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Louise Erdrich, escritora nativa americana: “Nadie es ilegal; todos tenemos el mismo derecho a existir”

La autora, una de las novelistas estadounidenses más admiradas, es propietaria de una librería en el corazón de las protestas de Minneapolis contra Trump. Publica ‘Poderoso río Rojo’

La escritora Louise Erdrich, en octubre de 2024. Nathan Congleton/NBC via Getty Images (Nathan Congleton/NBC via Getty Images)

Birchbark Books, en Minneapolis, es una de esas estupendas librerías que, repartidas por Estados Unidos, piden a sus empleados que recomienden este o aquel título. La diferencia es que en Birchbark una de las recomendadoras, que firma sus papelitos como Louise, es algo más que una lectora con buen gusto. Porque Louise es Louise Erdrich (Little Falls, Minnesota, 71 años), la gran voz de las letras nativas y una de las escritoras más admiradas del país.

En una visita reciente a la librería, entre los escogidos por Erdrich estaban una historia sobre la revuelta de Standing Rock contra la construcción de un oleoducto en Dakota del Norte en 2016 —no la paró, pero marcó una toma de conciencia generacional— o La soledad de Sonia y Sunny, de Kiran Desai. “No es fácil lo que hace Desai en esa novela”, explica Erdrich, que pertenece al club de los que, de Saul Bellow a Colson Whitehead o John Updike, tienen los dos premios gordos de las letras estadounidenses: el Pulitzer (en su caso, por El vigilante nocturno) y el National Book Award (La casa redonda).

En una esquina de la librería, que vende también artesanía y joyería de los pueblos originarios, hay una pared con ese par de títulos laureados y con el resto de su obra, incluida Poderoso río Rojo, su última novela. Acaba de salir en español; como es habitual, con la traducción de Susana de la Higuera Glynne-Jones y de la mano de Siruela, que lleva años siendo fiel a la prolífica autora.

La conversación con Erdrich, chippewa de los Turtle Mountain de Dakota del Norte, no fue en persona en Minneapolis, que esos días estaba tomada por tres mil agentes de la policía migratoria de Donald Trump, sino que tuvo lugar días después por teléfono. Es conocida su poca predisposición a las entrevistas, pero en este caso se debió también a un percance de salud que le impidió participar tanto como le habría gustado en las protestas.

En ellas, un lema era recurrente: “Nadie es ilegal en tierra robada”. Critica a quienes, como Trump, quieren deportar inmigrantes de un lugar expoliado a los que estaban antes: los pueblos originarios. A Erdrich no le convence el mensaje, que aterrizó en los premios Grammy de mano de la cantante Billie Eilish. “Me resulta demasiado ‘todo o nada”, dice la escritora. “O bien todo el mundo es ilegal excepto los nativos o nadie es ilegal. Me inclino por esto último. No creo en las fronteras. Todos tenemos el mismo derecho a existir. Minneapolis está en una tierra expoliada a los dakota, pero, salvo excepciones, la gente que llega viene para hacer de ese un sitio mejor”, considera Erdrich, que se siente “orgullosa” por la respuesta de sus vecinos. Semanas después de la entrevista, lograron echar al ICE (siglas en inglés del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).

“Esta ciudad ha demostrado ser fuerte y valiente en el pasado, como tras el asesinato de George Floyd”, continúa, “pero lo de ahora no tiene comparación”. Aquellos disturbios antirracistas, que prendieron por todo el país, estaban presentes en su novela anterior, El fantasma de las palabras, así que no descarta que la revuelta a 30 grados bajo cero con la que la ciudad paró los pies a Trump tras la muerte a tiros de dos de sus vecinos, Alex Pretti y Renée Good, le sirva de inspiración literaria.

La historia de activismo de Erdrich se remonta a la ocupación en 1973 de la reserva Wounded Knee, en Dakota del Sur, punto de inflexión de la lucha del Movimiento Indio Estadounidense. Acabó con Leonard Peltier condenado a cadena perpetua por el asesinato de dos agentes del FBI en un proceso plagado de irregularidades. Entonces una veinteañera, la escritora asistió al juicio, celebrado en Fargo (Dakota del Norte), en un tribunal federal “a un par de calles” de la casa en la que vivía. “Conocía a algunos miembros del jurado. Lo condenaron por miedo y por odio, no había pruebas”, recuerda.

Hace un par de meses, añade, fue a visitar a Peltier, al que Joe Biden indultó al final de su mandato. El perdón llegó tras medio siglo entre rejas y décadas de apoyo de la cultura estadounidense para lograr su liberación. Erdrich considera que Biden fue “un buen presidente que se supo rodear de funcionarios competentes”. “Su gran error”, añade, “fue que no supo irse. Lo culpo tanto a él como a su entorno. Me cabrea, porque no deberíamos estar sufriendo a esta Administración”.

La trama de Poderoso río Rojo transcurre cerca de donde juzgaron a Peltier, en Argos, localidad inventada en Red River Valley, en la frontera con Minnesota. En ese condado literario, al estilo del Yoknapatawpha, de Faulkner, ya transcurrió la serie con la que Erdrich se dio a conocer. Empezó con su exitoso debut, Filtro de amor (1984), y siguió con La reina de la remolacha (1986), Huellas (1988) y Bingo Palace (1994).

La experiencia de la maternidad

Esas novelas, cuya escritura compaginó con la maternidad —experiencia “demoledora, ridícula, terrenal, profundamente cálida, rica y profunda”, como la definió en el ensayo The Blue Jay’s Dance (la danza del arrendajo azul, sin traducción al español)— le valieron encendidos elogios de Philip Roth y la colocaron desde el principio en un lugar central de la literatura estadounidense. Después, su vida dio un vuelco con el suicidio en 1997 de Michael Dorris, su primer marido y padre de sus tres hijas biológicas.

Parecían la pareja literaria perfecta. Se conocieron en la universidad en la que ella estudió y él era profesor. Dorris fue su primer agente, además de coautor de una de sus novelas. Ambos también criaron tres hijos nativos adoptados por él, uno de los cuales murió en un accidente de tráfico. Se separaron en 1995 y se divorciaron al año siguiente. Dorris se quitó la vida en un motel tras ser denunciado por abusos sexuales por dos de sus hijas.

La nueva novela de Erdrich, que volvió a ser madre después de eso, cuenta la historia de una comunidad tocada por la crisis de 2008 —“una crisis que en muchos sentidos Estados Unidos aún no ha superado”, dice ella—. La trama gira en torno al improbable noviazgo y los preparativos de la boda de Gary, un muchacho blanco de buena familia, y la nativa Kismet, joven gótica letraherida que está enamorada de otro, con el que lee Madame Bovary. Kismet vive con su madre, que trabaja en una granja de remolacha azucarera, como en tiempos la propia Erdrich, y cree en los ángeles de la guarda.

Estructurada en capítulos cortos, la novela está escrita con el particular ritmo que anima la prosa de su autora y tras un proceso de documentación habitual en ella (en este caso, sobre la industria azucarera). Rebosa un humor, a menudo absurdo, que resultará familiar a los espectadores de esas series de Sterlin Harjo que se han colocado en el centro del interés por la cultura nativa tras años de ser ignorada por el discurso principal. Sobre todo, a Reservation Dogs, que cuenta la vida en una reserva de unos muchachos con tendencia a meterse en líos. Sus personajes no responden al estereotipo grave de, pongamos, el indio aparentemente mudo de Alguien voló sobre el nido del cuco.

“La cultura dominante ha tendido a retratarnos como a gente estoica y noble”, admite Erdrich. “Y aunque hay mucha nobleza, también nos gusta bromear y reírnos del que se toma demasiado en serio. Hay una actitud de dejar que la vida fluya tal como es, y eso incluye la capacidad de ver la naturaleza absurda y ridícula de los seres humanos. No puedes tomarte nada tan en serio como para perder de vista el hecho de que eres una rareza sobre la faz de la Tierra. La virtud más importante en la vida de los pueblos nativos es la humildad. La capacidad para preguntarse: ‘¿Quién soy yo para ser cruel y mezquino?’. Simplemente transitamos por esta Tierra; tenemos la fortuna de caminar sobre ella”, advierte.

La escritora se define como “mixta”. Su padre era alemán y solía darle cinco centavos a cambio de que le escribiera historias cuando ella era una niña. La madre era ojibwe con antepasados franceses. Los dos daban clase en un internado de la Oficina de Asuntos Indígenas en Wahpeton (Dakota del Norte).

Tuvieron siete hijos, una de los cuales es Heid Erdrich, la primera poeta laureada de la ciudad de Minneapolis. Durante muchos años, el abuelo de ambas, Patrick Gourneau fue el presidente tribal de los chippewa de Turtle Mountain, y el protagonista de El vigilante nocturno está inspirado en su lucha contra un senador estadounidense que trató en los años 50 de expulsar a los suyos del último pedazo de tierra reservado para ellos.

Hace 25 años que Erdrich reside en Minneapolis. No entiende la vida, dice, “sin la cercanía de la familia”. Sigue yendo a visitar a su madre, de 91 años, y conduce 10 horas con frecuencia para ver a los suyos en la reserva.

Esa proximidad también es profesional en el caso de sus hijas. “Son mis primeras lectoras”, explica la escritora. Aza, una de sus ellas, se encarga de diseñar las portadas de sus libros. Otra, Pallas, atiende en la librería. Allí estaba el día de nuestra visita. Birchbark es “corteza en abedul” en español. Erdrich cuenta que le pusieron ese nombre porque algunos de los primeros libros de Norteamérica los escribieron los anishinaabe en rollos de esa corteza. Los que escriben sus descendientes esperan en las estanterías de su librería. A veces llevan un papelito de recomendación de una tal Louise.

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