El atentado contra Trump en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, el tercero en dos años
El ataque en el Hotel Hilton se suma al del tirador descubierto en su campo de golf en Florida y al disparo que le rozó una oreja durante un mitin de campaña en el verano de 2024


Los tiroteos nunca se vuelven costumbre. Pero en Estados Unidos, su terrible recurrencia —en escuelas, centros comerciales, en medio de debates en universidades— atormenta silenciosamente a toda la población. Incluido el hombre más protegido del país, el presidente Donald Trump. Los disparos que este sábado obligaron a evacuar temporalmente la Cena de Corresponsales en Washington, la primera a la que acudía Trump, marcan el tercer intento de atentado contra él en menos de dos años.
El primero, en medio de un mitin en plena campaña presidencial de 2024, ha sido de lejos el más cercano. El 13 de julio, mientras hablaba sobre el escenario en la ciudad de Butler, en la Pensilvania occidental más rural, una serie de disparos retumbaron en el aire desde el costado derecho del entonces candidato presidencial, que enseguida cayó al suelo. Los peores temores se disiparon unos segundos después cuando un puñado de agentes del Servicio Secreto lo rodearon, lo levantaron y se dispusieron a bajarlo del escenario. Pero antes, Trump dio a las cámaras una toma que pasaría a la historia: con la cara ensangrentada por la bala que le rozó la oreja derecha, el republicano se detuvo, levantó el brazo empuñado y gritó “¡Fight! ¡Fight! ¡Fight!" (“¡Lucha! ¡Lucha! ¡Lucha!“).
La imagen y la cita se volvieron en instantes un símbolo de batalla para sus seguidores más fieles, y tardaron apenas días en aparecer en camisetas, tazas y todo tipo de merchandise. Pero a Trump, más allá de la herida superficial en la oreja, que lució con orgullo con una venda digna de Van Gogh unos días después en la Conferencia Republicana en Milwaukee (Wisconsin), el atentado, en el que murió un asistente inmediatamente y otros dos quedaron en estado crítico, le dejó a Trump una marca profunda. De acuerdo a numerosos recuentos posteriores y a las propias palabras del republicano, el incidente lo dejó con la certeza de que había sido salvado por una fuerza superior, para llevar a cabo su misión de “Hacer América Grande De Nuevo”.
El tirador de Butler, que fue abatido instantes después de disparar desde el techo de un edificio cercano, fue identificado como Thomas Matthew Crooks, un hombre blanco de 20 años de Bethel Park (Pensilvania), a unos 80 kilómetros del lugar de los hechos. No tenía antecedentes y tampoco estaba inmediatamente clara su motivación, ni su afiliación política. Sin embargo, para los republicanos el momento fue interpretado claramente como evidencia de la disposición de los seguidores demócratas de usar la violencia política abiertamente.
El episodio fue un punto de no retorno en la campaña. Apenas una semana después, el presidente Joe Biden se retiró de la carrera para la reelección y lo reemplazó su vicepresidenta, Kamala Harris. Fue un intento desesperado por frenar la inercia de la campaña del republicano, pero resultó siendo insuficiente y Trump venció cómodamente en las elecciones de noviembre. Muchos analistas consideran que la tarde del 13 de julio en Butler fue el momento en el que, en la práctica, se aseguró las llaves de la Casa Blanca por segunda vez.
Y eso que en esa misma campaña hubo otro intento de asesinato, aunque en este no se alcanzaron a disparar ninguna bala. Apenas dos meses después del atentado de Butler, el 15 de septiembre, un agente del Servicio Secreto vio asomar el cañón de un rifle AK-47 oculto entre los arbustos tras la valla de seguridad y abrió fuego. El candidato presidencial regresó a su residencia de Mar-a-Lago y no estuvo en peligro directo en ningún momento. La policía localizó el arma de fuego y dos mochilas en los arbustos y detuvo a un sospechoso, identificado como Ryan Routh, de 58 años.
Routh era un contratista de construcción de Carolina del Norte con un historial criminal previo, incluida una condena por posesión de armas. Había acampado durante casi 12 horas en la línea de árboles del campo de golf de Trump en West Palm Beach, armado con un rifle tipo SKS. Dejó escrita una carta confesando su intención y ofreciendo 150.000 dólares a quien completara el trabajo. Fue condenado a cadena perpetua.
Este sábado, los disparos en el vestíbulo del hotel Hilton de Washington marcan, presuntamente, la tercera vez en menos de 24 meses en la que alguien tenía la intención de asesinar a Trump.







































