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Perder a una madre y a una hija por violencia machista: “La sociedad no es capaz de empatizar con este infierno”

Elena Valenciano y Soraya Rodríguez acaban de publicar ‘Después del minuto de silencio’, un libro en el que entrevistan a los familiares de siete víctimas

Soraya Rodríguez y Elena Valenciano en el Hotel Santo Mauro, en Madrid, el 20 de febrero de 2026.Álvaro García

La mañana que Elena Valenciano y Soraya Rodríguez se sientan para esta entrevista es viernes 20 de febrero y son las 12 de la mañana. Ambas tienen delante el libro que acaban de publicar, Después del minuto de silencio. Hablan las familias víctimas de la violencia machista (La esfera de los libros). Tres madres, un padre, un hermano, una hermana y un hijo de mujeres a las que un día mataron sus maridos, parejas o exnovios.

Ahí está Blanca, dice Valenciano, “la madre que un día a las ocho de la tarde abrió la puerta de casa y dos policías le preguntaron si tenía una hija en Bruselas, le dieron un papel con un número y le dijeron que llamara a ese teléfono de la policía belga” y cuando lo hizo supo que el ex de Teresa había ido a visitarla y como ella no quiso volver con él, le dio 102 cuchilladas, la mayoría en la cara. Rodríguez recuerda al padre que “para ir a algunos lugares del pueblo en el que vive tiene que pasar por la calle, por el trozo exacto de calle donde el ex de su hija la asesinó” y hacia la que corrió solo para verla tirada en el suelo porque alguien le dijo “acaban de apuñalar a tu hija” dos minutos después de que pasara.

El capítulo cuatro es el hijo de 24 años que un día recibió la llamada del ex de su madre para decirle que le hacía mucho daño ver a Sesé con su nueva pareja y al día siguiente recibió otra para avisarle de que ese hombre había hecho estallar su casa con su madre dentro y desde ese instante Joshua tuvo que hacerse cargo de su hermano de 7 años. Y el último es el de Antonia: con 13 años fue al entierro de su madre, a la que no recuerda ver sin heridas, morados o huesos rotos, y con 53 al de su hija, inflada a golpes por su ex en el portal el día que pidió el divorcio.

No son relatos sacados de atestados ni condenas. Son las palabras que esas personas, un día, decidieron contar a Valenciano (Madrid, 65 años) y Rodríguez (Valladolid, 62 años) después de que ellas, un día, las llamaran para convencerlas de que eso que habían tenido siempre guardado “era importante para que la sociedad pueda entender de verdad qué significa esta violencia”.

Ambas han ocupado multitud de cargos en el PSOE ―la vallisoletana también con Ciudadanos―, han sido parlamentarias y europarlamentarias. En 2012, Valenciano fue la primera mujer elegida vicesecretaria general del PSOE y Rodríguez la primera portavoz socialista en el Congreso. Valenciano es ahora presidenta de la Fundación Mujeres y ha dedicado su vida profesional a la política exterior y la defensa de los derechos humanos; también Rodríguez, que empezó a trabajar como abogada en la primera casa de acogida a mujeres maltratas de Valladolid y formó parte de la comisión de Igualdad que redactó, “y peleó” la primera directiva europea contra la violencia machista, de 2024.

Recuerdan que hace tres décadas, cuando eran seis en una plaza para condenar un asesinato, pensaban que “cuando eso fuese noticia todo cambiaría”. Y lo ha hecho. “La legislación y el sistema de protección a las mujeres, solo faltaría”, apunta Valenciano. “Pero no tanto como para no darnos cuenta de que hay que hablar de esto más” de lo que jamás pensaron porque, dicen, “la sociedad no es capaz de empatizar con este infierno”. Señalan que “en el índice de preocupaciones de la sociedad española, solo el 1,9% piensa que esto es un problema serio”.

Creen que quizás haga falta siempre poner un nombre: “Saber que detrás de esa mujer asesinada hay una vida y muchas otras que se quedan después, que van a llevar ese asesinato para siempre consigo”. Tienen en la cabeza a la sociedad y también a las instituciones. Al final de cada capítulo hay un apartado que analiza los múltiples problemas que tienen que intentar sortear las mujeres cuando aún están vivas y las familias después, cuando ya no, y como bien pueden “porque ni siquiera son capaces de saber lo que está pasando”.

Valenciano nombra a Lobna: “Se había mudado desde Marruecos a Pozuelo hacía 11 años. Pozuelo, Madrid, siglo XXI, en una situación de esclavitud total. Limpiaba casas, paría hijos de las violaciones de su marido, no hablaba español y volvía a esa casa una y otra vez. A nadie le importó”. Cuando ya un día, delante de la policía, denunció y le hicieron la valoración del peligro que corría, la calificaron como riesgo bajo: “Riesgo bajo a una mujer víctima de una violencia tan brutal, en shock, con un conocimiento del idioma precario, contestando a un cuestionario que es además binario, sí o no, sin traductor, y con una vergüenza enorme”.

Rodríguez habla de David, el hermano de Sonia. Su marido la mató el domingo 10 de marzo de 2013 mientras dormía al volver del turno de noche en el Hospital de Aranjuez. Ella se quería separar y él le pegó un tiro y llamó al 112 para decir que su mujer se había suicidado: “Tuvo que aguantar esa mentira durante dos meses de investigación. Esos meses su sobrina, muy pequeña, estuvo con el asesino”. A David y a su mujer les costó muchos meses, y dinero en abogados, como ocurre a todas las familias, pelear no solo por la tutela de esa niña sino por retirarle la patria potestad al asesino de su madre.

Valenciano y Rodríguez dudaron si todo eso “no iba a ser demasiado duro”. Lo duro no es el libro. Lo es la realidad. “Es brutal, es bestia, ¿cómo somos capaces de asumirla con esta naturalidad?”, una pregunta retórica que comparten ambas antes de decir “que el estigma y por lo tanto el silencio que recae sobre las propias víctimas lo hace también sobre las familias”.

Las dos saben que “ese silencio es el que ha ayudado a perpetuar siempre la violencia” y que tiene que ver con dos cuestiones que recorren todos los relatos. La primera, “la culpa, la puta culpa” que se llama uno de los apartados y que sienten las familias cada vez que se preguntan la segunda: ese cómo no lo vieron venir, si podrían haber hecho algo, por qué no hicieron algo.

“El único responsable es el asesino”, recuerdan ambas. “¿Pero sabes por qué una se acaba haciendo esas preguntas?. Porque no creemos que va con nosotros”. La mañana que Valenciano dice eso hacía tres horas y media que se sabía que un hombre había matado a su hijo de 10 años y herido de gravedad a su mujer en Tenerife. Faltaban tres horas y 50 minutos para que una jueza decretara prisión provisional comunicada y sin fianza para el hombre que se había saltado una orden de alejamiento y asesinado a su expareja y a su hija de 12 años en Xilxes tres días antes; y en diez horas y media se conocería que esa misma tarde otro hombre había acuchillado a su mujer en la localidad navarra de Sarriguren.

En las primeras informaciones sobre crímenes machistas casi nunca hay nombres. Dice Valenciano que “incluso cuando se conocen, son eso, nombres, números en las estadísticas. De otras personas: otra madre, otra hermana, otra nieta”. Nunca nadie piensa que esa madre, hermana, nieta, pueda ser la suya. Siempre son las de otras personas. Rodríguez piensa que quizás “nos negamos a asumir esa posibilidad”. Pero está ahí. Está ahí cada día y un poco de esos días es lo que ellas han recogido en Después del minuto de silencio.

El teléfono 016 atiende a las víctimas de violencia machista, a sus familias y a su entorno las 24 horas del día, todos los días del año, en 53 idiomas diferentes. El número no queda registrado en la factura telefónica, pero hay que borrar la llamada del dispositivo. También se puede contactar a través del correo electrónico 016-online@igualdad.gob.es y por WhatsApp en el número 600 000 016. Los menores pueden dirigirse al teléfono de la Fundación ANAR 900 20 20 10. Si es una situación de emergencia, se puede llamar al 112 o a los teléfonos de la Policía Nacional (091) y de la Guardia Civil (062). Y en caso de no poder llamar, se puede recurrir a la aplicación ALERTCOPS, desde la que se envía una señal de alerta a la Policía con geolocalización.

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