Clara Nuño: “Tu valor como persona no tiene nada que ver con tus genitales”
La periodista debuta en la narrativa con ‘Las niñas bonitas no pagan dinero’, una atrevida y mordaz reflexión sobre la belleza y sus presiones en las mujeres jóvenes de su generación

Los lugares comunes que habitan las mujeres, las presiones sociales y estéticas con las que crecemos desde que somos niñas, las violencias compartidas y transmitidas de generación en generación, cómo nos miramos, o más bien, nos custodiamos constantemente a nosotras mismas para que cada cosa esté en su lugar, para que no se nos note nada de lo que llevamos por dentro, el cansancio, el sufrimiento, la tristeza, el dolor, el placer, los años. Cómo, en el fondo, no hemos cambiado tanto respecto a las mujeres que nos precedieron. Cómo la sociedad, antes el entorno familiar, social y educativo, y ahora también las redes sociales y sus abismos, nos aboca a una búsqueda insaciable de la belleza y el deseo, de aprobación y validación. La constante necesidad de agradar, de sentirnos deseadas y amadas, el profundo miedo al rechazo. La belleza como un arma de doble filo. Y la vida a pesar de ello. Todo esto está en Las niñas bonitas no pagan dinero (Aguilar), la primera novela de Clara Nuño (Burgos, 1996), un audaz viaje a la madurez desde la ficción.

Pregunta. Empiezo un poco por el final. Cuentas que te pidieron que escribieras un libro sobre la belleza. “Sobre la belleza y las chicas y esa carrera que nunca termina y que nos deja a todas con la lengua fuera”…
Respuesta. El libro surgió a raíz de un reportaje que hice sobre la democratización de la cirugía estética en mujeres menores de treinta. Me dejaron hacer un reportaje que jugara con la primera persona. O sea, ir yo a una clínica de una cadena conocida y ver qué me querían vender, ver si me seducían. Fue ahí cuando, quien después se convertiría mi editora, me llamó para tomar un café y me dijo que quería que escribiera un libro sobre la belleza y sus presiones en el mundo de hoy en las mujeres jóvenes, en mi generación. Sobre la belleza se ha escrito muchísimo. Al final, es una de las grandes obsesiones del ser humano, junto con la juventud que se escapa (que viene a ser lo mismo), y yo no me veo capacitada de añadir algo nuevo en el plano de lo teórico, del pensamiento. Pero sí en la narrativa. La literatura te permite llegar a lugares que no puedes alcanzar de otra forma.
P. Citas a Susan Sontag y su ensayo Sobre la fotografía, una de las reflexiones más brillantes sobre la que hasta hoy ha sido nuestra sociedad de la imagen. En el fondo, creo que la novela va de eso, de cómo dependemos de las imágenes, de los ideales estéticos que estas construyen, de cómo vives atravesada por la mirada cuando eres mujer, de cómo nos miramos, o como dices, nos “custodiamos” constantemente a nosotras mismas, de cómo nos afecta la mirada del otro…
R. Sontag escribió Sobre la fotografía en los setenta e hizo una radiografía muy precisa de lo que acabaría siendo primero Instagram y después TikTok. Nadie que haya venido detrás ha sido capaz de escribir sobre esto mejor que ella. Nadie. Y ni siquiera llegó a vislumbrar el nacimiento de las redes sociales. Es fascinante. Nunca nos hemos mirado tanto como ahora. No miramos al que tenemos enfrente, nos miramos a nosotros mismos. Todo el rato. Mi cara, mi cuerpo, mi culo, mis tetas. Yo. Y ahí, ya sí, comparas. Ya no con el otro, sino con la versión mejorada de ti que te ofrecen las redes y sus abismos. Y eso tiene consecuencias, claro. Para todos. No solo para las mujeres. Nosotras, simplemente, estamos en la primera línea de fuego. Un fuego que, a menudo, abrimos las unas sobre las otras. Aunque sea sin querer.
P. La novela es una suerte de coming-of-age a través de la que cuentas todas esas presiones sociales y estéticas que tenemos las mujeres desde que somos niñas…
R. Las presiones, o el fondo de estas, son siempre las mismas. Llevan siglos siendo así. Cambian los actores y los métodos. Pero el cuento siempre es el mismo. El problema es ese, que es, que ninguna nos libramos sea cual sea la época o la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Siempre está ahí, aunque sea de fondo. Aunque una tenga suerte y haya nacido en un momento y en un lugar afortunado en el que te puedes permitir ser algo más que la idea de una mujer. Las mujeres vivimos arrasadas a nivel estético, aunque muchas veces no nos damos cuenta porque lo tenemos asumido y, sobre todo, porque somos animales adaptativos. Al final, hay que vivir. Al final, siempre vivimos. Y yo quería escribir sobre la vida. La vida a pesar de. La persecución constante de la belleza, del deseo, es simplemente el hilo conductor de esta historia.
P. En el caso de la narradora y protagonista, nacida a finales de los noventa, esas presiones proceden del entorno familiar, social y educativo, de las realidades en las que una crece, y después de las redes sociales. ¿Cómo crees que están afectando o pueden afectar las redes sociales y la inteligencia artificial a las niñas de hoy?
R. La tecnología también tiende a usarse como arma para humillar y acallar a las mujeres. Solo hay que ver lo que ocurrió hace poco con Grok la IA de X, que muchos usuarios usaron para desnudar a mujeres en internet sin su consentimiento. También está el tema de los deepfakes en el porno. La cosa es que ahora se hace con todo el mundo, con la gente de a pie, porque no necesitas ninguna habilidad en especial. Tan solo pedírselo a la IA. Y, para esto, las adolescentes son carne de cañón. Ya ha salido alguna noticia de chavales de instituto que acosaban a compañeras creando vídeos falsos sobre ellas. Y el impacto que eso puede tener en una cría es enorme. Además, no hay que olvidar que la tecnología no es neutral, nada lo es. No es casualidad que los humanoides generados por algoritmos sean todos mujeres. Mujeres guapísimas y jovencísimas, veinteañeras. Mujeres que no son tal porque les falta una cosa muy importante: voluntad. Que puedan decir que no.
P. En relación a lo que decías de que ninguna nos libramos de estas presiones, hablas de las relaciones maternofiliales, de los miedos y los deseos heredados, de las violencias compartidas y transmitidas de generación en generación de mujeres, también de lo que nuestras abuelas y nuestras madres no pudieron ser o hacer pero nosotras sí. ¿Hemos cambiado respecto a ellas?
R. No lo creo. Cambian nuestras circunstancias y alguna cosilla que se deja atrás hasta que el viento vuelva a soplar en su dirección y se recupere, pero nada más. En esta vida hay tantas cosas que dependen del contexto. No es lo mismo nacer en España que en Afganistán. O en Corea del Sur, por ejemplo, donde el culto a la belleza, a esas pieles cristalinas, es militar, asfixiante. Hay mucha violencia detrás de su belleza perfecta. Tan sólo hay que mirar qué hay detrás de los suicidios de los idols del K-Pop. Tan guapas, tan guapos ellos. Tendemos a reproducir lo que se ha hecho con nosotros. Nuestra madre hace lo que hizo la suya con ella, adaptado al momento a su personalidad concreta, pero es un acto reflejo. Muchas veces un acto de amor, porque creen que si comes menos no vas a engordar, vas a tener un cuerpo más bonito, aunque pases un pelín de hambre. Y se hace con la mejor intención del mundo. Pero todos sabemos que el amor puede ser tóxico.

P. En la novela muestras la belleza y el cuerpo como un poder contradictorio, como fuente de placer y también dolor, de liberación y condena…
R. Hay una cita de Clarice Lispector que creo que resume bastante bien el baile entre el poder y la condena de la belleza: “¿Soy un monstruo o es esto ser una persona?”. Ella era una mujer guapísima y lo sabía, como lo sabe todo el mundo que lo es, y jugaba con ello. Es un arma de doble filo, claro. Te van a tratar distinto. Si eres lista, te servirá para llegar a muchos lugares. Si no tienes cuidado, abusarán de ti. Si la belleza no viene sola, si la fuerzas, vas a sufrir. Te vas a torturar, te vas a mutilar y puede que no llegues a tu objetivo porque te quedes corta o porque siempre vas a querer más y más. Esto es algo que retrata muy bien la película de body horror La hermanastra fea, de Emilie Blichfeldt, que es una reinterpretación del mito de Cenicienta.
P. También hay mucho sexo. La narradora habla sin pudor del tema, pero cuando apareció en su vida también fue motivo de vergüenza y culpa. ¿Crees que las niñas y las adolescentes de hoy siguen viendo y relacionándose del mismo modo con su sexualidad?
R. A la población siempre se la ha dominado doblegando su sexualidad, que no deja de ser parte de su identidad. Ahora, con el auge de la cultura incel y el intento de volver a meter a las mujeres en casa vendiéndolo como un idilio, se habla mucho del body count de las mujeres, que es básicamente a cuántos te has follado, y tú valor decrece en la medida en la que el número aumenta. Las adolescentes que tienen hoy entre 12 y 16 años habitan un mundo hostil. Ser adolescente es hostil por definición y más aún si eres chica. Si tuviera que darles un mensaje a las chavalillas de hoy les diría que se acuesten (con protección) con quien les dé la gana y cuando les dé la gana. Hombres, mujeres, ambos. Que no hay nada de malo en dar y recibir placer. Que la sexualidad marca eso, el disfrute. Que tu valor como persona no tiene nada que ver con tus genitales.
P. Terminas con una cita muy bonita de E.L. Doctorow: “Escribir es como conducir de noche en la niebla. Solo puedes ver hasta donde llegan los faros, pero puedes hacer todo el viaje así”. ¿Viste algo al final del viaje? ¿A qué lugares llegaste con esta novela?
R. Vi que podía escribir, que lo había conseguido. Porque las cosas que cuentan son las que haces, no las que dices. Y yo llevaba tanto tiempo diciendo que quería escribir una novela, pero estaba atascada. Comenzaba mil ideas con mucho brío y luego las dejaba aparcadas en un cajón. Pero nunca he pasado de ahí hasta ahora. Y lo he disfrutado muchísimo, aunque también he vivido vicariamente a través de mis personajes durante los meses de escritura. Ahora comprendo muchas cosas que he oído decir a escritores y que miraba con suspicacia. Con este relato siento que, por fin, he quitado un tapón. Me he liberado. Siento que voy a poder escribir las historias que llevo años dibujando en mi imaginación. Poco a poco, sí, como un coche que recorre una carretera a tientas. La vida, las horas, van a pasar igual. Depende de ti que hagas algo con ellas.
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