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La pobreza infantil en España, al nivel de Rumania y Bulgaria: uno de cada tres niños está en riesgo de exclusión

Tener hijos multiplica el riesgo de caer en la pobreza, que se dispara en familias monoparentales, migrantes y numerosas: “Voy arrastrando deudas y siempre tengo esa angustia”

Pastora Ndong, este miércoles en la localidad madrileña de Alcalá de Henares.Andrea Comas

Pastora Ndong tiene 39 años y está agotada. “Todos los meses voy arrastrando deudas y siempre tengo esa angustia”, dice esta madre de seis hijos, de seis a 23 años, el pequeño de ellos con autismo y grandes necesidades de apoyo. Procede de Guinea Ecuatorial y vive en España desde hace 21 años. Cinco hijos viven con ella y dependen exclusivamente de sus ingresos. Esa angustia de saber que el alquiler se lleva casi el 60% de su presupuesto, de ir contando euro a euro, de pasarse el día corriendo para llegar a todo y sentir, sin embargo, que no llega a casi nada, amainó un poco el pasado agosto, cuando la despidieron de su trabajo y comenzó a cobrar el paro. Ahí hasta respiró, quién se lo iba a decir. Por primera vez tiene tiempo para cuidar. Aunque sigue haciendo encaje de bolillos para que haya comida en la nevera.

La pobreza infantil es estructural en España. Pese a ser una de las principales economías de la Unión Europea, está entre los peores datos del club comunitario, al nivel de países como Rumania y Bulgaria. En los últimos años, además, mientras las cifras para el conjunto de la población mejoraban, seguían empeorando para la infancia. “Tener niños es casi una garantía de entrar en estado de incertidumbre. En cuanto hay una crisis económica, estos hogares son los primeros que salen disparados a una situación de pobreza, y los últimos que se recuperan”, expone Ricardo Ibarra, director de la Plataforma de Infancia, que aglutina a las principales organizaciones del sector y que este jueves ha presentado un informe analizando los últimos datos oficiales, del INE. En 2025, al fin, se ha registrado una mejora de los indicadores. Pero las cifras siguen siendo altísimas: uno de cada tres niños y adolescentes está en riesgo de pobreza o exclusión.

Son 2,6 millones de menores que crecen con muchas desventajas respecto al resto de la población. Los datos son siempre peores para las familias con niños. El informe constata además que la leve mejoría del año pasado no está llegando igual a todos y que está dejando atrás precisamente a los más vulnerables, aquellos que viven en hogares monoparentales, en familias numerosas o la infancia migrante. “Cada vez la pobreza es más persistente y crónica, más estructural para algunos grupos”, expone Ibarra.

Tres factores que se dan en la familia de Ndong. Los cinco hijos que viven con ella están estudiando y dos son ya mayores de edad. Emigró a España embarazada y, después de idas y venidas, pudo regularizar su situación y traer al país a los dos niños que tenía por entonces, que estaban en su Bata natal. Pasó por hostelería, almacén, limpieza. Lo que hiciera falta.

Llegó un momento en el que no podía afrontar los gastos y sus hijos empezaron a turnarse, unos yendo a clase por la mañana y otros por la tarde, para poder cuidar siempre del pequeño mientras ella trabajaba, incluso hasta la madrugada. Tenían “falta de sueño, depresión”, afirma su madre. Dice que no hablan mucho, “pero se les nota”. “Quisiera que tengan una infancia”, lamenta. “En el colegio me machacaban con que los niños no tienen que cuidar a otros niños”, recuerda, y añade: “Yo les decía que no puedo hacer otra cosa porque me la pasaba fuera. Si ellos mismos no se apañan en casa, ¿cómo llegamos a fin de mes? No llegamos”.

Y no llegan. Entre el paro, la ayuda por dependencia y el ingreso mínimo vital, ingresan 1.650 euros, pero rápidamente se esfuman 950 para el alquiler de un cuarto piso sin ascensor en la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Con 700 euros, seis personas tienen que comer, afrontar todas las facturas, transporte, ropa, gastos educativos. “Dos llevan lentes, aparte de los míos. A veces tengo que hacer cuotas para pagarlos. Algunos tienen problemas bucales y hay muchas cosas que no cubre la Seguridad Social. Tengo mucho que comprar, mucho que pagar”.

Así se pasa la vida, haciendo cuentas mentalmente. Quitando de un sitio y poniendo en otro. Si no fuera por las ayudas, la situación sería aún peor. Dispone de una tarjeta monedero para el supermercado: 220 euros. Y, además de soportes puntuales de Cruz Roja, participa en su programa para madres solteras. “Hay un curso los miércoles, ahí soy yo misma. Hay mamás contando historias”, dice. “Una se queda como relajada. Ves su situación y concluyes que no eres la única”.

Ni mucho menos lo es. Estar en riesgo de pobreza o exclusión social implica cumplir, al menos, uno de estos tres requisitos: tener baja intensidad de empleo, carencia material y social severa —que significa tener siete limitaciones de una lista de 13, que incluye retrasos en los pagos de la vivienda y no poder mantenerla a una temperatura adecuada, por ejemplo— y riesgo de pobreza.

En 2025, el 25,5% de la población estaba en esta situación. Una cifra que para la infancia se eleva al 33,2% (pese a que sean 0,9 puntos menos que en 2024). Pero el dato se dispara para las familias monoparentales hasta el 50,8%; hasta el 67,5% para la infancia con padres o madres de origen extranjero; hasta el 68,2% para los hogares con más de tres hijos. Para estos tres grupos de población, lejos de mejorar, el año pasado las cifras empeoraron, según se destaca en el informe.

El estudio hace una radiografía en clave de infancia. Pese a que los principales indicadores mejoran, el punto de partida era muy malo y “no debemos lanzar las campanas al vuelo”, afirma Ibarra. El 28,4% de los niños y adolescentes están en riesgo de pobreza. Esto quiere decir que cuentan con bajos ingresos respecto al resto de la población (menos del 60% de la mediana de renta del país, teniendo en cuenta el tamaño de los hogares). Para una familia de dos adultos y dos niños, esto quiere decir contar con menos de 25.662 euros al año. “En 2024 tuvimos la cifra más alta de la UE y probablemente siga siendo la más alta en 2025, cuando conozcamos todos los datos. A este ritmo de descenso, necesitaríamos 12 años más para estar en la media europea, que se sitúa en el 19,3%”, prosigue.

Pero, si se restringe más este umbral y se mide lo que se conoce como pobreza severa (fijada en el 40% de la mediana de renta), la foto no es menos dramática: uno de cada 10 niños vive en un hogar en esta situación. Para familias monoparentales, la cifra escala a uno de cada cinco.

En cada indicador se ve una brecha entre quienes tienen niños y quienes no. “Al no haber una política pública que compense el coste que supone tener hijos, que son unos 680 euros al mes de media, esos hogares tienen que asumir muchísimos más gastos. Por eso queremos que exista una prestación universal como la que ha planteado el Gobierno”, sostiene Ibarra. También propone la mejora de ayudas focalizadas, como el ingreso mínimo vital o el complemento de infancia, “al que no acceden siete de cada 10 familias que tendrían derecho a ello”, y “otras responsabilidades de las comunidades autónomas, como cubrir los comedores escolares o la guardería”.

La realidad es que ya ni siquiera contar con un trabajo es garantía de estar en buena situación. Uno de cada cuatro niños o adolescentes vive en una casa en la que al menos uno de sus miembros tiene empleo. Y la vivienda es un factor clave, que “está modificando la distribución territorial de la pobreza”, que se está aumentando en áreas de densidad media y disminuyendo en las grandes ciudades, lo cual “indica un desplazamiento de familias hacia zonas con vivienda más asequible”, destaca la Plataforma de Infancia en un comunicado.

Ndong lo sabe bien. Mantener la casa es su principal prioridad. Está en lista de espera para una vivienda social, pero el parque público es muy limitado. Así que toca esperar. Carlos Chana, responsable de los programas de infancia de Cruz Roja, destaca que se ha avanzado “respecto a la estabilidad laboral y se ha mejorado el salario mínimo, pero el problema está en dedicar entre el 70% y el 80% de los ingresos a mantener la vivienda”. Entre el alquiler y los gastos básicos, Ndong se acerca a ese porcentaje.

“Nos dicen que hay cosas que no debemos decir a los niños porque los traumatizan, no tienen que saber que hay mucha escasez, problemas. Yo les explico la situación, que es lo que hay, que intentemos colaborar, ahorrar”, explica. Lograr un empleo con un horario que le permita atender a sus hijos, especialmente al pequeño, es muy difícil. Ahora, por primera vez, tiene tiempo para él, incluso también para cuidarse a sí misma, aunque sea solo un poco. Pero sabe que necesita un trabajo. Por mucho que eso implique volver al cansancio, a la ansiedad, a faltar a las citas médicas. En diciembre se acaba la prestación por desempleo. Adiós al respiro.

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