El fracaso en la lucha contra la hipertensión: no avisa, no duele, causa ictus, infartos, demencias y 46.000 muertes al año
Un tercio de los 10 millones de personas que padecen la enfermedad en España no la tiene bajo control, a menudo porque ni siquiera es consciente de que la sufren


Existen un centenar de formas para tratar la hipertensión, pero solo un tercio de quienes la padecen la tiene controlada. El resto camina cada día con una bomba de relojería silenciosa en las arterias. No avisa, no duele, y es la mayor causante de enfermedades cardiovasculares, que a su vez son las que más morbimortalidad producen: está detrás de infartos, de ictus, de demencias. En España afecta a diez millones de adultos y causa 46.000 muertes al año que podrían haberse evitado, según datos de la Sociedad Española de Cardiología (SEC).
Como todas las enfermedades causadas por los malos hábitos de vida ―y la hipertensión lo es en la gran mayoría de las ocasiones―, la solución parece sencilla: cambiar esos hábitos, lo que pasaría por reducir la sal, las grasas nocivas, hacer dieta mediterránea, ejercicio físico, evitar el estrés. En la práctica, el estilo de vida saludable funciona individualmente a quien lo consigue practicar, pero se ha mostrado muy complicado generalizarlo a toda la población.
Como dice el cardiólogo José Abellán, que divulga de salud en redes sociales, “el sistema no está pensado para la prevención”. La mayoría de los médicos no tiene el suficiente tiempo para pautar y seguir estos estilos de vida. Lo más frecuente es pasar a la segunda opción: las pastillas. Pero tampoco se está mostrado del todo eficaz. Aunque el porcentaje de pacientes controlados (hipertensos que consiguen mantener la presión en niveles saludables) ha aumentado en las últimas décadas en España, está muy lejos de llegar a cifras óptimas.
La Sociedad Española de Hipertensión (SEHLELHA) tiene como objetivo antes de acabar la década duplicar el porcentaje, del 30% de pacientes controlados al 60%, un guarismo tremendamente ambicioso, pero al que pueden ayudar nuevos medicamentos. Algunos de estos fármacos se han presentado en el Congreso Mundial de Cardiología, que se está celebrando este fin de semana en Madrid. Hay dos muy avanzados que son prometedores (Baxdrostad y Zilebesiran), y se suman a la familia de los agonistas del receptor de GLP-1 (como el Ozempic) que están dando muy buenos resultados porque, al bajar el peso, lo hace también de forma casi lineal la presión.
Pero no hay balas de plata. Incluso con fármacos eficaces, que ya los hay, siete millones personas en España ―lo que representa un porcentaje similar al que se calcula en el resto del mundo― vive con la tensión descontrolada. Probablemente, sean más, porque este cálculo se hizo cuando los valores máximos de referencia eran 140 milímetros de mercurio de máxima y 90 de mínima, pero los últimos estudios han revelado que el riesgo sube significativamente por encima de 130/80 y el verano pasado las guías europeas rebajaron los umbrales, que se ajustan en función de algunas características concretas del sujeto. Con esta revisión, a buen seguro que el número de personas consideradas hipertensas ha subido, aunque no está claro cuánto. Como norma general, lo sano es mantenerla en torno a 120/70.
¿Cuál es el problema? Obviando el principal, que es la falta de prevención, hay varios. Más de media docena de cardiólogos y médicos especialistas en hipertensión consultados por este diario coinciden en esencia con la respuesta que da Rosa Maria Bruno, del European Hospital Georges Pompidou, de París: “El principal obstáculo es que al ser una enfermedad silenciosa, la mitad de las personas hipertensas no saben que los son. El segundo es que, incluso una vez diagnosticado, no es fácil que sigan el tratamiento de por vida para una enfermedad asintomática [salvo fuertes picos, que sí pueden manifestarse en forma de mareos, dolor de cabeza]. Existe un problema de adherencia. Y luego hay una minoría de pacientes a los que les resulta particularmente difícil controlar la hipertensión, y en las que ni siquiera la terapia múltiple estándar, bien administrada, logra controlarla”.
Lo primero que habría que hacer es localizar a esos hipertensos que no conocen su condición para que fueran conscientes y tomasen medidas. Carlos Escobar, miembro de la SEC, cree que igual que a partir de los 50 años se recibe un aviso para un cribado de cáncer de colon por medio de la sangre oculta en heces, igual que existen revisiones para el cáncer de cérvix y mama en mujeres, debería haber un aviso para medir la presión arterial. “Deberían mandar una carta a toda la población recomendando tomarla cada tres años en sujetos menores de 40 años y anualmente en mayores”, sostiene.
El segundo paso sería tomar la tensión bien, algo que raramente se hace, según José Antonio García Donaire, presidente de la SEHLELHA. “No es como el colesterol, que da una medida en un análisis de sangre. La situación cuando se toma influye mucho: la psicológica, si has comido más sal en los últimos días, si has ganado peso, que el aparato sea adecuado, que el paciente no se mueva. Influye si te haces pis, si has fumado en los últimos 15 minutos. Tampoco se sabe que hay que medir tres veces consecutivas y quedarse con media de las dos últimas. Muchos médicos no saben que no vale una sola medida para considerar a una persona hipertensa. Si es necesario se puede recurrir a un aparato llamado MAPA, que se lleva durante todo el día y da una medida más precisa”, señala García Donaire.
Una vez detectada la hipertensión, lo ideal es modificarla con cambios en el estilo de vida. En la clínica donde trabajaba Abellán, el 70% de los pacientes lograban hacerlo así. Pero esto requiere un seguimiento y una implicación tanto del paciente como del médico que no siempre son posibles. Y solo funciona en las primeras fases. Llega un momento en el que las arterias están tan deterioradas que ya es demasiado tarde para revertir la condición con cambio de hábitos.
Para entender por qué, Abellán explica qué es la hipertensión: “Las arterias no son tubos estáticos que llevan sangre. Son elásticas. Se distienden y hacen más grandes en la sístole para almacenar sangre, y cuando el corazón no bombea vuelven a su posición original para impulsar la sangre, la exprimen. Los malos hábitos enferman las arterias, dejan de ser un órgano vivo y se endurecen. Dejan de hacer su función de distenderse y volver a su posición”. Llegado un punto en ese endurecimiento, no hay forma de revertirlo y controlar la hipertensión sin fármacos.
Los medicamentos que existen, a veces en combinación de varios, también mezclados con diuréticos, pueden dar muy buenos resultados si se dan dos condiciones: se encuentra la combinación adecuada y quien los toma sigue la pauta. Y esto no es solo responsabilidad del paciente. “Muchas veces no explicamos bien las cosas”, reconoce García Donaire. “Tiene que saber por qué toma cada mediación, no solo dársela en un papel. Y también que tiene que cambiar hábitos; los fármacos por sí solos no son suficiente”, continúa.
Bruno insiste en la sal. “Un consumo elevado no solo aumenta la presión arterial, sino que reduce la eficacia de los medicamentos habituales. Rebajándola se pueden reducir 20 milímetros de mercurio, que es muchísimo”, explica. El problema es que la mayoría está “escondida”. Se consume sobre todo en la comida procesada y en la de los restaurantes. La sal de mesa que se añade en la cocina no solo no suele ser un problema, sino que en cierta cantidad es recomendable. El sodio, en su justa medida, es imprescindible para la vida.
Nuevos medicamentos
La esperanza contra la hipertensión está en una gama de nuevos medicamentos. Miguel Ángel María Tablado, coordinador del grupo de trabajo de Hipertensión de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) cree que, por un lado están los fármacos de la familia del Ozempic, que además del adelgazamiento disminuyen la tensión: “Muchas veces desaparece y estamos viendo cómo en ocasiones pacientes crónicos que tomaban uno o dos fármacos para la hipertensión, pueden dejar de tomarlos”. En los próximos años viene lo que García Donaire califica como una “revolución brutal” en torno a estas moléculas.
Por otro lado, están los dos fármacos antes mencionados que pueden suponer un avance. El más avanzado es el Baxdrostad, desarrollado por Astrazeneca, que dio ayer resultados en el Congreso Mundial de Cardiología de su última fase en miles de pacientes resistentes al tratamiento en los que se consiguió reducir significativamente la presión.
Bryan Williams, profesor del University College London que participó en el ensayo, explica a EL PAÍS que gran parte de la industria creyó que el problema de la hipertensión era solucionable con las terapias existentes. “Pero pronto se hizo evidente que, en realidad, más de la mitad de las personas que reciben tratamiento nunca alcanzan los objetivos de presión arterial recomendados”, señala.
El Baxdrostad aborda el problema a través de un mecanismo de acción diferente de los que se usaban hasta ahora. Inhibe una enzima que produce aldosterona, el principal regulador de la cantidad de sal que el cuerpo retiene. “Al bloquear su producción, se puede reducir eficazmente la presión arterial mediante el mecanismo fundamental por el cual se elevó originalmente. Ha sido un proceso fascinante, ya que inhibir esa enzima ha demostrado ser bastante difícil sin bloquear otras, y ahora que se ha logrado, lo que abre la oportunidad de tratar la presión arterial de una manera completamente diferente”, recalca Williams, que cree que si todo va bien, en 12 meses el fármaco podría estar en el mercado.
Los resultados del Zilebesiran, desarrollado por Roche y Alnylam, se presentan este domingo, pero están en una fase previa, la II, por lo que todavía no se sabe su eficacia exacta. Actúa inhibiendo la síntesis de angiotensinógeno, una de las hormonas que fabrica el hígado para regular la tensión arterial. La gran ventaja es subcutáneo y solo hay que inyectarlo una vez cada seis meses, lo que supondría un enorme avance en los problemas de adherencia al tratamiento que presentan muchos pacientes.
No está de más volver a recordar que antes de recurrir a los fármacos, incluso antes de llegar a la hipertensión, debería tratarse día a día, en cada comida, en las horas de movimiento, de ejercicio y de descanso. Esto, subraya Bruno, no es igual de fácil para todo el mundo y depende mucho del contexto social: “Puede ser más difícil en ciertos barrios, influye la alfabetización en salud, los recursos para hacer deporte, el tiempo, el acceso a la atención médica. Así pues, no se trata solo de la dieta ni del estilo de vida, sino de la sociedad misma, que debe cambiar para mejorar el control de la presión arterial”.
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