David Adler, coordinador de la Internacional Progresista: “La doctrina ‘Donroe’ es la lógica de división y conquista”
El analista estadounidense encabeza una serie de cumbres en Latinoamérica que buscan generar unidad alrededor de la soberanía regional frente a las nuevas presiones impuestas por el Gobierno Trump

David Adler (California, 32 años) se define a sí mismo como un radical escéptico. El politólogo y economista nació y creció en Los Ángeles y desde 2020 es coordinador de la Internacional Progresista, un movimiento global que nació en plena pandemia, para agremiar diferentes sectores de izquierda en el mundo. El objetivo es hacerle frente a otra “internacional”, una que se ha denominado la “Internacional Reaccionaria” y ha tomado forma en el ascenso de la ultraderecha global, con el presidente estadounidense Donald Trump y su movimiento como punta de lanza.
En tanto que el multilateralismo se ve obligado a reinventarse en medio del reacomodo del orden mundial a uno regido por temeridad e impuesto a la fuerza por Trump, la Internacional Progresista de Adler fue la artífice de una conferencia titulada Nuestra América —en honor al cubano Jose Martí— el pasado fin de semana en Bogotá. La capital colombiana reunió en un histórico teatro de la ciudad a más de una decena de personalidades de la izquierda de diferentes partes del mundo que reclamaron la libertad de Nicolás Maduro y la defensa de la soberanía en la región. Entre los presentes estaban el activista brasilero Thiago Ávila; la vicepresidenta de la asamblea nacional francesa, Clémence Guetté; o la laboralista inglesa, Zarah Sultana, entre otros.
“Aislados somos más vulnerables” fue una consigna que se repitió a lo largo del evento donde también estuvo la presencia virtual de varios congresistas estadounidenses del ala más progresista del Partido Demócrata, como Chuy García, Delia Ramirez, y Rashida Tlaib. Ante la sombra inevitable de la nueva doctrina internacional de Estados Unidos, los asistentes promovieron la autonomía financiera, señalando la búsqueda de acuerdos regionales de compensación, canales de pago de contingencia y mayor cooperación comercial sur-sur.
Pregunta. Trump ha dicho que no necesita de América Latina, ¿Para usted cuál ha sido y debería ser la relación entre Estados Unidos y América Latina?
Respuesta. Podemos utilizar dos metáforas. América Latina ha sido el laboratorio, pero también el faro. Es importante enfatizar que para el estadounidense, Latinoamérica siempre ha sido un laboratorio para nuestras intervenciones, para nuestros paradigmas económicos. Lo vimos con el caso de Salvador Allende y los Chicago Boys en Chile. Ha sido laboratorio de nuestro paradigma de comercio internacional como sucedió con la exportación de maíz a costa del despojo de campesinos.
En contraposición, ha sido un faro para todo el mundo en la lucha en contra de ello. Es una región donde el concepto de solidaridad no es algo abstracto, sino algo que siempre ha jugado un papel central en las luchas por la democracia. Eso se ilustra en instituciones como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) que superó las líneas ideológicas de izquierda o derecha para construir instituciones como fue la Comisión de Defensa de América del Sur. América Latina es la primera línea de la lucha contra la internacional reaccionaria y la defensa de sus democracias y su principio de la autodeterminación va a ser la clave.
P. ¿Cómo explica el segundo ascenso de Trump?
R. Hay dos lecturas de la llegada de Donald Trump 2.0 y ambas son correctas. La primera es que de manera muy orgánica surgió un movimiento de enojo e indignación en el pueblo estadounidense. Se sintió ignorado, marginalizado y sufrieron una crisis de bolsillo que motivó mucho a un voto de protesta a favor de Donald Trump. Por otro lado, la otra lectura es la inorgánica, y aquí viene la internacional reaccionaria. Lo vimos en la famosa foto de la toma de posesión de Trump: Elon Musk, Jeff Bezos, la oligarquía. Cada uno de ellos contribuyó a la construcción de Trump 2.0. En ambos escenarios vemos la oligarquización de Estados Unidos. Por un lado, la desigualdad creciente y por el otro, los billonarios y sus contribuciones a la campaña de Trump.
P. ¿Cómo califica el papel de la oposición demócrata este primer año?
R. Inútiles. Es imposible entender Estados Unidos sin entender que ni el partido republicano ni el partido demócrata son partidos políticos en la definición tradicional. ¿Qué es el partido demócrata? Es una clase de consultores, básicamente. No hay militancia. Y ya que no tenemos un partido político verdadero, todos son como ramas en el viento, van de aquí para allá. No tienen principios porque no vienen orgánicamente de una formación política.
P. ¿Cómo impactará eso en las elecciones de mitad de mandato en noviembre?
R. Empiezo aclarando que en Estados Unidos no vivimos en una verdadera democracia. Y eso no es un dicho de un izquierdista rojo, eso es lo que ha demostrado estudio tras estudio de cómo funciona ese sistema político. Uno que favorece a los ultrarricos. Aun así, reconozco que esos métodos son unas de las pocas herramientas que tenemos para frenar a este psicópata. Es indispensable que trabajemos fuerte para ganar las midterms y cambiar la matemática en Cámara y Senado para frenar unas, si no todas, las maniobras absurdas peligrosamente imperialistas de este gobierno.
P. Si eso no le derrota, ¿Cuál será la opción más eficaz para hacerle frente a Trump? ¿Protestas continuas como ha sucedido en Minneapolis?
R. Jane Mcalevey lo explica un poco en su libro: No Shortcuts. Podemos tener candidaturas insurgentes, tener protestas que convocan a millones, pero para ganar poder popular hay que reconstruir las instituciones sociales desde la comunidad. Yo crecí en Los Ángeles y no conocía ni a mis propios vecinos. Tenemos que reconstruir el tejido social. Ya hay algunas chispas, como el Democratic Socialists of America (DSA) que está convocando a jóvenes y formándolos. También podemos ver una lucha por los derechos de los migrantes con nuevas organizaciones que están coordinando redes de seguridad entre familias.
Sin embargo, eso es apenas un inicio. Estamos hablando de la sociedad más atomizada, más desmovilizada y cínica en su política. Mi convicción es que debemos buscar las lecciones mirando al sur. Colombia, México o Brasil tienen mucho que enseñar a Estados Unidos en la renovación de su democracia y la reconstrucción de este tejido social.
P. Pero Trump ha dinamitado los sistemas de cooperación y multilateralismo, los canales oficiales para que se de ese tipo de comunicación...
R. Vivimos en una ruptura del sistema multilateral. No es una transición ni una reforma, es una ruptura. Nos toca a nosotros construir nuevos mecanismos de multilateralismo que sean regionales o temáticos. La doctrina ‘Donroe’ es precisamente esa lógica de división y conquista. De repente todos en América Latina quieren jugar con Estados Unidos de manera bilateral: eso es lo que quiere Trump.
P. ¿Qué le ha faltado al progresismo global para detener el avance de las fuerzas más conservadoras?
R. Nos ha faltado la voluntad política para reconstruir instituciones y consolidar este internacionalismo. No es suficiente una conferencia. Tenemos que promover instituciones que garanticen nuestra autonomía. Veo a la doctrina “Donroe” y su éxito en el primer año de Trump como una consecuencia de una fragmentación ya existente. Durante los mejores años de la segunda oleada progresista nos faltó audacia en el fortalecimiento de mecanismos para garantizar resiliencia ante cualquier ofensiva del norte. El reto del progresismo es cómo enfrentar a ese avance. A veces eso significa proyectos de ley sencillos. A la par, implica movilizaciones en las calles para mostrar que hay una fuerza popular que apoya las reformas.
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