Incendios en la Patagonia: otra prueba de cómo un clima extremo acelera el avance del fuego
Las condiciones más secas permiten que las llamas se muevan muy rápido y sean de difícil combate. Árboles como los alerces, que viven más de mil años, pierden su capacidad de adaptarse

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Hernán Mondino no logra borrar de la retina de la memoria la imagen de la ladera ardiendo. El Parque Nacional Los Alerces, en la Patagonia andina norte argentina, se incendiaba ante sus ojos. “Vi un torbellino de humo formarse, había oleajes en el lago. Todo era impresionante y a una velocidad que nunca antes había visto”, dice el brigadista de 41 años, mientras camina con la mirada clavada en lo alto, atenta a detectar cualquier foco de fuego que lo obligue a reactivarse junto a sus más de 70 compañeros.
Desde el 9 de diciembre, una serie de incendios forestales iniciados por rayos durante tormentas eléctricas afecta a la Patagonia norte argentina. Los focos se expandieron a las provincias de Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz, y ya arrasaron más de 25.000 hectáreas, según cifras oficiales, un tamaño un poco más grande de lo que abarca todo Buenos Aires. El impacto más grave se concentra en Chubut, donde el fuego consumió al menos 22.000 hectáreas y continúa activo dentro del Parque Nacional Los Alerces, donde trabaja Mondino.
“El fuego vuela”, describe. En uno de los episodios más extremos, el incendio llegó a recorrer 25 kilómetros en un solo día. Esa aceleración está directamente vinculada al cambio climático, que modifica el régimen del fuego en la región. Según Thomas Kitzberger, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y especialista en ecología de bosques andino-patagónicos, “estamos teniendo sequías más prolongadas, inviernos con mucha menos nieve, temperaturas más altas y una mayor frecuencia de tormentas eléctricas. Todo eso genera condiciones mucho más propicias para incendios grandes”.

Kitzberger analiza, estudia y hace cálculos. Trabaja con modelos climáticos desarrollados por climatólogos, incluidos los del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), que proyectan distintos escenarios futuros de temperatura y precipitaciones. “Nosotros lo que hacemos es proyectar esos escenarios climáticos en la región y preguntarle al modelo cuánto fuego va a haber”, explica. Bajo un escenario plausible de aumento de 2 °C en la temperatura global promedio para finales de siglo, la probabilidad de incendios se cuadruplicaría en la Patagonia norte.
Las jornadas de los brigadistas se extienden cada vez más. Mondino se fue a descansar a las 3 de la madrugada y volvió a activarse pocas horas después: el fuego ya no da tregua. Ese cambio también está ligado a la complejidad del escenario climático. Décadas atrás, cuando predominaban condiciones más húmedas y frescas, los incendios solían ser más pequeños y manejables. Hoy, en cambio, son más agresivos y veloces. “Las temperaturas nocturnas son más altas, los vientos no amainan de noche y estos fuegos continúan su actividad. Cuando trazamos una línea del área quemada anual de los últimos 50 años, vemos una tendencia cada vez más creciente”, resume Kitzberger.
Lo que se pierde con el fuego
En un mapa interactivo de imágenes satelitales del programa Copernicus, los puntos rojos muestran cómo el fuego pasó de un foco mínimo a una expansión continua sobre un mosaico de terreno y especies —alerces milenarios, coihues, lengas, cipreses y ñires— que sostienen el equilibrio ecológico del bosque andino-patagónico. “Si se queman los alerces (Fitzroya cupressoides), estamos perdiendo historia”, advierte Javier Grosfeld, biólogo y exdirector regional de Conservación de Parques Nacionales en Patagonia Norte, que ha estudiado estos árboles durante años. Al nombrarlos, transmite no solo información, sino también emoción.

“Entrar a un bosque de alerces es como entrar a una catedral”, sintetiza. Son árboles, formaciones compuestas por individuos milenarios, de una escala y una presencia que imponen silencio y respeto. Los alerces pueden vivir hasta mil años y superar los 40 metros de altura, distribuidos como individuos únicos dentro del bosque, con un rol ecológico irremplazable.
Esa longevidad los vuelve altamente resistentes a condiciones extremas de relieve y suelo, siempre que se mantenga la humedad que caracteriza a estos ambientes. En ese marco, los alerces maduros pueden resistir incendios de baja intensidad: tienen copas altas y desarrollan cortezas muy gruesas, de 10 a 15 centímetros, lo que los hace térmicamente aislantes, de modo que el fuego puede pasar muy cerquita sin dañarlos gravemente. Esa resistencia queda registrada en el propio tronco: se forma una especie de cicatriz y, con el tiempo, el árbol empieza a cerrar ese daño. “Como cada año se produce un anillo, uno puede datar perfectamente cuándo ocurrió un incendio a partir de esas cicatrices”, explica Grosfeld.
Pero esa resistencia tiene un límite. Según explica Kitzberger, cada especie del bosque andino-patagónico está adaptada a tolerar incendios solo dentro de un determinado intervalo temporal entre incendios. “Cada especie tiene la capacidad de tolerar una determinada frecuencia de incendios”, señala. Cuando el fuego vuelve con mayor frecuencia que la que esos bosques pueden soportar, los árboles no alcanzan a crecer ni a reproducirse, los ciclos de regeneración se interrumpen y la persistencia del bosque, por ejemplo, el alerzal, comienza a quedar comprometida.

En el extremo opuesto aparecen las lengas (Nothofagus pumilio), árboles nativos de altura que cubren gran parte de la Patagonia andina argentina, desde Neuquén y Río Negro hasta Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Crecen por encima de los mil metros, en ambientes históricamente fríos y húmedos. Bajo climas normales, el fuego no lograba avanzar sobre los lengales: su alto contenido de humedad frenaba los incendios. Pero ese equilibrio cambió con el cambio climático. Hoy muchos incendios entran en los lengales y la lenga —con cortezas muy delgadas—, y no logran sobrevivir ni regenerarse. El impacto queda visible en el paisaje como “mordeduras”: sectores donde el bosque fue quemado y ya no vuelve a cerrarse. “Bajo cambio climático y aumento de la cantidad de incendios, la lenga es la gran perdedora”, resume Kitzberger.
Políticas y acción comunitaria
Más allá del combate directo del fuego, especialistas, brigadistas, activistas y vecinos coinciden en que el mayor desafío está en cómo se gestionan las políticas públicas y la acción comunitaria para prevenir los incendios. En Argentina, la respuesta sigue concentrada casi exclusivamente en apagar el fuego, mientras la prevención, la planificación y la coordinación avanzan con mucha más lentitud. “Los organismos de combate logran apagar casi todos los focos a tiempo, pero cuando alguno se escapa, aparecen las tragedias”, señala Grosfeld. Los rayos no se pueden evitar, pero muchas otras causas sí.

La prevención hecha política, concientización y práctica ciudadana puede avanzar hacia una silvicultura de la prevención que permita, por ejemplo, retirar material vegetal inflamable y aprovecharlo para calefacción con pellets o leña durante los inviernos patagónicos. “Nunca hicimos esto a gran escala en Argentina, pero si no empezamos, no lo vamos a hacer”, resume.
En ese mismo sentido, Kitzberger pone también el foco en la gestión de la biomasa vegetal —viva y muerta— que se acumula en bosques y zonas habitadas y que, si no se maneja, alimenta incendios cada vez más intensos. El problema no es solo ambiental. “Sucede que los cambios ecológicos están ocurriendo más rápido que los sociales y eso es lo que está produciendo problemas”, dice el científico. Parte de la prevención, subraya, pasa por comprender cómo el fuego se propaga en la vida cotidiana, incluso a escala doméstica: la continuidad de la vegetación puede permitir que el incendio alcance las viviendas. Mondino lo resume desde el territorio y al final de su jornada: “No se trata solo de cuidar la naturaleza, sino también de cuidarnos entre nosotros. En definitiva, es sostener la casa de todos”.
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