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Andrés Orozco-Estrada, músico: “Interactuar con una orquesta es como conocer a una persona”

El director de orquesta colombiano más reconocido internacionalmente será, desde agosto, el primer director latinoamericano de la prestigiosa Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca

Andrés Orozco-Estrada.Werner Kmetitsch

Los ojos de Andrés Orozco-Estrada (Medellín, 48 años), ¿son grises, verdes o miel? Son grandes, expresivos, muy brillantes. Se ven cansados: es sábado en la tarde, no ha comido nada y acaba de salir de ensayo con la Orquesta Gürzenichde la ciudad de Colonia, Alemania, de la que es director musical y de ópera desde el otoño de 2025.

Formado en Viena y residente nacionalizado en Austria desde hace casi 30 años, Orozco-Estrada es el director de orquesta colombiano más reconocido internacionalmente. Ha sido director titular e invitado en varias orquestas de todo el mundo. En 2023 fue el primero en debutar en el Teatro alla Scala de Milán y desde ese mismo año, y hasta el próximo junio, dirige la Orchestra Sinfonica Nazionale della RAI. La Gürzenich dijo que, con él, Colonia “ganaba a un músico excepcional e innovador”, además de “un comunicador que cautiva con su energía, elegancia y espíritu”. Es una orquesta tradicional, de gran raigambre entre los coloneses, que se sienten orgullosos de ella y la siguen sin importar qué programe. “Lo más bonito”, dice el colombiano en conversación con EL PAÍS, “es que en Colonia la gente es más abierta que en el resto de Alemania. Hay algo muy ‘latino’ aquí, por decirlo de alguna manera. Aprovecho todo lo que puedo esa combinación entre lo estructurado y las ganas de reír”.

En octubre fue nombrado director titular de la Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca por las tres temporadas (2026-2029) que comenzarán en agosto. Estos 1 y 2 de abril da en Estocolmo dos conciertos en los que se anunciará públicamente el nombramiento. A Orozco-Estrada le han precedido allí directores de la talla de Sergiu Celibidache, Esa-Pekka Salonen, Herbert Blomstedt y Daniel Harding, que entrega el cargo después de 19 años. Será el primer latinoamericano en dirigir esa orquesta, una de las mejores del mundo.

Ya estuvo allí como invitado hace cerca de 15 años. Entre varias idas y venidas, le ofrecieron ser titular y aceptó. “Es una oportunidad más de seguir descubriendo, aprendiendo y compartiendo”. El director ha dicho que la agrupación es abierta, honesta, llena de energía; la orquesta, por su parte, ha dicho de él que trae brillo, calidez y un fuerte deseo de hacer que la música sea asequible a más personas. “Los suecos tienen mucho sentido del humor, aunque parezcan fríos, y con ellos todo funciona muy bien. Más allá de lo técnico, es una orquesta con la que tengo química”, dice. “Es estable y ofrece la posibilidad de crear cosas a a largo plazo. Eso es importante, teniendo en cuenta que hoy en día todo se acaba muy rápido”.

Para Orozco-Estrada es importante ese equilibrio entre la rigurosidad técnica y el placer artístico. Es profundamente apasionado, emotivo, cálido. No extraña que se sienta tan cómodo en Colonia y en Estocolmo. Emana pura energía y alegría; pero también es disciplinado, serio. “En tantos años ejerciendo esta profesión, he entendido que interactuar con una orquesta es como interactuar con una persona: dependiendo de lo que te ofrezca, se genera un vínculo. Tengo claro lo que imagino, pero dependo de lo que la orquesta me dé. Es a partir de la interacción que se puede construir, y eso requiere que ambas partes se abran y aporten. Lo que me interesa, desde un punto de vista emocional, es que la música se humanice, que salga de la burbuja, que entre en contacto con el mundo. Desde el punto de vista técnico, aporto mucha precisión, me interesa que las cosas estén en su lugar. Ya veremos cómo sale, yo soy muy ambicioso, soñadory bastante romántico. Si no fuera así, no haría lo que hago con tantas ganas e intensidad”.

Con cinco años, ingresó al Instituto Musical Diego Echavarría de Medellín, una institución pedagógica excepcional donde niños y jóvenes estudian primaria y bachillerato con un énfasis en música de muy alta calidad, en un ambiente de afecto y disciplina. Allí aprendió a tocar el violín, cantaba en el coro, tocaba en la orquesta y descubrió su vocación. “Era un gran líder, comprensivo y generoso”, recuerda su condiscípulo, el escritor y crítico de cine Samuel Castro. “Tenía mucha claridad sobre cómo quería que sonara la música, y sonreía siempre”.

Cecilia Espinosa, profesora de ambos y pionera entre las mujeres directoras, dice que “tenía un no sé qué”. Fue su mentora. Se fijó en su talento precoz para la dirección y se la delegó varias veces. La oportunidad definitiva llegó cuando Andrés tenía 15 años: durante un encuentro nacional de orquestas juveniles de Batuta, el proyecto estatal de formación musical para niños y jóvenes, Espinosa enfermó: “Te toca dirigir”, le dijo. Él aceptó, seguro de sí mismo y con el corazón saltando.

Orozco-Estrada reconoce que el colegio fue determinante: “sin el Diego Echavarría, tú y yo no estaríamos hablando”, dice. Inés Giraldo, la estricta rectora, lo recuerda curioso, inquieto, persuasivo. Espinosa añade que tiene una técnica impecable, es un gran comunicador, con mucha entrega corporal. Tanto Castro como Giraldo dicen que lo de sonreír mientras dirige, aparte de ser espontáneo, puede haberlo aprendido de Espinosa: “sonrío mucho, me gusta compartir mi alegría”, dice Orozco-Estrada. “Juego mucho con mis raíces colombianas; pero me ha pasado que a veces las orquestas no saben qué hacer con esa alegría, me miran como pensando ‘¿cuántos cafés se tomó?’. Les sorprende, pero han aprendido a apreciarlo”.

Nació en una familia trabajadora. Su madre, Nora, se hizo cargo de él sola, como muchas mujeres colombianas y latinoamericanas. Ha sido su principal impulsora y un ejemplo de persistencia. Andrés unió sus apellidos con un guion para que el de ella estuviera siempre presente, como agradecimiento. La vida no fue fácil. Sufrieron estrecheces económicas y vivían en Manrique, uno de los barrios más difíciles de Medellín durante los años ochenta y noventa, especialmente cruentos por la violencia desatada por el narcotráfico. Desde entonces, Andrés teme a las riñas y a los escándalos; los sonidos fuertes lo sobresaltan porque, además de un oído agudo, tiene una sensibilidad finísima.

“No estoy contando nada que el 80% o 90% de los colombianos, lamentablemente, no hayamos vivido. Eso crea temores, inseguridades. Cuando llegas a un país como Austria, te das cuenta de que existe otra manera de vivir. Muchas cosas que para nosotros serían privilegios, en Europa son absolutamente normales; por ejemplo, el poder salir tranquilo a la calle. Recuerdo que recién llegado a Viena, cada vez que salía de la estación del metro miraba constantemente hacia atrás a ver quién caminaba detrás de mí. Nadie lo entiende si no tiene una historia como la nuestra”.

Al graduarse del colegio, se mudó a Bogotá con algunos compañeros, incluido su primo, el violinista Juan Carlos Higuita. Con becas y préstamos estudiaron Música en la Universidad Javeriana. Decidieron irse a Viena antes de finalizar; luego cada uno siguió su camino. “A los 17 años tenía todo clarísimo. Bogotá fue una linda experiencia, pero hubiera preferido irme a Viena directamente. Soñaba algo e inmediatamente creaba una estrategia, me imaginaba el camino. Eso es importante porque no importa cuánto talento tengas: si a los sueños no les pones cierta infraestructura, no llegas o tardas más, porque te falta dirección”.

Dirigir es su vida. “Por supuesto que mi madre, mi esposa y mis hijos, son importantísimos; pero vivo para dirigir. Es a lo que he decidido dedicar el 90% de mi tiempo. Me ha dado cosas muy lindas, aunque es una profesión difícil”. Le gusta que el público entienda, por eso hace algo inusual: si puede, explica el programa antes del concierto. “El objetivo no es que a todo el mundo le guste la música clásica, sino que tenga acceso; pero cada uno debe decidir y poner algo de su parte”.

En 2027 cumplirá 50 años. Ya está al nivel de los mejores directores de orquesta del mundo. ¿Qué metas tiene?: “Es una muy buena pregunta, pero no sé contestarla. Siento que estoy entrando en la recta final; pero no como algo fatalista: empiezo una época de mucha madurez artística y personal”. Es consciente de que, actualmente, las orquestas nombran directores más jóvenes. Ambiciona llegar a aquellas con un nivel igual o superior a las que ya ha dirigido. ¿Sueña con la Filarmónica de Berlín o la de Viena? ¿Alguna otra? No quiere decirlo, por temor a que no pase. “Prefiero ir paso a paso; pero quiero una orquesta que tenga un cierto grado de humildad, que para mí está muy ligada al respeto. No llevo bien la lucha de egos. Resistiría porque tengo la piel gruesa y doy todo de mí; pero no sería feliz”.

“¿De qué color son sus ojos?”, le pregunto. No pude dilucidarlo durante la entrevista. “No sé”, responde. “Mi esposa dice que cambian con la luz y la emoción”.

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