Donde vuelan las mariposas, resiste el mar: las comunidades pesqueras en Costa Rica buscan una vida sostenible
Las mujeres del Golfo de Nicoya fortalecen su autonomía económica a través de mariposarios, turismo, viveros y siembra de mangle. “No podemos hacer como hacían nuestros padres”, dicen
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A finales de año, el sol en el Golfo de Nicoya (Costa Rica) suele empezar a disminuir su intensidad a partir de las tres de la tarde. Por eso, como en toda región costeña, en Costa de Pájaros la actividad comienza a cobrar vida a esa hora y la casa de Esther Ledezma no es la excepción. En ella atiende a viajeros de todas las nacionalidades con hospedaje y alimentación. “Con el tiempo hemos ido añadiendo más espacios”, dice mientras da un paseo por el lugar.
En el centro de su propiedad se erige la estrella del lugar: un mariposario creado para criar a la Morfo azul (Morpho helenor narcissus), una mariposa con alas azules y negras, símbolo nacional de Costa Rica, y que inspira el nombre del proyecto de Ledezma: Mariposas del Golfo.
Iniciada hace 26 años, es una organización de base comunitaria que busca fortalecer la autonomía de las mujeres mediante la sostenibilidad económica, así como promover la conservación y la buena gestión de los recursos marino-costeros. “No podemos hacer como hacían nuestros padres y abuelos, que pescaban desde un muro, sobre todo porque hay mucha pesca ilegal”, cuenta Denia González, quien se ha dedicado a ese oficio desde los 14 años y ahora trabaja junto a Ledezma para adquirir nuevas capacidades que le permitan acceder a oportunidades alternativas.
Antes de 1974, los pescadores del Golfo de Nicoya solían hacerlo con una línea y dos anzuelos, según recuerda Ezequiel Álvarez, pescador con más de 60 años de experiencia y esposo de Ledezma. Pero todo cambió cuando la pesca con trasmallo alcanzó sus costas. No fue sino hasta 2005 cuando el Gobierno de Costa Rica publicó la actual Ley de Pesca y Acuicultura, que institucionalizó, entre otras, las vedas, el seguro obligatorio para todas las embarcaciones y el registro de pescadores y su equipamiento.
Todo eso, sin embargo, no detuvo el aumento de la demanda ni su inevitable impacto en el recurso. Por ello, en 2009, un grupo de Costa de Pájaros decidió crear una zona de pesca responsable para reducir el impacto pesquero en la zona. El Estado, a través del Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca), aprobó la idea y, en agosto de ese año, decretó de interés público estas áreas, así como el reglamento para su creación.
Conocidas legalmente como Áreas Marinas de Pesca Responsable (AMPR), son más que zonas de regulación pesquera: en sí mismas, representan una herramienta para soluciones basadas en la naturaleza y enfrentar la crisis climática actual. No solo delimitan el espacio de pesca, sino que también resguardan manglares y otros ecosistemas marino-costeros que almacenan grandes cantidades de carbono, y permiten la recuperación de las cadenas alimenticias dentro del mar.
A diferencia de otros países de la región, donde los pescadores carecen de alternativas productivas durante las temporadas de veda, en Costa Rica quienes están en regla reciben 300 dólares de subsidio.
Control y vigilancia
Para disfrutar de todos los beneficios que las AMPR ofrecen, lo más importante es que el Estado costarricense garantice que nadie ingrese ilegalmente a ellas. El ente designado para hacerlo es el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG), encargado de acciones de control y vigilancia. Para 2024, el presupuesto que se le asignó fue cerca de 300.000 dólares. En 2026, para tener una referencia, al Ministerio de Seguridad Pública se le otorgaron casi 685 millones de dólares, de los que 25 millones son para seguridad marítima (3,6 % del presupuesto total).
“Lamentablemente, aunque se les ve hacer sus rondas, no es suficiente para proteger estas áreas”, se lamenta Álvarez.
Tanto él como las mujeres de Costa de Pájaros coinciden en que esa falta de control y vigilancia ha permitido que se lleven a cabo actividades ilegales, como la encerrona de peces. Esta consiste en extender grandes redes que forman una jaula bajo el mar, con la capacidad de atrapar toneladas de individuos en pocas horas. “Con ese tipo de pesca, ellos pueden atrapar hasta 1.500 kilos en unas horas, mientras que una familia que está afuera toda la noche podría no atrapar nada”, se lamenta González.
En la costa, la presión no es menor. Ahí, mujeres como Giselle Campos se dedican a la extracción de moluscos, como la piangua (Anadara tuberculosa). Este tipo de actividad se ha visto afectado por el exceso de calor en el agua, lo que deteriora la salud de los manglares. “Están [los árboles] caídos y en los pocos que quedan, apenas hay pianguas. En otra época, con el bosque más poblado, sacábamos entre 300 y 400 diarias. Ahora, con suerte, 50”, se lamenta.
El efecto mariposa
Ledezma es una mujer activa. Además de ser una gran cocinera, lo que mejor se le da es contar sobre las posibles soluciones que hay para adaptarse de manera más eficiente a la realidad pesquera y climática actual. Lo hace en videos, reuniones presenciales, participación en congresos o, simplemente, en el calor de su mesa.
En la década de los 2000, a través de Mariposas del Golfo, impulsó la construcción del mariposario dedicado a la morfo azul con financiamiento del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y apoyo técnico de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Costa Rica. Pero la organización también desarrolla actividades de turismo rural comunitario, como recorridos de avistamiento de aves, visitas al ecosistema de manglar y experiencias de pesca responsable. En su sede, recibe voluntarios y ofrece hospedaje y alimentación. “Hay que fortalecer la autonomía económica de las mujeres mediante proyectos productivos. Ya no necesitamos iniciativas que solo nos den visibilidad”, afirma.
La relación de las mujeres del Golfo con el manglar es íntima y diaria. Campos, líder de la Asociación de Pescadores y Molusqueros del Pacífico, lo conoce de rodillas y con las manos en el lodo cuando extrae pianguas, almejas y ostras entre sus raíces. Para ella, el manglar es un jardín en el que se alimentan mutuamente; cuando algo cambia, lo nota enseguida.
En Isla Chira, la segunda más grande de Costa Rica, Liliana Martínez lo vive también. No solo la cantidad de conchas que extrae se ha reducido, sino que el impacto del calentamiento del mar ya es visible en este lugar. “Vemos cómo las semillas de manglar, que caen a la orilla, se cocinan por el calor de las aguas”, afirma. Tanto ella como Campos se lamentan: “Nadie nos ha dicho por qué ocurre esto”. A pesar de que la presencia de la academia, las ONG y el Estado no es escasa, el flujo bidireccional de información sí lo es.
Eso, sin embargo, no es un obstáculo para ellas. En Chira, las mujeres crearon un vivero al que cuidan con ahínco. A diario eligen el barro más seco que deja la marea por su riqueza en nutrientes. Lo embolsan para usarlo en el vivero. “El riego lo hacemos con agua recolectada de la marea alta y que se ha enfriado toda la noche. Lo hacemos así para no quemar a la planta”, comenta Martínez.
De vuelta en Costa de Pájaros, el grupo de Campos planta las semillas mientras limpia la costa de residuos plásticos y redes fantasma de pesca —estas se enredan en las raíces de los manglares, ahogándolos—. “Es un trabajo que nadie nos paga y lo hacemos porque alguien tiene que hacerlo. Y somos las mujeres quienes lo hacemos”, coinciden ambas.
¿Cuánto es necesario?
En Costa Rica, los fondos destinados a proyectos, como los que impulsan las mujeres del Golfo, provienen de distintas fuentes: el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC), universidades públicas, ONG nacionales y organismos internacionales. Cada una opera según sus propios requisitos, formularios y plazos. Acceder a esos recursos implica navegar por un entramado técnico y administrativo que, en muchos casos, recae sobre las propias comunidades.
Ledezma trabaja actualmente en conseguir financiamiento para crear un vivero de mangle rojo a partir de semillas germinadas en agua dulce durante sus primeras etapas. Como en anteriores ocasiones, es ella, junto a su equipo de mujeres, la que tiene que redactar la propuesta, elaborar presupuestos y postular a la convocatoria. Las fuentes de recursos existen, pero son ellas las que deben realizar el planteamiento técnico.
La gobernanza del Golfo de Nicoya no es un asunto local. Este territorio busca formar parte del Corredor Marino del Pacífico Este Tropical (CMAR), una red que conecta Costa Rica con Panamá, Colombia y Ecuador. La salud de miles de especies depende de decisiones que se toman en oficinas lejanas, pero también de manos que limpian raíces de mangle al amanecer.
En Costa de Pájaros, como en el resto de las comunidades costeras, hay que aprovechar las horas en que el calor no resulta sofocante. Ledezma riega las plantas del mariposario con la conciencia de que cada proyecto, cada semilla y cada visitante forman parte de una apuesta mayor por sostener la vida en el Golfo de Nicoya. “Trabajamos para devolverle algo de lo que nos ha dado y creemos que el turismo es una gran fuente para todos. Queremos un turismo que sepa que va a venir a ver nuestra lucha, pero también a ver y vivir la vida”, puntualiza.
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