Delcy Rodríguez asume el poder en Venezuela con una economía agonizante
La presidenta encargada enfrenta el reto de otra tormenta inflacionaria en un país sancionado y con acceso limitado al crédito
Delcy Rodríguez asumió las riendas del estado venezolano con una economía en la cual se gesta, nuevamente, un problema inflacionario de grandes magnitudes. Una industria petrolera todavía muy lastimada por la desastrosa administración de estos años. Un Producto Interno Bruto que ha perdido el 70% de su tamaño en los últimos 10 años y una escala salarial que atestigua el empobrecimiento general de la población.
Su ascenso en el poder, sin embargo, no entraña una mala noticia para los sectores económicos locales. Antes de asumir la presidencia encargada del país, Delcy Rodríguez conducía las carteras de Economía y Finanzas, y también la de Petróleo, incluidas en el paraguas de la vicepresidencia. Sin decirlo nunca, fue ella la primera en aceptar el fracaso del modelo intervencionista. Para rectificar, asumiendo funciones, prescindió del concurso de los economistas venezolanos —casi todos muy críticos de las decisiones del chavismo en estos años— y acudió a su amigo y compañero Rafael Correa, expresidente de Ecuador, quién le terminaría recomendando un equipo de asesores para ejecutar un ajuste económico clásico.
En los años de Maduro, prácticamente no existió la vocería económica en el Gabinete. Rodríguez, con sus asesores, ejecutó la operación puertas adentro. El Banco Central de Venezuela dejó de ofrecer detalles sobre las alarmantes cifras de la economía nacional.
A partir de ese momento, el Gobierno de Maduro comenzó a devolver, con discreción, los activos expropiados a empresarios e industriales en los tiempos de Chávez (casi todos quebrados y arruinados). Se relajó hasta extinguirse el exceso de supervisiones burocráticas al aparato económico. Fue abolido el control cambiario y el uso del dólar entró a la economía. Terminaron las tomas de empresas por parte de efectivos militares. Se acabó la hostilidad hacia la propiedad privada. El Gobierno y la patronal Fedecámaras —“la burguesía parasitaria”, los había llamado Maduro en 2013— hicieron las paces. Se detuvieron los aumentos compulsivos y unilaterales de salarios.
La modesta recuperación de la economía venezolana en estos años —digamos, de 2022 en adelante— guarda relación con la influencia de Rodríguez en Miraflores. Dentro del debate de las filas revolucionarias, ha sido ella una de las responsables de la apertura que impulsó el gobierno de Maduro hacia la economía de mercado en 2019, luego de años intervencionismo estatal, tiempo en el colapso económico nacional tocaba su piso; quebraron todos los activos de la nación, incluyendo Petróleos de Venezuela; y ya quedaba muy poco por expropiar.
Delcy Rodríguez ha sido la interlocutora privilegiada del Gobierno de Maduro con el capital nacional que sigue en Venezuela, con quiénes ahora ha identificado áreas de trabajo, alianzas e intereses mutuos en estos años. También se le atribuye responsabilidad en la recuperación de la producción petrolera del país, que llegó técnicamente a cero —300.000 barriles diarios— en 2016, y que ahora promedia 1,1 millón de barriles (en sus buenos tiempos, Venezuela producía más de tres millones diarios de barriles de petróleo).
En 2025, Venezuela tuvo un crecimiento de cinco puntos del PIB. Un desempeño que sería excelente en cualquier parte del mundo, pero no en Venezuela, país que necesitaría tener cifras de dos dígitos de crecimiento durante varios años seguidos para recuperar el tamaño tradicional de su economía.
El economista José Guerra, profesor de la Universidad Central de Venezuela y diputado opositor, estimaba para 2024 un déficit fiscal de ocho puntos del PIB y una inflación sobrepasando el 620%. “Hay una enorme inestabilidad cambiaria, la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo es de más de 100%. La moneda se está devaluando diariamente. Si no se hace nada, vamos camino de otra hiperinflación La crisis política complica el diseño de soluciones”, advierte.

La inflación venezolana se agrava con problemas fiscales y las expectativas negativas del mercado local ante del escenario político. Las sanciones internacionales al régimen chavista dificultan la gestión cotidiana de la economía, y le quitan instrumentos a las autoridades para atender la emergencia económica.
Los expertos en este tema coinciden: metida en el laberinto de la hegemonía chavista, Venezuela tiene un techo muy claro en el horizonte de su recuperación económica. Sancionado y endeudado a niveles alarmantes por la pésima gestión económica del pasado, el Estado venezolano en este momento no tiene acceso al crédito internacional, ni a préstamos de organismos multilaterales. Los niveles de desinversión son altos. El Gobierno de China fue un prestamista muy generoso en el pasado, pero se ha negado a renovar los créditos, disgustado con la pésima administración de aquellos recursos que hizo el gobierno de Maduro en tiempos de crisis cambiaria.
Es muy probable que Rodríguez haga todo lo posible por apaciguar a Donald Trump, ofrecerle ventajas para explotar petróleo y aceptar parte de sus demandas (siempre sin renunciar al control de la revolución bolivariana sobre el poder). También, que haya una búsqueda exhaustiva para nuevas inversiones en otros confines, con reglas de mercado, y nuevos proyectos con el sector privado local. Está por verse si el país va a poder aproximarse de nuevo a Rusia y a China (su asesor y protector militar, el primero; su socio económico, el segundo) como lo hizo siempre para concretar nuevos proyectos.
La niebla está muy espesa en el panorama inmediato de Venezuela. La incertidumbre en materia política es total. Donald Trump y Delcy Rodríguez, cada uno en su lugar, están hablando de dos realidades distintas cuando se refieren al futuro inmediato Venezuela. Rodríguez está obligada a aceptar su presencia, y a expresarse conciliadoramente con Washington, luego de que las fuerzas estadounidenses invadieran el país y secuestraran a Maduro en una operación comando. En medio de este punto ciego, dentro de Venezuela emerge una sensación general: las cosas se pueden poner un poco peor.
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