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La ambición de Trump por el petróleo venezolano: una mala señal para la lucha climática

El país sudamericano tiene un crudo extrapesado que genera aún más emisiones durante su extracción, así como una infraestructura deficiente y más contaminante. Sin embargo, la llegada de nuevos actores la podría hacer más responsable

Petróleo Venezuela

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El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca fue una patada al tablero en la lucha contra el cambio climático. El presidente de Estados Unidos es abiertamente negacionista y, desde el día uno en el poder, ha hecho lo posible para desarmar las estructuras que buscan palear la crisis ambiental, incluyendo retirarse del Acuerdo de París y desmontar los centros dedicados a la ciencia. Tras la captura de Nicolás Maduro y su plan de controlar el petróleo de Venezuela, se volvió a sentir el temblor de su regreso entre científicos climáticos, expertos y ambientalistas. A nivel mundial, alrededor del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento global, vienen del gas, el carbón y el petróleo.

Lo que hizo Estados Unidos, señala Patrick Galey, jefe de investigaciones sobre combustibles fósiles de Global Witness, “es un saqueo imperialista de manual. Aparte de las violaciones legales y éticas de la administración Trump en Venezuela desde el 3 de enero, sus acciones tendrán implicaciones desmesuradas para nuestro clima cada vez más cálido”.

La incertidumbre no es solo por la cantidad de petróleo que tiene Venezuela, con el 17% de las reservas probadas a nivel mundial. Sino porque el crudo con potencial de ser explotado, ubicado en la Faja Petrolífera del Orinoco, es uno pesado y extrapesado que, al ser más complejo de procesar, no solo requiere más recursos, sino que genera más emisiones. Esta característica, además, es la razón por la que el petróleo venezolano debe llevarse a refinerías en la Costa del Golfo de Estados Unidos antes de ser utilizado como insumo energético.

Para noviembre de 2025, asegura Isabella Reimi de Argus Media, una plataforma especializada en analizar los mercados energéticos, el país sudamericano produjó 934.000 barriles de crudo por día, una cifra muy distante de lo que lograba en los años noventa, su época de mayor impulso, con 3,4 millones de barriles por día. Y aunque no se sabe cómo o en cuánto tiempo pretende Trump que Venezuela les entregue entre 30 millones y 50 millones de barriles, lo cierto es que no hay una infraestructura preparada para una explotación de recursos que pueda alcanzar, de nuevo, la gloria petrolera venezolana. “Para que el país exporte igual que en los noventa, se requiere mucha más inversión de la que, por ahora, está anunciada”, dice Reimi, refiriéndose a los 100.000 millones de dólares que, según Trump, están dispuestas a gastar las petroleras estadunidenses.

Pese a las dudas, algunos ejercicios, como el realizado por ClimatePartner junto a The Guardian, han buscado entender qué significa el nuevo contexto para el cambio climático. Si Venezuela aumenta su producción petrolera en 0,5 millones de barriles diarios para 2028, y les suma 1,58 millones diarios más entre 2035 y 2050, se consumiría el 13 % del presupuesto total de carbono restante para mantener el calentamiento global por debajo de 1.5 °C, el límite establecido para que la debacle ambiental no sea peor, y una de las metas del Acuerdo de París. Se trata de una cifra similar a las emisiones aportadas por la Unión Europea a lo largo de casi una década. En caso de que se explotara todo el petróleo venezolano —aunque haciendo la salvedad de que es una posibilidad casi nula—, sí se consumiría todo el presupuesto de carbono.

Derrames y metano

Los impactos del petróleo van más allá de sus emisiones. “En los últimos años han sido muy frecuentes los incidentes, explosiones y derrames de petróleo por parte de Petróleos de Venezuela (PDVSA), la empresa estatal que maneja la industria”, recuerda Reimi. Entre 2010 y 2016, último año en el que PDVSA dejó de hacer los reportes, hubo más de 46.000 derrames de petróleo, según un cálculo realizado por la ONG Provea.

A esto se suma que la industria de crudo actual sigue quemando gas, sin recogerlo o reutilizarlos. En otras palabras, emiten una cantidad enorme de metano, un gas de efecto invernadero que, a corto plazo, atrapa hasta 80 veces más calor en la atmósfera que el dióxido de carbono. El año pasado un estudio publicado en Atmospheric Chemistry and Physics (ACP), posicionó a Venezuela como el país sudamericano con más proporción de metano emitido por unidad de gas y petróleo como consecuencia de su deteriorada infraestructura.

Y es que el abandono de las instalaciones es otro reto a nivel ambiental y económico. “Venezuela tiene mucho petróleo, pero también tiene una infraestructura petrolera obsoleta que sufre de un mantenimiento deficiente crónico y que emite cantidades sorprendentes de gases de efecto invernadero”, dice Galey. “Esto significa que cualquier aumento significativo en la producción petrolera venezolana —que solo puede ocurrir si Estados Unidos invierte decenas de miles de millones de dólares en cosas como reparaciones y reemplazos de equipos— empeorará la contribución de Estados Unidos al calentamiento global. Y Estados Unidos ya era el mayor contaminador de la historia”.

Pero la llegada de empresas petroleras que son más transparentes en sus datos, privadas y con tecnología actualizada también puede significar una explotación más responsable dentro de lo que cabe en la industria. “Hay un escenario en el que empresas cotizadas en la bolsa tengan inversores que las presionen a reducir su huella ambiental, así serán más responsabilidad en sus operaciones para evitar estos incidentes”, añade Reimi.

En tiempos de crisis climática, parecería una paradoja ver a un país caer en dinámicas imperialistas en busca, precisamente, del petróleo. Una señal suicida. Sin embargo, como lo explica el doctor Luca Ferrari, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), también deja claro que “el futuro de la región no reside en seguir impulsando el extractivismo para un sistema global en crisis, sino en forjar una transición energética soberana y justa que priorice el bienestar de sus pueblos, respetando los límites del planeta”.

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Sobre la firma

María Mónica Monsalve S.
Periodista de América Futura en Bogotá, Colombia. Antes trabajó en El Espectador. En 2020 fue ganadora del Premio Simón Bolívar por mejor reportaje. Máster en Cambio Climático, Desarrollo Sostenible y Políticas de la Universidad de Sussex (Reino Unido).
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