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OPINIÓN
Columna

Ideas para un museo popular de la televisión

RTVE tiene un museo en Barcelona, pero es más didáctico y tecnológico que nostálgico. Yo propongo algo que funcione como magdalena de Proust

Monleón, en una imagen del programa de televisión 'El show de Joan Monleón'.

Me llevan a las instalaciones de la autonómica valenciana À Punt para hacerme una entrevista, y en el vestíbulo, medio arrumbada o medio expuesta, me encuentro con la paella rusa de El show de Joan Monleón, la estrella de aquel canal en sus orígenes, allá por 1989, cuando se llamaba Canal 9. Al lado está el sofá de Tómbola, la otra contribución de la cadena a la historia de la tele, pero a mí solo me emociona esa ruleta de la suerte con forma de paella mixta (¡ay!) que presidía uno de los platós más descacharrantes, verbeneros, barrocos, saturnales, zafios y vanguardistas, mito de mi infancia valenciana. Joan Monleón fue un personaje irrepetible e imposible de encasillar, quizá comparable en parte con Javier Gurruchaga: un talento escénico apabullante, enérgico, inmensamente popular y siempre divertido.

Tras el shock nostálgico, me quedé un rato junto a esa paella-ruleta y pensé en el museo bonito que se podría montar con los restos de platós perdidos, vestuarios, muebles, objetos varios y piezas de atrezo de los programas más queridos y recordados de la tele. RTVE tiene un museo en Barcelona, pero es más didáctico y tecnológico que nostálgico. Yo propongo algo que funcione como magdalena de Proust, no un sitio interesante para estudiantes de audiovisual.

El Museo Smithsonian de Historia Americana de Washington tiene una parte nuclear de su colección dedicada a la cultura pop, en la que la televisión forma el eje central. Hay otros museos de cultura popular por el mundo, pero a ningún ministro de Cultura español se le ha ocurrido rescatar lo que quede de ese patrimonio para honrarlo y eternizarlo como merece. Parece que nos resignamos a que la tele sea un arte fugaz, que solo persiste en las meninges poco fiables de los viejos espectadores.

La memoria compartida es un tótem ante el cual se sacrifican muchas cosas, pero siempre desde la solemnidad. La palabra memoria está lastrada de tristezas, de trauma, de sangre, de niebla y de horror. Nos permitimos pocas frivolidades en su nombre y dejamos que sean los vendedores de baratijas quienes dominen el mercado de la nostalgia, siempre despreciada, siempre condenada como una debilidad kitsch o la antesala de no se sabe qué fascismos. Quizá, para cuando el Ministerio de Cultura se quite la costra solemne, comprenda la importancia de este legado y asuma la necesidad de preservarlo y divulgarlo como se preservan y divulgan otras facetas de la cultura española, ya no quede nada para preservar ni divulgar.

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