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COLUMNA

En España no falta talento, pero sobra miedo

Trascender el mero recuento de hechos ya conocidos para elevarlo a arte requiere de un talento grande y de una generosidad no menos imponente por parte de los productores

Fabrizio Gifuni, en un momento de 'Portobello'.HBO Max

Marco Bellochio es un director juvenil y vanguardista de 86 años (en noviembre hará los 87) que ha firmado dos de las mejores series de los últimos años: Exterior noche, sobre el secuestro de Aldo Moro, y Portobello, sobre la pesadilla kafkiana (aquí le cabe el adjetivo, no es un cliché de columnista perezoso) de una estrella de la televisión italiana que se vio acusada de pertenecer a la Camorra. Ambas, protagonizadas por Fabrizio Gifuni, un actor que parece contener en su cuerpo la fatiga, la incredulidad y la decencia de una generación de italianos hundida por la violencia política de aquellos años de plomo.

Como todos los genios, Bellochio hace quedar mal a los que intentan narrar la historia reciente en su mismo tono e intensidad. Pienso, por ejemplo, en Anatomía de un instante, quizá el intento más ambicioso de enhebrar un cine político en España. La serie de Alberto Rodríguez no solo adquiere la textura de un documental de aliño al lado de las ficciones del italiano, sino incluso en comparación con la novela de Javier Cercas en la que se basa, tan afín en su complejidad al estilo de Bellochio. Al reducir el poderoso narrador de Cercas a una voz en off, no solo le extirparon el corazón de la obra, sino aquello que el autor de Exterior noche coloca con una maestría imposible de imitar: el coro trágico, la multitud que mira y opina.

En Portobello, Bellochio cuenta la tragedia de un hombre observado por 28 millones de italianos, que comparecen en la serie como espectadores, jueces, turba o simples paseantes impertinentes. Hay autobuses de monjas que contemplan silenciosas y matrimonios amodorrados en un sofá, y el propio protagonista se convierte a veces en espectador atónito de su propia desventura. No he visto nada parecido en las ficciones españolas, siempre de interior, asfixiantemente centradas en los protagonistas, incapaces de trasladar el miedo, la tensión colectiva y el clima desolado de un país entero.

Trascender el mero recuento de hechos ya conocidos para elevarlo a arte requiere de un talento grande y de una generosidad no menos imponente por parte de los productores. Para narrar bien el miedo hay que desprenderse del miedo, y yo creo que, en España, más que talento, lo que falta es coraje. Hay miedo a la ambigüedad, al malentendido, al señalamiento y al encasillamiento. Por eso el único cine político que cuaja es el de Santiago Segura, que no teme a nada. Ojalá fuera también sobrado de un genio como el de Bellochio. No es el caso.

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