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En colaboración conCAF
Mutilación genital
Opinión

Francia, activista indígena: “Nuestra cultura está en las danzas, no en la ablación”

La lideresa Francia Elena Giraldo honra a las mujeres afectadas por la mutilación femenina. “Mi abuela me pidió que protegiera a mis hermanitas. Y así lo hice”, narra

Francia Elena Giraldo Guasorna en Bogotá

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Me llamo Francia Elena Giraldo Guasorna. Soy indígena embera chamí y tengo 46 años. Nací y vivo en Pueblo Rico, Risaralda, en el Resguardo Indígena Embera Unificado. Aquí crío a mis hijos y nietos, y también ejerzo un cargo de liderazgo: soy la gobernadora de mi vereda, una de las pocas mujeres que ocupa este rol entre más de 40 territorios.

Mi vida no ha sido fácil. Fui desplazada junto a mi familia cuando tenía 12 años por causa del conflicto armado. Nos tocó dejarlo todo. Junto a mi hermana mayor, empecé a trabajar como empleada doméstica en Pereira, a más de cinco horas de distancia del resguardo. Pero nunca perdí el vínculo con mis raíces ni el deseo de aprender. Terminé el bachillerato gracias al apoyo de mi compañero de vida, y desde entonces he dedicado mis días a trabajar por mi comunidad.

Yo no soy sobreviviente de la ablación, pero sé muy bien lo que significa. Desde pequeña me hablaron de eso, aunque nadie lo nombraba directamente. Mi primer encuentro real con el tema fue cuando nació mi hermanita menor. Yo era la mayor, y me encargaba de cuidar a mi mamá en el puerperio. Mi abuela paterna, una mujer mestiza, me advirtió muchas veces: “Si ves que la partera se acerca a la niña o le quiere quitar la ropa, salís corriendo y me avisás”.

Un día le pregunté por qué tanta insistencia. Me respondió con crudeza: “Mija, es que los indígenas les cortan algo —el clítoris— a las niñas. Para nosotros eso no es normal, pero ellos dicen que es su cultura. Dicen que si no se les hace eso, crecen calientes, con muchos hombres”.

Ahí empecé a despertar. Mi abuela me habló sin tapujos sobre el procedimiento, sobre cómo lo hacían con cuchillas o clavos calientes. Me contó de las hemorragias, de las niñas que morían por infecciones y fiebre, y de cómo las enterraban en silencio. “Niña muerta, niña enterrada”. Fue ella quien me pidió que protegiera a mis hermanitas. Y así lo hice.

Desde entonces, estoy convencida de que esto no tiene nada que ver con nuestra cultura. Nuestra cultura verdadera está en nuestras danzas, nuestros tejidos, nuestra lengua. La ablación es otra cosa. Una práctica violenta que vino de afuera, de la colonización, aunque no sepamos exactamente si fueron los misioneros, los españoles o quienes trajeron esclavos. Pero vino de afuera.

Dentro de la comunidad, aún hay quienes creen que si a una niña no se le hace la ablación, va a ser promiscua, o que el clítoris le va a crecer como un pene. A mí me han preguntado varias veces si estoy “curada”, y cuando digo que no, se sorprenden. Me han dicho: “Pero cuando se pone jeans, no se le ve nada”. Esas ideas están tan metidas que muchas mujeres todavía tienen miedo de oponerse por lo que puedan decir los hombres.

En 2015, cuando la lideresa Eliza Queragama y el hoy alcalde Martin Siagama denunciaron públicamente la práctica, hubo represalias. Querían castigar a Eliza físicamente, detenerla. Los medios, en lugar de ayudar, salieron a decir que “las mujeres indígenas son asesinas”. Fue doloroso.

Pero también hemos encontrado aliadas. Cuando vienen enfermeras del hospital o universidades a dar charlas, la comunidad escucha más. Algunas mujeres incluso traducen del español al embera. Esas conversaciones abren puertas. Porque acá todavía hay niñas que son obligadas a casarse desde los 12 años, todavía hay parteras que continúan la práctica, y todavía hay zonas tan remotas que los proyectos no llegan.

No creo que la solución sea la cárcel. Meter presas a las parteras no va a cambiar nada. Lo que necesitamos es educación. Derechos de los niños, salud sexual y reproductiva, espacios de diálogo entre mujeres. Asambleas donde podamos hablar sin miedo. También necesitamos rescatar lo nuestro: nuestras danzas, nuestra ropa, nuestras formas de vivir con dignidad.

Yo apoyo la iniciativa de ley para prohibir la ablación, porque busca proteger a las niñas sin criminalizar a las mujeres. Las parteras no son enemigas. Necesitan herramientas, no castigos. Pero los proyectos no pueden quedarse donde llega el carro. Algunas veredas están a 12 horas a pie. Y esas niñas también tienen derecho a estar protegidas.

Yo no lo hago para que me aplaudan. Lo hago por mi gente. Por mis mujeres. Por el derecho a la vida. Las mujeres están pidiendo ayuda a gritos. No es a los hombres que les están cortando el pene. Es a nosotras a quienes nos están mutilando. Y todas las mujeres —negras, mestizas, indígenas— tenemos derecho a estar como fuimos creadas.

Sé que hablar puede traer consecuencias. Siento miedo. Pero también satisfacción. Porque muchas niñas ya murieron por esto. Y si yo puedo evitar que una más muera, entonces vale la pena.

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