el chavismo, Irán se consolidó como uno de los aliados más cercanos de Venezuela, con proyectos en agricultura y manufactura que terminaron naufragando entre ineficiencia y corrupción. En los años más recientes, Teherán desempeñó un papel clave en el suministro de combustible refinado en medio de las sanciones internacionales y del colapso operativo de PDVSA, cuando las interminables filas para cargar gasolina se volvieron parte de la cotidianidad venezolana. También comenzó a utilizar una flota de buques “fantasma” para mover el crudo venezolano y sortear restricciones.
Tras la intervención militar de Estados Unidos del 3 de enero, el tablero geopolítico se ha reconfigurado para Venezuela. Durante el fin de semana de los ataques en Oriente Próximo, la Cancillería publicó un comunicado en el que “lamentaba” el ataque contra Irán, sin mencionar a los responsables, y condenaba la respuesta del país agredido. El mensaje fue eliminado horas después.
Desde entonces, el principal aliado latinoamericano del país persa ha mantenido un perfil bajo frente a un conflicto que, como productor petrolero, podría favorecerle por el alza de los precios del crudo. Solo este martes la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, aludió tangencialmente al tema al informar sobre una conversación telefónica con el emir de Catar, Tamin bin Hamad Al Thani. “Le transmití nuestra solidaridad ante la grave situación de inestabilidad y violencia que se ha desatado en el Medio Oriente, que ha colocado a toda la región al borde de una peligrosa escalada de guerra”, señaló.
El gobierno interino, ahora bajo tutela de Washington, enfrenta un dilema ante la nueva escalada impulsada por Donald Trump. La operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a una cárcel en Nueva York derivó en un marcaje directo desde la Casa Blanca a la actividad petrolera venezolana. Hace dos semanas, Rodríguez recorrió campos petroleros junto al secretario de Energía estadounidense, Chris Wright. Las licencias otorgadas por Washington a empresas estadounidenses incluyen prohibiciones explícitas de relacionamiento con entidades y personas de países vetados, entre ellos Irán.
El impacto inmediato del conflicto en Oriente Próximo se sentiría en los ingresos. Analistas como Alejandro Grisanti, director de Ecoanalítica, advierten que los ataques a infraestructura energética, el bloqueo del estrecho de Ormuz —por donde transita un tercio del crudo mundial— y la afectación de refinerías tensionarían la oferta global. Venezuela produce hoy cerca de 1,2 millones de barriles diarios, una cuota modesta pero estratégica en un contexto de crisis energética. Según Grisanti, por cada dólar adicional en el precio promedio del crudo en 2026 el país recibiría unos 400 millones de dólares extra; de mantenerse el alza reciente, podrían sumarse alrededor de 2.400 millones adicionales.
México trata de amortiguar el posible alza de precios
México es el cuarto productor de petróleo en el continente americano con 1,6 millones de barriles diarios. El Gobierno mexicano ha virado su política energética en los últimos años para fortalecer el mercado interno e incentivar la refinación en casa. Un reflejo de ello ha sido la caída de las exportaciones en enero de este año: un 44%. El último reporte de Pemex, la petrolera estatal, señala que México no envió barriles a ningún país de Medio Oriente y concentró sus envíos a Europa y América. Por otra parte, México importa casi la mitad de las gasolinas que consume y estas vienen del sur de Estados Unidos. Los ataques en Irán dejan al crudo mexicano a merced de los precios del WTI, por su cercanía a Texas, y del Brent. La mezcla mexicana se cotizó el viernes 27 de febrero en 63,46 dólares por barril y al cierre de este lunes alcanzó los 66,63 dólares, en línea con las subidas de los principales referentes en el mercado. “Para México no estimamos impactos, ya que no depende del petróleo iraní ni de rutas críticas como el Estrecho de Ormuz”, señala Banamex en un reporte.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha enviado un mensaje de tranquilidad a la población ante una posible subida del precio de la gasolina y el gas con el aumento de la tensión en el golfo Pérsico. La mandataria ha recordado que, con la guerra de Ucrania, su predecesor creó un mecanismo de compensación para ajustar el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) para paliar la subida de precios de los combustibles, para que no lo terminaran pagando los consumidores. “Y en caso de que bajara [el precio del petróleo y repercutiera a Pemex], tenemos seguros que dan coberturas”, ha apuntado este martes. Sheinbaum ha descartado que México se beneficie de las subidas del Brent sobre sus propias exportaciones, ya que se equilibra con los aumentos a los precios de gasolina, turbosina y gas líquido de petróleo que todavía se importa.
Argentina, entre las exportaciones favorables y el fantasma inflacionario
En Argentina, el alza del precio del petróleo hace más rentables las exportaciones energéticas, que van creciendo en el país a partir del incremento de la producción de Vaca Muerta, un yacimiento de crudo no convencional ubicado en la Patagonia que alimenta el sueño de Javier Milei de convertir al país en una potencia petrolera. Además, hace más apetecibles las inversiones para el desarrollo de esta cuenca, que requiere infraestructura para aumentar la capacidad de extracción mediante fracking y el transporte de la producción.
Para Marcelo Elizondo, economista especializado en comercio internacional, el conflicto bélico podrá empujar al alza también a los productos agrícolas, otros de los fuertes de Argentina, que representan alrededor del 60% de sus exportaciones totales. El aumento del coste de los fertilizantes —en la zona de Irán se produce el 15% de la urea a nivel global— y el de los combustibles necesarios para la maquinaria de cosecha, así como el encarecimiento de los fletes para el transporte internacional de granos, son factores que presionarán en su precio.
Pero no todo el impacto será favorable. El aumento de estos productos básicos podrá ser trasladado a los precios internos de la economía, en un país extremadamente sensible a la inflación. Esto podría complicar aún más el proyecto de Milei de estabilizar la situación que Argentina sufre desde hace décadas y que la ha llevado a picos violentos de suba de precios como el de 2023, de 210% anual. “Hay fuerzas cruzadas, pero parecería que son más los factores que favorecen la economía argentina, más allá de que una conflagración jamás es una buena noticia”, apunta Elizondo.
La inestabilidad global suele ser una razón para que los inversores migren desde mercados emergentes hacia otros más seguros, lo que puede afectar el mercado de cambios local e impulsar la cotización del dólar por la salida de inversores extranjeros. “Países con bajas reservas de divisas, como la Argentina, Sri Lanka, Pakistán y Turquía, enfrentan mayores riesgos de salidas repentinas de capital y depreciación de sus monedas”, indicó un reporte global del banco Citi.
Brasil, pendiente del campo
Para Brasil, el momento es de cautela porque puede vivir las dos caras de la moneda. Por un lado, como gran productor de petróleo que es (unos 3,7 millones de barriles al día) la subida de los precios puede beneficiar al sector y colocar a Brasil como un proveedor estratégico fuera del eje del conflicto. Las acciones de la petrolera semiestatal Petrobras subían con fuerza la mañana del lunes. Con más ingresos en el sector energético, el Gobierno también verá aumentar la recaudación.
No obstante, los especialistas estiman que el petróleo más caro en el mercado internacional acabará presionando a los combustibles en el mercado doméstico. El transporte en Brasil se hace básicamente en camiones, por lo que el aumento del precio del diésel acaba elevando el precio de los alimentos y trasladando la inflación a todos los sectores de la economía.
Otro punto de atención para Brasil está en el campo. El país presume de ser uno de los mayores productores de alimentos del mundo, pero su sector agrícola depende enormemente de las importaciones de fertilizantes, que a su vez dependen del gas natural. Si el conflicto impacta con fuerza en el precio del gas y eleva los costes globales, Brasil puede ver encarecer sus preciados insumos agrícolas.
Chile y la devaluación del peso
Chile cuenta con una matriz de importación de crudo diversificada, lo que reduce el riesgo de desabastecimiento, por lo que los analistas han llamado a la calma. El dólar, por su parte, respondió a la escalada del conflicto con una fuerte alza de 14,8 pesos chilenos, llegando a los 886,8 vendedor en las primeras horas. Está previsto que se registre una mayor demanda por la divisa estadounidense -un activo seguro-, por lo que el peso chileno puede continuar devaluándose en los próximos días o semanas.
Colombia y el riesgo de presión cambiaria
Colombia es un caso particular en América Latina: ni es un gigante petrolero, ni es un importador neto. Ese punto intermedio hace que las perturbaciones causadas por la guerra no tengan una lectura unívoca, y que los efectos netos sean particularmente inciertos, incluso si la guerra se prolonga en el tiempo. De un lado, el país se beneficia en su balanza comercial con un barril más caro, pues el crudo corresponde a alrededor del 25% de sus ventas al exterior. Además, cada dólar extra en el precio suma alrededor de 100 millones de dólares en ingresos fiscales, muy bienvenidos en una economía que tiene en un creciente déficit fiscal su principal motivo de preocupación. Sin embargo, del otro lado el país enfrenta los riesgos de la presión cambiaria. De hecho, entre el martes y el miércoles, el peso se devaluó en un 0,7% frente al dólar, que rompió la barrera de los 3.800 pesos por primera vez en el año. También se dan algunas señales de fuga de capitales, como es usual de los mercados emergentes hacia inversiones más consolidadas en este tipo de crisis geopolíticas. El índice Colcap, que sigue las principales acciones de la bolsa colombiana, cayó un 4,42% en los dos días de mercado que han pasado desde que iniciaron los ataques.
Con información de Florantonia Singer (Caracas), Sonia Corona (México), Joan Royo (Río de Janeiro), Antonia Laborde (Santiago de Chile) y Delfina Torres (Buenos Aires).
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