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Cuba
Opinión

Luis Manuel Otero y el recurso de la huelga de hambre

Pintar como denuncia sería generar un segundo encierro y, peor aún, dos opresiones. ¿Por qué el artista va a decir lo que su cuerpo ya está expresando por él?

Luis Manuel Otero Alcántara en su casa de La Habana, (Cuba) en mayo de 2018.Belo PCruz (Yucabyte)

A fines de marzo, agentes de la policía política cubana fueron hasta la prisión de máxima seguridad de Guanajay, al occidente de La Habana, y en una inspección de celdas amenazaron de muerte al artista Luis Manuel Otero, quien respondió con una huelga de hambre de ocho días. Acompañados de Javier Reboso, jefe de prisiones de la provincia Artemisa, los oficiales de la Seguridad del Estado también confiscaron agendas con números telefónicos de dos presos políticos del lugar, Jorge Ayala y Daniel Alfaro, y les requisaron hasta las tazas de baño de los calabozos, pero en el caso de Otero, líder del Movimiento San Isidro y condenado arbitrariamente a cinco años de privación de libertad, la discusión con los gendarmes subió de tono cuando el artista les preguntó si pensaban combatir a los americanos con cuatro AKM (el fusil de asalto soviético) y ellos le contestaron que no, pero que con uno solo bastaba para matarlo a él.

Sin muchos más recursos a los que acudir, por enésima vez en los últimos seis años Otero dejó de comer, como un modo de poner el foco en la amenaza y protegerse de su ejecución o de alguna otra represalia, al menos hasta donde tal cosa sea posible. Hay algo mecánico en este procedimiento, de donde emana su crueldad. Las huelgas pueden contabilizarse, también su duración, los abusos, los años en la cárcel, quizá, incluso, la magnitud de la resistencia, pero lo que no puede medirse es el sufrimiento o la mortificación de la carne. Si, como dice Sarduy, toda repetición es plegaria, la recurrencia de las huelgas es una oración que implora para que miremos y nos impliquemos ante un recurso que, a pesar de haber adquirido la apariencia de una respuesta técnica, guarda todavía más de una efectividad, o al menos las pocas con las que un sujeto cuenta en una situación semejante.

Por supuesto, convertir el cuerpo de la víctima en un reducto que empieza a comportarse como una máquina es la manera que el totalitarismo encuentra de desactivarlo. Como el tiempo corre a favor del sistema carcelario, que no se desgasta, una parte importante de la protección del preso político reside en que la conciencia colectiva, la atención del resto, no acepte la deshumanización que viene con la costumbre. Resulta difícil, sobre todo en un país que produce más presos que comida, donde la ficha de un recluso es sustituida rápidamente por otra, y en el que la idea del hambre individual no parece tan distante del desabastecimiento colectivo. Pasado un primer momento de atención, una parte considerable de estos presos quedan solo al amparo de sus familiares, de unos pocos amigos, y muchas veces ni siquiera sus nombres llegan a saberse, a pesar de los esfuerzos de organizaciones de derechos humanos y de medios de prensa no gubernamentales.

No es el caso de Luis Manuel Otero, quien debe tratarse del preso político cubano más conocido dentro y fuera de la isla. Aun así, sostener su presencia entre los libres, adonde pertenece, requiere de un trabajo incesante. Activistas y curadoras como Yanelys Núñez, desde Madrid, o Claudia Genlui, desde Miami, mantienen en circulación las obras, estrictamente conceptuales, que Otero ha propuesto desde la cárcel a lo largo de estos años, y otra colega, la curadora y académica Anamely Ramos, realizó con él una instalación sorprendente por su carácter piadoso. El pasado 19 de febrero, decenas de estatuillas de distintos santos del panteón sincrético cubano amanecieron en una calle cualquiera de la localidad de Párraga, en la periferia sur de La Habana. Entre las deidades se encontraban San Lázaro, la Virgen de Regla, Santa Bárbara y la Caridad del Cobre.

Sin embargo, resta todavía la dimensión más decisiva del asunto, el preso y la lucha interior, la cárcel como un virus inoculado o como una realidad privada, que es a fin de cuentas de lo que se trata. A Otero lo separan tres meses de su liberación. Tras haberlo retenido hasta hoy, la Seguridad del Estado no ha podido evitar que la condena se mida también en más de 4.000 lienzos dibujados en cinco años. Lo que llega al exterior son ideas que se convierten en obras, gestos, interpretaciones, conformaciones laboriosas de un sentido, pero adentro el preso se atrinchera en una materialidad aumentada, en la proliferación de imágenes y series concretas, sin las cuales, ha dicho, no sale de allí. De repente, el preso ha generado en la cárcel un documento que necesita llevarse. La cárcel le dio algo, todo no ha sido estéril. Esa, si así puede decirse, es una batalla ganada, pues el preso ha sido capaz de concebir un lenguaje al que le han sustraído la misma cantidad de libertad, pero que no responde literalmente a lo que a él le pasa.

“Mis pinturas”, dijo Otero en una entrevista, “no tienen ninguna connotación política directa o agresiva. No dicen ‘¡Abajo Fidel!’ ni nada de ese corte. Hay unas veinte series. Son como experiencias mías y de las energías que me han rodeado aquí, llevadas a cartulinas". Aunque la gente aún no las haya visto, esa es justo la razón por la que puede suponerse que las pinturas escapan a los dictados de la máquina ideológica, a la reproducción de su fraseo. Pintar como denuncia sería generar un segundo encierro y, peor aún, dos opresiones. ¿Por qué el artista va a decir lo que su cuerpo ya está expresando por él? ¿Qué función cumple entonces el cuerpo, si no logra interponerse entre el carcelero y el arte, si no atenúa el impacto de esa fuerza avasallante sobre la sensibilidad?

Cuando el artista preso ofrece el cuerpo (lo único que tiene a mano), salva aquello por lo que lo encerraron, que es en realidad lo que el encierro ansiaba destruir a través del encarcelamiento de la persona. Pero el encierro no solo no lo destruye, sino que el artista lo duplica, aunque eso es algo, naturalmente, que solo puede lograrse si el artista no se pone a pintar “¡Abajo Fidel!" ni cede a otra forma de la tautología. El cuerpo del preso funciona como una bisagra de sus libertades y sus clausuras, pero al tratarlo como algo indeterminado, y utilizarlo como lo que no es, su deterioro se acelera entre los vaivenes de la violencia y la neurosis.

Para expresarse, el preso político tiene que redoblar la penitencia, hacer que afuera escuchen provocándose un castigo que radicaliza aún más el que le han infligido. Lamentablemente, los cuerpos sufrientes hablan a través de la plegaria. El preso político se protege dañándose y aparece cuando se martiriza. Nada de eso es arte por sí mismo, pero sí su escudo. Desde luego, a una amenaza de muerte no puede oponérsele un trazo, un color o un dibujo. La huelga de hambre es lo que es, no un pronunciamiento político, ni una muestra de la falta de imaginación del artista. Lo que se agota, lo que es finito, son los recursos para resistir, no necesariamente el que resiste. Hablamos de un artista negro y autodidacta en duelo con un sistema que, en palabras de Goethe, “hace convertir al pobre en culpable”.

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