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La industria del ‘fracking’ estadounidense, vulnerable a la entrada de crudo venezolano al mercado global

El motor del boom que convirtió a EE UU en el mayor productor de petróleo a nivel mundial podría ver como sus estrechos márgenes dejan de ser rentables ante un aumento en la oferta

Planta de Atlas Energy, en Kermit, Texas, el 26 de febrero de 2025.

Donald Trump ha vendido sin velos la operación en Venezuela iniciada con la captura de Nicolás Maduro y su esposa como una forma de tomar el control de la industria petrolera del país, que cuenta con las mayores reservas de crudo del mundo, estimadas en un 17% del total global. El presidente ha asegurado que las empresas ganarán miles de millones explotando y vendiendo ese petróleo. También ha apuntado que eso bajará los precios de energía y gasolina para los estadounidenses. No obstante, esos supuestos beneficios basados en inundar el mercado global de petróleo venezolano, vendido por empresas estadounidenses, amenaza a la industria nacional del fracking, que ha sido el motor del boom que convirtió a Estados Unidos en el mayor productor de petróleo a nivel mundial. Pero que, a día de hoy, con los precios bajos del petróleo y con costes de operación en aumento, trabaja con márgenes muy ajustados.

El viernes pasado, Trump se reunió en la Casa Blanca con altos ejecutivos de las mayores petroleras del mundo, la mayoría estadounidenses, para intentar establecer una hoja de ruta hacia la inversión que se necesita para restablecer la producción de crudo en Venezuela. Mientras que el presidente aseguró que las empresas inyectarían 100.000 millones de dólares para revivir la industria venezolana, las respuestas de los ejecutivos fue mucho más templada. El consejero delegado de ExxonMobil, Darren Woods, desestimó los planes de Trump. Comentó que era imposible invertir en Venezuela sin cambios legislativos y garantías a largo plazo.

El escepticismo también toma forma por el supuesto impacto sobre la rentabilidad de la industria petrolera estadounidense, dominada desde hace unos 15 años por el fracking hidráulico. Esta técnica consiste en la extracción de gas natural y petróleo mediante la fractura de roca del subsuelo mediante agua a presión muy alta para liberarlos. La actividad ha sido prohibida en algunos países por su gran impacto medioambiental. El presidente ha dicho que quiere que el precio del barril de petróleo baje hasta alrededor de los 50 dólares. De lograrlo, sería una condena para los productores nacionales, especialmente en el oeste de Texas, en lo que se conoce como la Cuenca Pérmica, el yacimiento petrolífero más productivo de Estados Unidos, con una producción media de 4,2 millones de barriles de crudo al día.

Mientras la industria estadounidense está bombeando más petróleo que nunca con una producción récord, la oferta actual está a un paso de superar la demanda y los precios están en sus niveles más bajos en cinco años —alrededor de 55 dólares, muy lejos del pico de más de 100 dólares el barril—. Así que la posibilidad de que bajen aún más y se instalen en esos niveles durante una larga temporada amenaza la rentabilidad de los productores responsables de hacer que Estados Unidos pasara de producir unos cinco millones de barriles diarios antes de 2010, a unos 13 millones de barriles en la actualidad.

Un informe de la Reserva Federal de Dallas recoge una encuesta a ejecutivos de 83 empresas de exploración y producción que señalan que, en promedio, necesitan un precio de 41 dólares por barril solo para cubrir gastos. Y de 65 dólares para que los nuevos yacimientos sean rentables. No obstante, otro estudio de la firma especializada en inversiones petroleras en Texas, Domestic Drilling and Operating, estima que los precios necesarios para alcanzar el umbral de rentabilidad son más elevados y seguirán en aumento a medida que los pozos más fáciles de explotar se agotan. Según sus cálculos, el precio medio de equilibrio para los nuevos pozos se sitúa alrededor de 70 dólares por barril, pero para 2035 podría subir hasta los 95 dólares.

Teniendo en cuenta estas cifras, el plan de Trump de reducir el precio a 50 dólares por barril sería devastador para un sector que emplea directamente a cerca de 500.000 personas solo en Texas y aporta un 10% del PIB del Estado. No obstante, hasta ahora las voces del sector se han mantenido en un silencio cauteloso, por lo menos en público, a la espera de avances concretos.

Algunos analistas y expertos señalan que más allá de ganar dinero para las grandes petroleras o bajar el precio de la gasolina —algo que Trump busca con motivaciones electorales en medio de una crisis del coste de la vida que no da tregua— el control del petróleo venezolano también tiene motivaciones geopolíticas a largo plazo. Si el fracking permitió a Estados Unidos convertirse inesperadamente en autosuficiente en materia energética, lo cual lo protegió de los grandes aumentos de precio en la energía que sacudieron Europa tras la invasión rusa de Ucrania, hacerse con el crudo de Venezuela le garantizaría el suministro a largo plazo. Se asegura una fuente constante de petróleo durante décadas, algo que los yacimientos texanos no pueden garantizar.

Además, el crudo que produce Venezuela es muy pesado, viscoso y particularmente difícil de procesar, pero las refinerías estadounidenses en el Golfo de México son de las pocas equipadas específicamente para ello. Construidas hace décadas, cuando el petróleo venezolano fluía libremente hacia ellas, ahora están en una ventaja enorme frente a sus competidores. Desde que Maduro fue capturado, las empresas que operan allí, en la zona petrolera del Golfo, han visto como sus acciones han subido fuertemente.

Por ahora las empresas de fracking están a la expectativa. Las investigaciones sobre el mercado petrolero realizadas por varias firmas coinciden en su estimación de que la producción de crudo de Venezuela podría aumentar un 50% en uno o dos años, hasta alcanzar aproximadamente los 1,5 millones de barriles diarios, y con una inversión relativamente mínima. Sin embargo, ese medio millón de barriles adicionales diarios representaría menos del 0,5% del suministro mundial de petróleo, lo que inicialmente no afectaría demasiado a los precios. Cualquier aumento adicional de la producción, para alcanzar los 3,5 millones de barriles que Venezuela producía en los setenta, requeriría una inversión milmillonaria. Las empresas exigirán antes sólidas garantías legales y de seguridad, lo que, por ahora, en medio de la profunda incertidumbre política que vive Venezuela, no parece viable.

Aun así, la empresa estatal de energía venezolana, PDVSA, ha comenzado a revertir este martes los recortes de producción de petróleo que inició tras el embargo petrolero de EE UU. Y también ha zarpado de la costa venezolana un tercer petrolero, después de los dos que salieron el lunes con aproximadamente 1,8 millones de barriles de crudo cada uno, los primeros envíos de un acuerdo de suministro de 50 millones de barriles entre Caracas y Washington para reactivar las exportaciones.

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Sobre la firma

Nicholas Dale Leal
Periodista colombo-británico en EL PAÍS América desde 2022. Máster de periodismo por la Escuela UAM-EL PAÍS, donde cubrió la información de Madrid y Deportes. Tras pasar por la Redacción de Colombia y formar parte del equipo que produce la versión en inglés, es editor y redactor fundador de EL PAÍS US, la edición del diario para Estados Unidos.
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