Un bar cultural en Argentina que genera trabajo y autonomía para personas con discapacidad
Casa Monarcas, ubicada al norte de la provincia de Buenos Aires, incluso adquiere sus insumos con proveedores que promueven la inclusión laboral

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La vieja casona tiene dos plantas en una esquina de Martínez, una localidad al norte de la provincia de Buenos Aires. Está pintada de un azul intenso, con murales llenos de plantas y mariposas. Adentro, Casa Monarcas se parece a otras confiterías de la zona: mesas para tomar un café sin tiempo, tortas, brownies y otros tipos de productos de pastelería, además de un grupo de amables empleados. Pero hay algo que la hace diferente. Se trata de un café cultural e inclusivo en el que la mayoría de los trabajadores son personas con discapacidad.
Creado hace menos de un año, el lugar hace una apuesta que va más allá de las puertas del local. Creó un verdadero ecosistema de inclusión: compra insumos a otros emprendimientos que emplean personas con discapacidad y funciona como sede de talleres culturales y como vivero, articulando empleo directo, red de proveedores y formación.
“Tuvimos un diagnóstico prenatal de mi hija Malena en el que nos enteramos de que tenía síndrome de Down. Nació con otra sorpresa: una cardiopatía compleja”, cuenta María Fernanda Bardon Font, fundadora de Casa Monarcas. “La operaron a los tres meses a corazón abierto. Mientras estaba internada, con mi marido dijimos que si se salvaba, íbamos a hacer algo por los chicos con discapacidad”.

Pasaron varios años desde aquella conversación con su marido. Hoy, Malena tiene siete años. Tras más de dos décadas de trabajo en empresas agroindustriales, Bardon Font fue despedida hace dos años. Entonces decidió destinar su energía y dinero a la creación de Casa Monarcas, un proyecto que comenzó a tomar forma a partir de algunas preguntas básicas pero medulares. “Empezamos a pensar: ¿qué puede hacer una persona con discapacidad intelectual? ¿Para qué son más aptos? Ahí surgió la idea del café, la cocina, el arte y un vivero porque yo soy agrónoma”, cuenta.
Alquilaron una casona que necesitaba arreglos y tenía problemas de humedad. La refaccionaron y buscaron la ayuda de especialistas en terapia ocupacional. Hoy emplean a seis personas, de las cuales cinco tienen discapacidad. La apuesta fue más allá del café: crearon una red de proveedores que también emplean a trabajadores con discapacidad. “Logramos reunir a más de 147 y cada día se suman más. En el café tenemos un montón de chicos en lista de espera para trabajar”, explica Bardon Font.
En menos de un año, Casa Monarcas puso en marcha esta pequeña empresa. “Nunca voy a olvidar el caso de una de las chicas, que contó que ahora puede sentarse con sus hermanas —una arquitecta y la otra médica— para hablar de su día de trabajo. Es la dignidad de decir: ‘Yo soy igual que vos. Vos vas a trabajar a un hospital, vos a un estudio y yo a Casa Monarcas, donde no solo sirvo mesas, sino que hago un montón de cosas’”.

Además, resalta el aprendizaje de habilidades nuevas. “La inclusión no es decirle a un pibe: ‘Andá a servir mesas todo el día y no hagas más que eso’. Acá los chicos van aprendiendo algo nuevo todos los días y repasando las cosas. A lo mejor hay que repasar veinte veces lo mismo. No importa. Se hace igual”.
Sofía González Bonorino es artista y una de las empleadas del café desde su creación. Antes de Casa Monarcas, trabajó en una fábrica de papel reciclado y en una ONG. Este es su primer empleo vinculado a la gastronomía. “Yo me ocupo de servir las mesas y de atender a los clientes. Ahora estoy aprendiendo a manejarme en la cocina”, cuenta. “Disfruto mucho atender a los clientes y en mis tiempos libres me siento a terminar mis obras. Me gusta el trabajo porque da una oportunidad a los chicos con discapacidad. A veces, nos cuesta mucho conseguir un trabajo”, agrega. Algunos de sus cuadros están exhibidos en la galería de arte del bar.
“Yo soy mesero, tengo 21 años y me llamo Bautista Belgrano”, se presenta otro de los empleados. “Me emociona lo que hago, desde llevar una taza de café hasta hablar con los clientes. Me gusta estar acá y este trabajo es un sostén emocional para mí. Fernanda es una buena jefa, pero me tiene cortito”, dice con ella al lado y todos se ríen.

Los brownies, los cuadrados de coco y limón y los grisines que se venden en el bar son confeccionados por Delicias del Lucero, un proyecto gastronómico del grupo educativo El Lucero del Alba, dedicado a la educación especial que trabaja hace más de dos décadas con niños, adolescentes y jóvenes con discapacidad intelectual. No solo le venden los insumos a Casa Monarcas, sino que también colaboran con la selección de personal y el asesoramiento.
“Nuestro centro de formación integral aspira a la independencia y al trabajo real”, dice Jimena Pi, fundadora de Lucero del Alba. “Buscamos el aprendizaje general, que luego pasa a ser experiencia: un despliegue de comportamientos autónomos de los chicos, que se los promueva para que sean partícipes de la sociedad, como el resto”.
Pi cree que Casa Monarcas es un modelo a replicar, pero que resulta difícil sostenerlo desde lo comercial cuando no hay apoyo. “Los chicos egresan de nuestra institución a los 21 años, con formación y trabajos realizados durante un año. Pero no hay muchos proyectos como Casa Monarcas. A veces, surgen ideas bien pensadas, con mucho corazón y garra, que terminan agotándose por falta de recursos. Así se hace difícil aplicar las habilidades laborales adquiridas”, agrega.

A un costado del mostrador, en Casa Monarcas, se está dictando un taller. González Bonorino y Belgrano ya volvieron a sus puestos de trabajo. El lugar toma el nombre de la mariposa monarca, la más común en la latitud sur. Este espacio de inclusión laboral para personas con discapacidad eligió a esa especie con alas anaranjadas y bordes negros como una metáfora del vuelo, que sintetiza la búsqueda de autonomía del proyecto.
Bardon Font sueña que ese vuelo sea bien alto y vaya mucho más allá del café. “Voy a conseguir empresas que nos apoyen porque nuestro objetivo es más grande que Casa Monarcas. Muchos padres que tienen hijos con discapacidad se preguntan en algún momento: ´¿Por qué me pasó a mí?´. Pero creo que la pregunta es para qué. No es el fin del mundo, sino el comienzo de una vida mucho más empática”.
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