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Crónica fotográfica desde el interior de la dependencia

365 días de fragilidad y espera en la vida de una persona dependiente y su cuidadora

Carmen y Francisco, en su cama. Para descansar mejor, Carmen comenzó a dormir en otra habitación, algo que no había hecho nunca. Pero lo primero que hacía al levantarse era acercarse a Francisco y tumbarse junto a él durante unos minutos.PACO PUENTES

Esta es una historia de resiliencia, de casualidades y de una fecha que se repite en dos años consecutivos, el 21 de enero de 2025 y 2026, un relato que muy bien podría dibujarse en otro lugar en el seno de cualquier familia.

Como cada día, Francisco se levanta a las 7.30 sin necesidad de despertador, respeta ese horario de lunes a domingo.

Se acerca a la cocina y del cajón de los cubiertos saca un manojo de llaves para abrir la puerta del patio. Enciende el termo, pero antes de ir a ducharse prepara una de las dos pastillas efervescentes para “eso de los pulmones” que le recetó don Israel.

Espera dos minutos a que se disuelva del todo y se la toma de un solo trago. Lava el vaso y se dirige a su dormitorio.

De la mesilla de noche saca la ropa interior, dejando el cajón perfectamente ordenado.

Mientras, en la cama, sigue descansando Carmen, su mujer. La medicación para dormir le sigue haciendo efecto.

Francisco entra en el cuarto de baño y pone la alfombra en el suelo, abre el grifo y espera dos minutos a que el agua se caliente y, tras comprobar con la mano que la temperatura es la correcta, empieza a ducharse.

Sus movimientos debajo del agua parecen mecanizados, estudiados. Ninguna parte del cuerpo tiene que quedar mejor que otra. Mete la cabeza debajo del agua como si pudiera respirar bajo ella como un anfibio.

Cuando termina, se viste y se pone unos zapatos marrones con cordones. No le cuesta agacharse pese a su edad. Una vida saludable y mucho tiempo de trabajo en la obra como albañil le dan ahora ese beneficio físico.

Se dirige de nuevo a la cocina, coge el cepillo y el recogedor y, antes de desayunar, barre el salón y la cocina.

El desayuno consta de medio bollo de pan migado en una taza de leche calentada en el microondas durante un minuto.

Cuando termina, friega la taza y la cuchara.

Se pone el chaquetón, baja al trastero y coge la bicicleta para ir a comprar el pan. Estará de vuelta antes de que Carmen se levante.

Esto es todo lo que hacía Francisco cada mañana. Pero nada de eso ocurrió aquel martes: ni llaves, ni puerta de patio, ni termo, ni pastillas efervescentes para “eso de los pulmones”, ni ropa interior, ni ducha, ni cepillo, ni desayuno, ni bicicleta, ni pan.

Carmen se despertó a las 8.15. Le extrañó no escuchar ruido, pensó que las medicinas le habían hecho más efecto de la cuenta esa noche.

Se levantó y encontró a su marido en el suelo con la cabeza sangrando, una caída con mala fortuna le produjo una fractura craneal, un derrame cerebral y, como consecuencia, un deterioro cognitivo que a posteriori derivó en una demencia vascular.

En poco tiempo, Francisco pasó de tener 81 años a convertirse en un niño que podría rondar los cinco y, peor aún, a enfrentarse al olvido continuo, saliendo de la vida por la puerta de atrás, sin saber quién fue o quién compartió algo con él, borrando la palabra identidad de su diccionario.

Hasta pasados unos días, Carmen no fue consciente de que sus vidas habían cambiado de repente y sin esperarlo.

Desde ese momento, Francisco comenzó a ser una cifra más, parte de los más de 57 millones de personas que viven en el mundo con demencia, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y de los más de 1,7 millones en situación de dependencia en España, según el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda.

También desde ese momento, Carmen pasó a formar parte del grupo de personas cuidadoras que deben afrontar esta situación sobrevenida, un cambio de rol en su vida, algo que supuso un sufrimiento indirecto de la dolencia, soportando un considerable desgaste físico y emocional por tener que emplear gran parte de su tiempo y esfuerzo diario en el cuidado y atención a una persona dependiente.

Tras solicitar la ayuda a la dependencia el 21 de enero de 2025, obtuvo de la Delegación de Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Córdoba una ayuda transitoria de atención domiciliaria para casos de extrema y urgente necesidad por nueve horas semanales durante nueve meses.

En ese tiempo, Rafael era el cuidador encargado de levantar a Francisco a la voz de “¡Qué pasa, campeón!”, algo que alteraba en cierta medida al recién despertado. Posteriormente, lo aseaba y le daba un paseo de 20 minutos.

Cuando concluyó esta primera asistencia de emergencia, Carmen hizo necesaria la contratación de ayuda domiciliaria a través de una empresa especializada que le hacía gastar casi la mitad de la pensión que recibía Francisco. Ella nunca cotizó a la seguridad social.

Los primeros meses fueron los más duros para ella y sus hijos, las noches se hacían infinitas. Francisco, que no reconocía a nadie, tampoco aceptaba que su casa era su hogar, quería escapar a toda costa, sobre todo de madrugada.

La primera noche que lo hizo fue una sorpresa para Carmen y su hijo, que pasaba allí el fin de semana. A las 5.00 sonó el timbre de la puerta. Era una vecina del bloque que traía a Francisco semidesnudo y por el brazo: se había escapado y estaba llamando a las puertas.

A partir de ahí, la vivienda permaneció cerrada con llave a todas horas como si de Alcatraz se tratara.

Desde el primer día, Francisco se obsesionó con lo que fue su trabajo, a cualquier hora, en cualquier momento. Todo pasaba por estar en una obra, colocando azulejos, levantando un muro o preparando la arena y el cemento para el hormigón. De ahí que Carmen optara por comprar algunos juguetes de plástico que simulaban los materiales. A él lo mantendría activo y entretenido y a ella le daba algo de tiempo y respiro.

Las noches empezaron a mejorar cuando el médico le prescribió quetiapina, un principio activo antipsicótico que actúa directamente en el sistema nervioso.

Aun así, Carmen, como cuidadora principal, comenzó a padecer el síndrome de sobrecarga del cuidador, un estado de agotamiento, tanto emocional como físico, que experimentan las personas que dedican gran parte de su tiempo al cuidado de una persona dependiente, además de, según ella, “no haber asimilado aún lo ocurrido”, algo que trajo consecuencias. Pasó varias veces por el hospital, perdió más de 20 kilos en un año, sufre dolores de huesos cada vez mayores y tiene que consumir ansiolíticos y antidepresivos, un cúmulo de elementos que hicieron que dejara de lado su cuidado personal.

El 21 de julio de 2025, Francisco fue valorado por personal de la Agencia de Servicios Sociales y Dependencia, que concedió el tercer grado y el derecho de atención residencial en una resolución del 7 de noviembre de 2025.

Justo un año después de la primera solicitud, el 21 de enero de 2026, Francisco recibió una comunicación por parte de la Junta de Andalucía en la que se le informaba de la concesión de una plaza en un centro para personas mayores.

Esta vez Francisco dejaría de formar parte de una cifra, la de las 258.167 personas que están en lista de espera de la dependencia ―109.260 esperando valoración y 148.907 aguardando los servicios reconocidos― según los datos del Ministerio de Derechos Sociales en el Informe del Observatorio Estatal para la Dependencia a 31 de diciembre de 2025.

El 29 de enero, Francisco comenzó a ser un usuario más del centro de atención residencial para personas mayores Parque Figueroa en Córdoba, un espacio inaugurado en 1979 y, casualmente, un lugar en cuya construcción él participó.

Carmen, pese a lo doloroso de la situación por tener que separarse de Francisco tras toda una vida juntos, parece mejorar. Ellos, Francisco y Carmen, son mis padres.

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