La falta de sueño, ¿una nueva forma de injusticia social?
No son solo las consecuencias que tiene en la salud individual y pública, sino en validar o convivir con un sistema que perpetúa esquemas que solo benefician a algunas personas

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Mucho se habla sobre la epidemia de insomnio del mundo occidental que tiene al 40% de la población padeciéndolo y a otro tanto durmiendo menos horas de las necesarias. La falta crónica de sueño a la que la modernidad nos ha acostumbrado, con la tecnología, la sobrecarga de trabajo e inequidad económica mediante, se ha vuelto un problema, sobre todo después de la pandemia del coronavirus.
“Vivimos en una crisis de sueño, en donde buena parte de la población no alcanza el mínimo de horas de sueño nocturno recomendadas (sobre todo, adolescentes y adultos), o bien no encuentra la calidad de sueño que sea verdaderamente reparador. Es un problema global, cuyas consecuencias son múltiples: obviamente, la privación de sueño resulta en mayor somnolencia, pero también incide en el estado de desánimo, la productividad y, por supuesto, la salud y el metabolismo”, dice Diego Golombek, profesor de la Universidad de San Andrés e Investigador Superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), de Argentina.
Sin embargo, un nuevo enfoque socioeconómico e interseccional nos invita a considerar el sleep gap como un fenómeno derivado de la creciente desigualdad, tanto en los recursos como en la distribución del tiempo y el trabajo, y su impacto en la sociedad. ¿Todos dormimos igual?, o mejor dicho, si el descanso es un derecho universal, ¿está distribuido con equidad?
La pandemia y la inequidad, dos catalizadores
El covid-19 y su impacto en las condiciones de vida y trabajo actuaron como un gran catalizador. Por un lado, el teletrabajo sumó horas a una jornada laboral que se estiraba sin límites y que aún hoy parece no terminar de tener contornos claros, aunque en Europa la reglamentación existente —como el derecho a desconectarse— quizás genera menos tirantez que en Latinoamérica. Por otro lado, la pandemia además implicó una gran sobrecarga en las tareas de cuidado para las mujeres, que ya sufrían una distribución desigual: cuidamos más, cobramos menos que los varones y además tenemos más exigencias familiares y sociales. El estrato social y el acceso a la educación y a la salud también juegan un rol clave, porque no descansamos igual si no tenemos las necesidades básicas cubiertas, o los recursos y el tiempo para garantizar un buen dormir.
“Las mujeres españolas encabezan el consumo mundial de pastillas para dormir. Aunque en los últimos años, en España, la distribución de las tareas domésticas entre hombres y mujeres ha mejorado, son ellas quienes siguen asumiendo la mayor parte de la planificación del hogar y los cuidados, lo que se conoce como carga mental”, apunta Marta Junqué, directora de la organización Time Use Initiative.
Vivir con falta de sueño implica mucho más que perder horas de descanso. No son solo las consecuencias que tiene en la salud individual y pública, en los riesgos de trabajo y accidentes, o en la productividad, implica también validar o convivir con un sistema que perpetúa esquemas que solo benefician a algunas personas. Por ello es que ya se habla de la existencia de “una brecha del sueño”, con las mujeres como principales damnificadas, aunque también es posible hacer una lectura socioeconómica que contemple otros aspectos.
Un horizonte de justicia circadiana
Distintos estudios como La sociología del sueño (2018, Universidad de Surrey) muestran que los grupos sociales menos privilegiados tienden a dormir con menos regularidad, tienen menos control sobre su horario, menos motivación para protegerlo y menor capacidad para establecer límites. Y es que la falta de sueño afecta la capacidad de las personas para cambiar sus circunstancias y contextos, acentuando otras desigualdades estructurales como las de clase, raza, discapacidad y género.
“Los trastornos de sueño también tienen una dimensión económica: se ha calculado que le cuestan a los países entre el 1 y el 3% de su PIB. También hemos desarrollado el concepto de “capital de sueño”. El capital de sueño es la reserva de sueño reparador que una persona o una sociedad posee. Y es terriblemente desigual. ¿Quién lo consume? Trabajadores por turnos o que trabajan de noche, personas de bajos ingresos con largos desplazamientos, padres con niños pequeños, comunidades con abundante luz, el profesional siempre conectado, mujeres que suman el trabajo doméstico o de cuidado a su empleo formal. Un capital de sueño desigual genera atención, salud y oportunidades desiguales. El sueño no es un lujo privado, es un recurso público con costos y valor económico”, sigue Golombek, en referencia a dos cuestiones centrales: la idea del descanso como recurso que se agota y el sueño como consumo y privilegio.
Un concepto que se ha trabajado desde hace un tiempo es el de justicia circadiana, en donde se toma en cuenta la importancia de alinear las actividades diarias con el ritmo circadiano natural del cuerpo para promover la salud y el bienestar general de la persona. Vivir en conflicto con las exigencias del cuerpo y las normas de la sociedad trae dificultades físicas, materiales y sociales, en el sentido del ejercicio pleno de nuestros derechos básicos. Se habla también del “derecho al sueño”, ya que cuando el sueño es escaso, la participación cívica se resiente.
No sos vos, es el sistema
Es por eso que el estudio del cronotipo de cada persona (las distintas variantes que toman los ritmos circadianos propios) se ha intensificado en la actualidad, poniendo a científicos, pero también a sociólogos, educadores y planificadores de políticas públicas, a discutir cómo adaptar el trabajo o la educación a estos ritmos biológicos para no tener que sostener estas rutinas alejados de los patrones naturales de cada uno.
¿Es posible que las sociedades acompañen más armónicamente a los cronotipos biológicos de cada uno? ¿Deberíamos indagar más en las causas detrás de la brecha del sueño? ¿Podemos avanzar hacia una justicia social que contemple el descanso como derecho vital y necesario para una existencia plena y feliz? En algunas partes del mundo se observan ensayos en esta dirección: desde México (con el movimiento #Yoporlas40horas) a España, se ha impulsado la jornada laboral reducida, mientras que en Estados Unidos surgen leyes de horarios “predictivos” o seguros para trabajadores a contraturno. Es que hoy pareciera que privilegiar el descanso y el ocio intencional es casi revolucionario.
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