La Iglesia y la fe: baluarte de libertad ante la adversidad histórica
Mientras en Venezuela persistan las cárceles llenas de conciencia y las mesas vacías de pan, esta institución religiosa tiene el deber moral de ser la voz de los silenciados

La fe, en su acepción más profunda, no es un mero asentimiento dogmático, sino una estructura de resistencia ante la precariedad de la existencia. Para el feligrés venezolano, la fe en Dios y el sentido de pertenencia a su Iglesia no se han debilitado con la crisis; por el contrario, se han acendrado en el crisol de la adversidad. La sociología de la religión ha demostrado que, en contextos de opresión, la comunidad eclesial se convierte en el último refugio de la dignidad humana, donde la esperanza deja de ser una espera pasiva para transformarse en un acto de valentía civil.
El análisis de la praxis eclesial contemporánea nos obliga a discernir entre las distintas narrativas que emanan de su jerarquía. Recientemente, el comunicado de la Conferencia Episcopal de Venezuela (CEV) ha adoptado un tono que, si bien busca la conciliación, para amplios sectores de la base creyente se percibe como una aproximación excesivamente cautelosa o “institucionalista” frente a la magnitud de la tragedia humanitaria. Esta postura dista de la contundencia necesaria cuando la verdad está en juego. Por ello, es imperativo establecer una distinción axiológica a partir de dos hitos que definen la verdadera misión de la Iglesia en tiempos de tiranía.
El legado de monseñor Arias Blanco (1957) quedó patentizado en aquella histórica carta pastoral, publicada el 1 de mayo de 1957 con motivo del Día del Trabajador, en la que desnudaba la naturaleza represiva de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. No fue un simple documento administrativo: fue un detonante moral que despertó la conciencia de una nación. El prelado entendió que el silencio de la Iglesia ante la injusticia social constituye una forma de complicidad. Este documento es considerado un hito fundamental en la historia contemporánea de Venezuela por dos razones esenciales: la denuncia social implícita, al criticar duramente las condiciones de vida de los trabajadores y la injusta distribución de la riqueza; y su impacto político, al convertirse en el primer gran desafío público y moral contra el régimen, rompiendo el silencio institucional y catalizando el descontento que conduciría a la caída del dictador el 23 de enero de 1958.
Otra posición histórica, más reciente, es la doctrina de la verdad expresada por el cardenal Pietro Parolin en el marco de las canonizaciones de José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles. Las sentencias comunicadas desde el Vaticano no fueron meramente litúrgicas. Su llamado a la justicia y a la dignidad humana resuena como una condena clara y sin zigzagueos a los sistemas que trituran la libertad del ciudadano. Cito un resumen de ese contundente mensaje:
“Solo así, querida Venezuela, pasará de la muerte a la vida. Solo así, querida Venezuela, tu luz brillará en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía, si escuchas las palabras del Señor que te llama a abrir las prisiones injustas, a hacer saltar los cerrojos de los cepos, a dejar libres a los oprimidos y a romper todas las ataduras. Solo así, querida Venezuela, podrás responder a tu vocación de paz, si la construyes sobre los cimientos de la justicia, de la verdad, de la libertad y del amor, del respeto a los derechos humanos, generando espacios de encuentro y convivencia democrática, haciendo prevalecer lo que une y no lo que divide. Que los nuevos santos intercedan para que todos ustedes puedan seguir adelante con esperanza y empeño. La Virgen de Coromoto, san José Gregorio y santa madre Carmen, oren por nosotros. Amén”.
Me quedo con esa Iglesia: la que dignamente representó monseñor Arias Blanco y la que hoy interpreta el cardenal Parolin. Esa es la prédica que no calla ante las detenciones arbitrarias, esas heridas abiertas en el cuerpo social de una Venezuela que sufre.
Resulta doloroso constatar que, en este inicio de 2026, mientras los gobiernos democráticos del mundo celebran ciclos de renovación, en nuestro país las festividades se ven empañadas por la ausencia de progreso real. No hay anuncios de aumentos salariales que dignifiquen el trabajo, ni señales de crecimiento económico sostenido, ni una moneda que proteja el esfuerzo del ciudadano. En su lugar, el régimen anuncia —con un cinismo que pretende disfrazarse de normalidad— la excarcelación de personas que jamás debieron perder su libertad. La libertad de un inocente no es un regalo del poder: es un derecho natural que la Iglesia debe defender sin ambages.
La utilización de la libertad personal como herramienta de gestión política constituye uno de los fenómenos más persistentes en la arquitectura de los regímenes autoritarios durante el último siglo. El análisis de la conducta de dictaduras tanto comunistas como militares entre 1924 y 2025 revela la existencia de un patrón estacional y estratégico: la liberación de prisioneros políticos durante el período de fin de año. Esta práctica, lejos de responder a una evolución humanitaria genuina del poder, se configura como un mecanismo de “clemencia táctica” diseñado para desarticular presiones externas, renegociar sanciones económicas y estabilizar el frente interno en momentos de vulnerabilidad sistémica. La dictadura de Maduro, en su dinámica política reciente, ha adoptado y perfeccionado este modelo, integrando la liberación de disidentes en diciembre como una pieza central de su diplomacia transaccional y su estrategia de control social.
La privación de libertad en contextos autoritarios no cumple únicamente una función punitiva o de seguridad; opera fundamentalmente como un activo de reserva política. Los regímenes que enfrentan aislamiento internacional o crisis de legitimidad perciben a la población carcelaria de carácter político como una moneda de cambio. El concepto de la “puerta giratoria” describe con precisión este ciclo: el Estado detiene a ciudadanos —dirigentes, activistas, estudiantes o militares— para acumular capital de negociación, liberando a algunos de ellos en momentos estratégicos para obtener concesiones, mientras simultáneamente realiza nuevas detenciones para mantener el stock de rehenes.
El mes de diciembre posee un valor estratégico singular por tres razones fundamentales. En primer lugar, la carga simbólica de las festividades de fin de año permite al régimen proyectar una imagen de magnanimidad y reconciliación nacional, apelando a sentimientos religiosos y familiares para suavizar su percepción pública. En segundo lugar, la sincronización con el cierre de ciclos administrativos y presupuestarios en las democracias occidentales facilita la justificación de alivios en las sanciones ante los parlamentos y la opinión pública internacional. Finalmente, la liberación en períodos de baja movilización social (vacaciones decembrinas) reduce el riesgo de que la salida de los líderes opositores genere una protesta inmediata y masiva en las calles.
Pero hagan lo que hagan, la ciudadanía no se prestará a normalizar semejante treta. Además, la fe del venezolano no habita en los palacios, sino en la convicción de que Dios no es indiferente al sufrimiento. La Iglesia que camina con su pueblo entiende que la paz solo puede ser fruto de la justicia. Mientras persistan las cárceles llenas de conciencia y las mesas vacías de pan, la Iglesia tiene el deber moral de ser la voz de los silenciados. Esa es la fe que no se rinde: la que sabe que, después de cada Viernes Santo de opresión, es inevitable el Domingo de Resurrección y Libertad.
Antonioledezma.net
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