Antes de que sea tarde: México y el riesgo de los tiroteos imitativos
Desde hace años, la literatura académica ha documentado el llamado “efecto contagio”

Lo ocurrido recientemente en Teotihuacán —un tiroteo que dejó a una turista muerta y a más de una decena de personas heridas— no puede leerse como un episodio más de violencia. México arrastra desde hace años una crisis persistente de homicidios con armas de fuego. Pero los ataques indiscriminados, dirigidos contra personas al azar en espacios públicos, responden a otra lógica: se aproximan más al patrón de los mass shootings que han marcado a Estados Unidos en las últimas décadas.
Hace apenas unas semanas, advertíamos que la masacre en Columbine High School podía estar “cruzando la frontera”, a partir de un tiroteo en una escuela de Michoacán a finales de marzo. Lo ocurrido ahora en Teotihuacán —a menos de un mes de aquella señal— sugiere que la hipótesis no era retórica, sino una posibilidad en ciernes.
La distinción importa. Mientras la violencia criminal en México suele anclarse en economías ilegales, disputas territoriales o estructuras organizadas, los tiroteos indiscriminados responden a otra lógica: con frecuencia se nutren de la imitación, la búsqueda de notoriedad y procesos de radicalización difusa. Son, en ese sentido, fenómenos con dinámica propia, que exigen respuestas igualmente específicas.
Desde hace años, la literatura académica ha documentado el llamado “efecto contagio”. Un estudio ampliamente citado de Sherry Towers, publicado en PLoS ONE, encuentra evidencia de que los tiroteos masivos no son eventos completamente independientes: cada incidente incrementa, de forma temporal, la probabilidad de que ocurra otro en los días siguientes. El fenómeno se ha descrito como un proceso de difusión social, en el que la exposición mediática cumple un papel central.
A ello se suma otra línea de investigación. El criminólogo Adam Lankford ha documentado que una proporción relevante de perpetradores persigue reconocimiento público. En ese contexto, la cobertura mediática —cuando enfatiza nombres, rostros o manifiestos— puede, incluso de forma involuntaria, alimentar incentivos de imitación.
No se trata de sugerir una causalidad simple ni de trasladar responsabilidad a los medios, sino de reconocer que estos eventos se inscriben en ecosistemas sociales donde la información, la notoriedad y la repetición tienen efectos.
México aún está a tiempo de evitar que este fenómeno se consolide. A diferencia de Estados Unidos, donde los tiroteos masivos han terminado por incorporarse —de forma inquietante— al paisaje social, en México esa inercia cultural todavía no se ha asentado. Pero la ventana de oportunidad es estrecha.
Hay, al menos, tres líneas de acción inmediatas.
La primera es comunicacional. Medios y autoridades deberían adoptar lineamientos claros para la cobertura de estos eventos: evitar la glorificación del perpetrador, limitar la difusión de su identidad y centrar la narrativa en las víctimas y la comunidad. Organizaciones como el Global Center for Journalism and Trauma han desarrollado guías concretas en este sentido, sustentadas en evidencia comparada.
La segunda es analítica, metodológica y política. México carece hoy de un esfuerzo sistemático para estudiar este tipo específico de violencia. No basta con diluir estos casos en las estadísticas generales de homicidio. Se requiere identificar patrones, comprender motivaciones, reconstruir trayectorias individuales y explorar posibles vínculos con procesos de radicalización en línea.
En este punto, resultaría pertinente que la presidenta Claudia Sheinbaum impulse la creación de un comité nacional interdisciplinario dedicado al análisis de los tiroteos indiscriminados. Un grupo de esta naturaleza —integrado por especialistas en seguridad, salud mental, sociología, análisis de datos y comunicación— podría cumplir, al menos, tres funciones concretas.
- Generar evidencia sistemática sobre estos eventos en México,
- Diseñar protocolos de prevención e intervención temprana, y
- Emitir recomendaciones públicas sobre cobertura mediática y gestión de crisis.
La tercera línea es estructural. Evitar el debate sobre armas de fuego ha sido uno de los errores más persistentes en Estados Unidos. En México, donde ya existe un marco legal comparativamente más restrictivo, el desafío es menos normativo que de implementación. El acceso efectivo a armas —legales e ilegales— sigue siendo un factor decisivo en la letalidad de la violencia. Sin armas de fuego no hay tiroteo; sin disponibilidad, no hay letalidad masiva.
Nada de esto implica ignorar las particularidades del contexto mexicano. Sí obliga, en cambio, a reconocer que ciertos fenómenos —como los tiroteos imitativos— pueden cruzar fronteras culturales con mayor rapidez que las políticas públicas.
México no está condenado a reproducir la trayectoria de Estados Unidos. Evitarlo, sin embargo, requiere algo más que indignación momentánea: exige anticipación, evidencia y decisión política.
La pregunta no es si estos eventos pueden multiplicarse. La pregunta es si el Estado mexicano actuará antes de que empiecen a hacerlo.







































