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Crítica

‘Las gotas de Dios’: Vino, lujo y muerte ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar por una pasión?

La nueva temporada de la serie hace de los viñedos más prestigiosos del mundo el escenario donde desarrollar temas de profundidad

Se bebe poco vino en la segunda temporada de la serie Las gotas de Dios dirigida por Oded Ruskin y recién estrenada en Apple TV. Se muestran viñedos espectaculares, paisajes tentadores y bodegas legendarias. Aun más, si se coge lápiz y papel se puede hacer la lista de algunos de los vinos únicos en el mundo (entre los que está una manzanilla y un oloroso de Jerez). Se descorchan muchas botellas, sí, pero hay pocas secuencias de cata y análisis de vino, tal y como aparecían en la primera temporada. Se podría decir, que en esta segunda entrega “el vino no se bebe, se siente, como la música” —tal y como se define en un momento determinado—, a lo que podríamos añadir, una vez vistos los ocho nuevos episodios: el vino se vive y se disfruta sabiendo dónde nace, cómo se cría y cómo se descorcha. Esa es la esencia de la serie: la búsqueda del origen, la necesidad de comprender las raíces, el sentido de la familia, del amor.

El guion de Las gotas de Dios nació inspirado en los 44 mangas Kami no Shizuku de Tadashi Agi y las ilustraciones de Shu Okimotonombre que, según Decanter, “ha sido la publicación sobre vinos más influyente de los últimos 20 años”.

A diferencia del manga, la ficción televisiva tiene dos protagonistas: la actriz francesa Fleur Geffrier —Camile en la serie— y al cantante y actor japonés Tomohisa Yamashita —Issei—. Siento el spoiler, pero, en la primera temporada, ambos, descubren que son hermanos de padre. En la serie, las tramas se desarrollan en los lugares donde se producen los mejores vinos del mundo (en el cómic solo en Japón); el añadido de la ficción es que el vino sirve de diván donde narrar temas más profundos como las relaciones familiares, el amor, la lealtad, la muerte, el medioambiente. Si hacemos un coupage con todos estos elementos el resultado es esta producción que, en 2024 recibió el Premio Emmy Internacional.

Mientras que en la primera temporada los protagonistas emprenden una especie de yinkana donde rivalizan por heredar la riquísima bodega de su padre, en la segunda, los hermanos se unen para dar respuesta a una de las voluntades de su padre fallecido: descubrir de dónde es el que, para él, resulta “el mejor vino del mundo”.

Se podría decir que aquí comienza todo, pero no... Todo comienza con Issei buceando a pulmón en el océano. Esta es la clave. Por poner un símil vinícola: a más de 20 metros de profundidad, en aguas frías (entre 10 y 15 grados), con el vaivén de las mareas, se crían algunos de los grandes vinos del mundo. Sin más intermediario que la propia naturaleza. Se dice, que cuando un buceador se sumerge a pulmón en el mar se produce un estrecho encuentro entre el ser y el medio natural. Una inmersión en la oscuridad donde domina el intelecto, la calma y el control corporal. Básicamente, aquí está la pista de la segunda temporada: la búsqueda de la oscuridad, enfrentarse a la falta de oxígeno y aliento para intentar encontrar respuestas y curar heridas.

Los ocho capítulos fluyen a ritmo de la búsqueda del afamado vino. Los protagonistas emprenden un viaje, guiados por una pasión desmesurada. Así se recorren unos parajes vinícolas espectaculares (fantástica la fotografía del director Rotem Yaron) por Grecia, Francia, España y Georgia. Se habla inglés, francés, español y georgiano. Nos muestra las entrañas de las bodegas, nos descubren algunas de las referencias más exclusivas y nos tientan con un mundo donde las pasiones mueven los hilos de las tramas.

Georgia (“allí donde nació el vino”) gana protagonismo en la serie. Los viñedos que rodean la Iglesia de Ateni Sioni del siglo VII, la reproducción de las fiestas tradicionales de la región y de la bodega de Tamar “para la que se utilizaron más de 12.000 botellas y que se tuvo que reconstruir en un estudio después de que la Iglesia Ortodoxa Georgina rechazara el uso de un lugar sagrado”, explica el equipo de producción de la serie.

Te crees la serie porque el tema del vino cuenta con un buen asesor (el sumiller Seb Pradal) pero, a ratos, algunos de los actores rozan el exceso interpretativo. No es el caso de Pedro Casablanc, que hace una maravillosa actuación como bodeguero de la mítica y legendaria Bodegas Hidalgo-La Gitana (San Lucar de Barrameda). Habrá que esperar a los capítulos siguientes para descubrir el papel fundamental que el actor español realiza en el desarrollo y resolución final. No digo más.

En esencia, Las gotas de Dios sigue siendo una excelente serie para amantes del vino y para quienes entienden (o quieren hacerlo) que, detrás de una copa, existe una vida, una cultura, una historia familiar y una emoción. Ese el leitmotiv: ¿hasta dónde seríamos capaces de llegar por una pasión?

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