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‘Son de la Selva’: rap indígena murui en la triple frontera amazónica

Un grupo de seis jóvenes veinteañeros componen y rapean en su lengua y en español sobre la historia de sus pueblos. Hacen parte de una comunidad de Leticia, Colombia

Héctor Morales, Julio César Piñeros y Jhony Flores del grupo Son de Selva, en Leticia, en julio de 2025.Andrés Cardona (Visit Projects)

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Preocupado por las repercusiones de su proyecto musical en la comunidad, Héctor Morales le preguntó a una de las abuelas si era correcto lo que él y sus amigos estaban haciendo. Eso de rapear en murui, la lengua del padre creador y de los ancestros. “Si los mismos pájaros se ponen creativos e imitan el canto de otras aves —le respondió la mujer—, ¿por qué los humanos tendrían que limitarse de cantar lo que les gusta?”. Entonces el joven se tranquilizó: Son de la Selva, el grupo de rap que habían formado con otros cinco chicos de la comunidad murui en el kilómetro 11 en Leticia, en la Amazonia colombiana y en la triple frontera, no era un disparate. Tampoco era una afrenta a las tradiciones de su pueblo.

“Eso corre por nuestra sangre, por naturaleza el murui canta”, dice Morales, de 22 años y también conocido como HM, sobre uno de los pueblos indígenas que vive en la Amazonia peruana y colombiana. El rap en lenguas indígenas existe desde hace mucho. Pero un grupo de seis veinteañeros que hacen rap en una lengua indígena amazónica, en una comunidad que está en una de las principales ciudades de la frontera, es más o menos una anomalía. O al menos lo es del lado colombiano.

HM, Totty, Parrot, Yova, Sonjack y AVJ Checo actúan en eventos y celebraciones de comunidades indígenas y también en el centro de Leticia. Dicen que no lo hacen por dinero ni por fama, sino por un fin menos ansiado que el de la marca personal y la viralidad: el poder de la música para liberar a la gente.

Hasta ahora, llevan seis temas y otros cuatro están por ser concluidos. El más reciente, MARE UAI o La buena palabra, trata sobre la época del caucho para el pueblo murui, uno de los más afectados por la masacre. También va de su sobrevivencia y redención. “Sistema perverso, asesinó y maltrató a nuestra gente / desde el más inocente / Resina por vidas / Narrar nuestra historia para no olvidar y saber sanar”, dice una parte de la letra.

Es su canción más “ambiciosa” hasta el momento: contó con la producción de Vist Projects y la colaboración del MC (maestro de ceremonias) colombiano Mismo Perro. El videoclip los muestra atravesando el bosque amazónico, cosechando hojas de coca para preparar el mambe y tocando instrumentos musicales ancestrales como el maguaré. “No queremos hacer rap, que es revolución artística popular, sino ‘rac’: revolución artística cultural”, explica Morales. Aunque el camino para lograrlo está empedrado de impedimentos.

Un rap que cuenta dolencias

El primero fue Giovany Morales, Yova. Mientras estudiaba en el colegio, escuchó rap por vez primera de la voz de Laberinto ELC, grupo de Medellín. “Yo había escuchado muchas canciones sobre que te vas a la luna, a las estrellas, pero él contaba su sufrimiento”, dice Yova parado fuera de su casa, en la comunidad murui del kilómetro 11, en el Patio de Ciencia Dulce.

Yova fue el pionero que presentó ese género musical a su hermano Héctor Morales, al primo de ambos, José Vázquez o Totty, y a sus demás amigos murui. “Jackson, Héctor y Totty eran niñitos”, dice el mayor de los Morales, de 29 años. “Yo les dije a ellos: ‘Muchachos, cuenten su dolor, sus dolencias’. Y empezó el proceso”.

A unos metros, Totty explica que no solo conoció el rap por su primo, sino también porque era un niño “curioso” y “bien necio”. En sus épocas de chiquillo descarrilado, cuando andaba encerrado en las cabinas de internet, escuchaba “pura música que alocaba”. Hasta que encontró al rapero español Porta. “Antes de que el grupo [Son de la Selva] cantara, yo me tatué unas frases que van alusivas a lo que hacemos”, dice Vázquez, de 25 años, mostrando uno de sus brazos donde se lee en tinta negra “Rap, hip hop, dance”.

Son de la Selva se formó en plena pandemia de la covid-19, cuando los vecinos de Leticia y del Patio de Ciencia Dulce estaban retraídos en sus localidades. Los muchachos que crecieron juntos se reunieron y decidieron crear algo distinto a lo que conocían, una revolución musical para su comunidad. Pero para eso, sabían que debían pedir consejo a los más grandes.

Rapear y mambear

Desde el interior de una de las cabañas del Patio de Ciencia Dulce, Daniel Vargas o Parrot, otro de los integrantes de Son de la Selva, cuenta que su forma de hacer rap la aprendió como los murui aprenden sobre los asuntos importantes de la vida: mambeando.

El mambe es el polvo obtenido a partir de las hojas de coca tostadas y molidas con cenizas de yarumo. Es una preparación ancestral en la cultura murui que se emplea en rituales, como medicina y para la reflexión entre compañeros.

Un mambeadero —dice Parrot, de 25 años— es un lugar en donde se intercambia el mambe y se conversa. “Se comparte la tradición, la palabra del padre creador que nos la dejó en estos elementos, el tabaco y la coca”.

“Somos cantantes indígenas que tenemos nuestra propia chagra, nuestra siembra de mambe”, había dicho días antes Héctor Morales o HM. “Siendo murui debes preguntar si saben hacer su propio mambe, murui que se respeta hace su propia medicina”. Los de Son de la Selva son raperos porque son murui y son murui porque mambean.

El mambe, el mambeo, los mambeaderos llevan, indefectiblemente, donde “los abuelos”. Es decir, las personas de mayor edad de las comunidades, las más enteradas y sabias. Hacia ellos fueron HM, Yova, Totty, Parrot, Sonjack y AVJ Checo para pedirles permiso para rapear en murui. No fuera a ser que lo consideraran demasiado transgresor, hasta ofensivo. Pero los abuelos no se opusieron a la novedad.

“Me gusta escuchar lo que cantan ellos. Me gusta porque ellos cantan puro lo de la selva, nombran al ingrediente natural, nombran el mambe”, dice Tomasa Morales, una de las abuelas murui del Patio de Ciencia Dulce, y abuela sanguínea de Héctor y Giovany Morales. “En su rapeada yo escucho que nombran todo en el idioma”.

Los chicos de Son de la Selva también fueron donde los abuelos para escuchar sobre la historia murui y para aprender su lengua, un conocimiento que a la mayoría de ellos les había sido negado por sus familiares cuando eran niños, por temor a la discriminación y el rechazo. “Los abuelos ya se están yendo, hay que aprovecharlos”, dice Vargas sobre la urgencia de preservar la tradición y la memoria murui. A fin de cuentas, el grupo de raperos está pensando en más que ellos, sino igualmente en los más jóvenes que vienen por detrás.

La buena palabra sobre el caucho

Algo habían oído. Desde pequeños, escucharon que ellos, los murui, no habían nacido en ese territorio, que eran huérfanos y llegaron hasta allí huyendo de la barbarie. La masacre, el exterminio indígena amazónico por la explotación del caucho, los dispersó. Entonces quisieron rapear sobre esa época de dolor y tristeza. Hacer una canción que recordara la tragedia de sus antepasados, pero también su recuperación.

“Los abuelos nos asesoraron: ‘ojo con las palabras que pueden herir, despertar cosas que tal vez no comprenda uno’”, cuenta Totty. “Son cosas tapadas que ya han dolido mucho, y si alguien lo va a abrir es porque sabe cómo cerrarlo”.

En medio de esos planes se cruzaron con la gente de la fundación de narrativas visuales Vist Projects. Juntos —y con el MC Mismo Perro— emprendieron un trabajo de varios meses de investigación, composición, y producción para MARE UAI. El tema, explica Héctor Morales, está dividido en seis partes: tranquilidad, primer pacto, perjuicio, resiliencia, resistencia y sanación. Cada una compuesta e interpretada por un integrante de Son de la Selva.

El beat se oye intervenido por tamborileos de manguaré, cantos de aves y esa especie de suave tintineo característico del bosque amazónico. Hacia el final, AVJ Checo canta: “En las hojas vive nuestra sanación / de la vida / cada hoja representa saberes para el ser / sembrar nuevas semillas pa’ que crezcan al pensar”. Esas son las palabras que Son de la Selva ha elegido para cerrar los tiempos sombríos y para abrir un destino en el que asoma la luz.

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