Alina Fernández, hija de Fidel Castro: “La gente en Cuba necesita respirar, llegar al siglo XXI, darle una vida a sus hijos”
A sus 70 años, desde el exilio en Miami, Fernández habla del momento en que supo que era hija de Castro, de las actuales negociaciones entre Cuba y EEUU y del daño que su padre le hizo a la isla


La primera pregunta llega como un pacto, como si ella se la hubiera hecho desde siempre, o como si estuviera condenada a responderla toda la vida.
—¿Qué significa ser la hija de su padre?
—Es mi destino, ¿qué quieres que le diga?— responde Alina Fernández (La Habana, 70 años). Me duele lo que Fidel Castro le ha hecho a Cuba enormemente. Pero lo comparto, y un dolor compartido a veces toca menos.
Más que cubana, Fernández, la hija ilegítima de Castro, es tremendamente habanera y le pesa manejar por las grandes avenidas de Miami y no tener todo a la distancia de veinte minutos, como en La Habana. Ahora llega de la calle, abre las puertas de su modesta casa, brinda café y agua fresca. Mantiene, dice, un “perfil bajo”. Por años, trabajó en esta ciudad en un laboratorio de cultivo de células primarias para investigaciones, que complementó con programas radiales o la producción de espectáculos. Acaba de participar en la producción del documental La hija de la Revolución, del director Thaddeus D. Matula, que se estrenó hace unos días en el Festival de Cine de Miami, y que no solo cuenta su testimonio, sino que pretende ser un retrato coral de la historia reciente cubana desde el exilio.
Cuando tenía diez años, Fernández supo que el Comandante en Jefe, el dueño del país, la persona que pasaba hasta siete horas despachando discursos por la televisión nacional en el horario en que ella y todos los niños querían ver los animados, no era solo el amigo de su madre, Natalia Revuelta, sino que era su progenitor. Hasta ese entonces creía que su padre biológico era el médico cardiólogo Orlando Fernández. Fue su madre quien le contó la verdad.
“Tenía el temor de que me lo dijeran algún día en la calle. Lo primero que recuerdo es una sensación de traición, porque casi todo el mundo lo sabía alrededor mío, incluso mi mejor amiga, y eso me dolió mucho más que cualquier otra cosa. Le siento fobia a la mentira desde ese momento. Me cuestioné y dije: bueno, yo hasta el otro día era hija de un gusano, traidor, y ahora soy hija de este señor que es un héroe, que a los niños no nos gusta, un señor que podía estar hablando por horas todos los días, en un monólogo extenso. Lo que sí supe enseguida es que eso no cambiaba nada, el hecho de que yo supiera que era mi padre no cambió su trato hacia mí”.

Castro llegaba a la casa, a veces le prestaba atención, se sentaba a jugar. Pero no hubo sentimientos en el trato. Según Fernández, era alguien que no sabía muy bien “cómo lidiar con un niño”. “Además, no le interesaba”, dice. “Tenía ocasionales ataques de paternidad que siempre me sorprendieron. Pero a los 10 años y medio yo estaba entrando en la adolescencia, y todo empieza a revolverse, empiezas a pensar con tu cerebro. Ya no es solamente lo que te dicen tus personas más cercanas, sino que empiezas a desarrollar tus odios y tus amores. A mí él nunca me deslumbró, ni me hipnotizó, a pesar de que había ese estado masivo de devoción hacia él”.
Fue la misma fascinación que sintió su madre hasta el día de su muerte en 2015, a los 89 años. “Mi mamá vivió enamorada de Fidel. Estamos hablando de que él tenía una personalidad narcisista típica, y eso explica muchas cosas, porque Cuba está fabricada a su imagen y semejanza. Entonces cuando perdió el sentimiento hacia mi madre, cuando ya no le fue útil, fue como un desecho, un despojo. Eso mi madre nunca lo superó. Es algo que no entendí, por más que me lo explicara”.
Cuando Fernández tenía unos 20 años, tuvo una conversación seria con Castro. Una de las pocas. Hacía un tiempo, en la Plaza de la Catedral habían comenzado a congregarse artesanos que vendían todo tipo de cosas. “En un país donde no hay ningún bien de consumo, no hay un pañuelo, ni un llavero, ni un par de zapatos, que estos artesanos vendieran sus productos se hizo muy popular”. Era la década de los setenta en Cuba. De un momento a otro, la policía cargó con los vendedores, a quienes apresaron y decomisaron las ventas. Fernández le hizo una pregunta a Castro: “¿Por qué? Explícame por qué hay que llevarse presos a estas personas, que nos están haciendo un favor. Las conversaciones con él eran inútiles. El tenía un monólogo, le gustaba escucharse a sí mismo y, por supuesto, no era una persona que admitiera un cuestionamiento. La respuesta fue así: el Estado nunca puede perder el monopolio del comercio. Eso es lo que es Cuba hasta hoy”.

Tras varios intentos y negativas para irse del país, Fernández salió de Cuba en 1993, en plena crisis del Periodo Especial, suplantando la identidad de una ciudadana española. “Me pude ir haciéndome pasar por otra persona, imité el acento español en el aeropuerto, me maquillé mucho, me puse una peluca, una gorra. Era una señora de edad media encantada de haberse tomado unos mojitos y sabrá Dios qué otra cosa en las playas de Cuba”. Llegó a Madrid, unos años después se asentó en Miami. Volvió a la isla por última vez hace tres años. Hoy, en medio de las amenazas que rebotan desde Washington o La Habana, Fernández cree que Cuba ha llegado a “un punto de no retorno”. Uno de los grandes responsables de esa desgracia, le dio la vida.
Pregunta. ¿Su constante denuncia al gobierno cubano, su posicionamiento, es también un deber por ser quién es?
Respuesta. Lo que yo he hecho está dictado también por un sentimiento de culpa por consanguinidad que no debería sentir. El deber también. Toda persona que ve la realidad, más allá de lo que le están inculcando o adoctrinando, debe hablar. Porque la verdad cada vez es menos fácil de ocultar. Los cubanos hemos sido los sujetos de un experimento social completamente absurdo que es una Revolución que ha durado casi 70 años. Las revoluciones, supuestamente, son periodos cortos en la historia. Siempre me pregunto qué le habría pasado a los franceses si la de ellos hubiera durado 70 años. Hemos vivido en esta especie de histeria política e ideológica, anti familia, durante al menos cinco generaciones.
P. ¿Quién es Alina Fernández más allá de una mujer que ha crecido a las sombras de alguien como Castro?
R. Primero soy madre, mujer y cubana, antes que la hija de nadie. Crecer en ese ambiente, teniendo la posibilidad de ver las dos caras de la moneda, fue lo que me hizo quien soy.
P. ¿Conocer que Castro era su padre hizo que comenzara a hacerse otro tipo de preguntas o creó algún conflicto?
R. Las preguntas me las estoy haciendo desde muy chiquita, por ahí hay cosas que yo escribía, le hacía notitas o preguntas a mi mamá. Yo veía a aquel hombre y aquella Revolución enfebrecida alrededor mío, y todo el mundo marchando, haciendo horas de trabajo voluntario, para que todos los cubanos vivieran bien, pero yo veía que lo que había era más miseria, más problemas. Teníamos hambre. La Revolución triunfó en 1959 y en 1961 se estableció la libreta de abastecimiento. Dos años después ya había carencias. Yo recuerdo lentejas sin sal en la mesa de mi casa para comer. El pan desapareció, la leche, la mantequilla. Desde el principio el transporte empezó a escasear. Porque cuando el Estado se adueña de todo, y no está bien administrado, todo empieza a fallar.
P. ¿Incluso en su casa había esas carencias? ¿Cuáles eran sus privilegios por ser hija de Castro?
R. Mi mamá era tan estricta que decía que comprar un huevo en el mercado negro no era de revolucionarios. Todo el mundo vivía del mercado negro, pero mi mamá se resistía, trató de ajustarse a lo que proveía la Revolución. Fidel, en algún momento, empezó a ayudar ocasionalmente con un poco de leche, o algo más.
P. Cuando tenía 12 años, Castro propuso cederle el apellido. ¿Por qué no lo lleva hoy?
R. La que tenía interés en el apellido no era yo, era mi mamá, que quería legitimar de alguna manera el hecho de que yo existiera. Había que modificar una ley, se me dio una explicación de que no se podía. Yo había nacido en un matrimonio y estaba reconocida por otro padre. A mí me pareció un trámite innecesario, rastrero. Me pareció hasta humillante. Él estaba decidido, pero tampoco era de su interés. Si hubiera querido hacerlo con tanto afán, lo hubiese hecho.
P. ¿Recuerda algún momento íntimo con Castro? Hay una foto juntos en su boda…
R. En este caso tuvo un ataque de paternidad. Estábamos planeando mi boda y yo tenía 16 años. Eso a él lo indignó. Para mi sorpresa, montó en cólera. Yo no le pedí permiso para casarme, porque no lo consideraba mi padre y me parecía que no iba a interesarle. Hacía tres años que no lo veía. Estaba dolido, se sentía culpable de tener una hija de 16 años casándose, casi una niña. Luego visitó unas cuantas veces más la casa y después desapareció otra vez. Él puso la condición de que si yo posponía la boda, él se haría cargo de todo. Fue una boda bastante modesta para estar subvencionada por el rey de La Habana. Yo esperé unos meses, al final cumplí los 17, y él fue y firmó que autorizaba la boda. Incluso sin ser mi padre legal. Él era lo que él quisiera.

P. ¿Cuál era su relación con el resto de sus hermanos, hijos de Castro?
R. Una de las características más raras de Fidel como persona era que no quería que sus hijos se trataran con el resto de la familia, y los mantuvo aislados hasta que ellos crecieron y se pudieron escapar un poco del nido, pero no tuvimos mucho trato.
P. Incluso se dice que entre los hijos de Fidel y Raúl apenas existía relación.
R. Es así, exactamente. Un día coincidieron el varón de Raúl (Alejandro Castro Espín) y un hijo de Fidel e inmediatamente hubo la orden de que no podían tratarse. Una cosa muy peculiar y también, para mí, inexplicable.
P. Ahora que se habla de negociaciones entre Cuba y EEUU, vemos que son los miembros del ala familiar de Raúl (el hijo Alejando o el nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo) quienes han estado participando, nadie de la parte de Fidel. ¿Es esto sintomático?
R. Quien único intentó posicionar a un hijo de Fidel Castro en esta élite fue Raúl, que propuso a Fidelito Castro para la Asamblea Nacional del Poder Popular y la gente votó que no, como un acto de rebeldía, no lo querían en esa posición. Fidelito se suicidó, los demás hijos nunca han tenido una posición oficial. La personalidad narcisista quiere que lo recuerdes por su imagen. Es muy visible.
P. El más visible ahora mismo es Sandro Castro. A Fidel le nació un nieto influencer que ha pedido un cambio para Cuba…
R. Los tiempos han cambiado. A mí me preguntan sobre Sandro, yo no lo conozco, ni puedo entender las cosas porque hay un gran salto generacional. Creo que todo lo que se diga, de que hace falta un cambio, es útil. Lo digas como lo digas, con la timidez que lo digas o con un buen o mal chiste, pero es importante.
P. ¿Hubo un momento en que Castro dejó de estar en su vida?
R. Yo fui la que me separé, no quería tener ningún vínculo. Al final, era un lastre espantoso. Cuando nació mi hija yo pedí que no fuera a visitarla a la casa, cada visita de él ocasionaba un revuelo. De pequeña, cuando frecuentaba mi casa, venían personas con cartas para que yo se las entregara a él, eso fue una experiencia triste también. La gente sabía que él nos visitaba y entregaban cartas con historias muy tristes y yo trataba de dárselas. Fueron muchas las tragedias que leí.
P. Más allá de la situación de cerco económico que desde enero mantiene Estados Unidos hacia Cuba, ¿en qué punto está la nación cubana hoy?
R. En un punto de no retorno. Si se sigue dando esta circunstancia vital de no electricidad, si esto se prolonga, no sé lo que puede pasar. Es difícil que la gente, con cacerolazos, pueda tumbar un país como ese. Yo creo que las dictaduras surgen con una ayudita y también se caen, se derrumban, con otro empujoncito. Internamente es difícil de lograr. Estamos hablando de una isla donde además su juventud se ha tenido que ir a buscarse la vida.
P. Se han filtrado las intenciones de la administración de Donald Trump de eliminar a la figura de Miguel Díaz-Canel del tablero político, pero mantener a la familia Castro. ¿Qué cree de esto?
R. Bueno, no sé hasta qué punto es la familia Castro la que mantenga el poder en Cuba. Sí sé que el conglomerado militar GAESA tiene un enorme poder y muchísimo dinero. ¿Quién está al mando? ¿Quién controla? No tengo la menor idea. Por supuesto, una cosa es lo que quiere la gente y otra lo que se pueda o no hacer. Me gustaría que la gente en Cuba unánimemente pudiera expresar su descontento, su desesperanza, su miseria, pero es imposible. Enfocarse en Díaz-Canel, que es una persona que ha cargado con toda la impopularidad de esta locura, no resuelve ningún problema. Noto una desconexión entre el discurso oficial de Díaz-Canel, las supuestas negociaciones que se están llevando a cabo, los que dicen que no habían cubanos en Venezuela y aparecen 32 muertos. Nadie se pone de acuerdo. Es un periodo bien desconcertante y no sabemos cuál es la verdad. Me atrevo a tener esperanzas, también tengo esa sensación de que esperanzas he tenido muchas veces y me la tengo que tragar. Lo que hace falta es un cambio. Como sea. La gente en Cuba necesita respirar, llegar al siglo XXI, darle una vida a sus hijos, necesita esperanza y se necesita libertad para todo esto.
P. ¿Cómo cree que serían estas negociaciones entre Trump y Castro?
R. Fidel tenía con qué negociar. Se nos olvida que fue el presidente ideológico de los países No Alineados. Cuba estaba metida en todos los conflictos existentes e inexistentes en el mundo entero, en lugares en que EEUU ni siquiera había puesto los pies. Es decir, la influencia que ha tenido Fidel Castro en esta polarización política que vemos en estos días se ignora y se olvida. Entonces, se podía haber sentado a negociar, había con qué, en este caso no hay. Había una presencia, una influencia que no hay ahora. Veo que en todo este tiempo no ha habido la capacidad de decir que se perdió la batalla. No sé si Fidel hubiese sido capaz de decir, bueno, en efecto, perdí la batalla y voy a ver qué beneficio le saco a una derrota ordenada y elegante. Calculo que esa hubiese sido la posición y no la que se está teniendo de enquiste y enroque.

P. ¿Cuánta obsesión tenía Castro con Estados Unidos?
R. Era su leitmotiv, su único motivo de ser y de estar. Y le sirvió de mucho, fue muy útil. Fidel era una persona elementalmente astuta, en política, en manipulación. Forjó esa idea del guerrillero, esforzado, solo en su gran lucha contra el imperialismo a 90 millas. Toda esa imaginería que se creó para reforzar su poderío. Estamos muy dañados, ha sido un martillo sistemático en los cerebros, en la educación. Esta idea de que estamos todos los días batallando, enfrentándonos al imperialismo, como si fuéramos el pequeño David enfrentado a Goliat, es absurdo. Si a los EEUU les interesara la existencia de esto a 90 millas, ya no existiría.
P. Ha dicho que Miami es su segunda patria, pero ¿habría un regreso definitivo para usted a Cuba, si algo cambia?
R. Sí, claro. Y he vuelto cuanto he podido a recargar la batería. Yo necesito Cuba, cosa que no sabía antes de volver. Bajarte del avión y sentirte tú. Aquí soy un engendro que ha tenido que aprender con más de 40 años otro idioma, desconocía el valor del dinero, lo sigo desconociendo. Cuando volví a Cuba sentí, a pesar de toda la tragedia, que esa energía interior se recargó. Si no hubiera una energía especial en Cuba, los cubanos no hubiésemos podido sobrevivir 67 años de esta locura.
P. Murió Fidel en el 2016 y Raúl Castro hoy tiene 94 años. Algunos creen que los líderes históricos de la Revolución partirán sin haber visto la justicia, después de décadas de sometimiento al pueblo cubano. ¿Qué piensa usted?
R. Los grandes responsables de esta tragedia se han muerto, sin embargo, quedan muchos cómplices. El mayor resentimiento ha sido desde el Gobierno de Cuba hacia nosotros que estamos aquí afuera. Este exilio es el que le da auxilio a ese país. En algún momento habrá que ponerse de acuerdo para poder convivir, para reconstruir. Hay demasiado dolor.
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