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Ginnifer Goodwin o cómo convertirse en la actriz más taquillera de Disney haciendo doblaje

La actriz de 46 años da voz a Judy Hopps, la protagonista de la película de animación más taquillera de todos los tiempos en Hollywood. Sin embargo, su éxito en ‘Zootrópolis 2’ no se ha visto reflejado en una fama reconocible ni en el estatus de celebridad que otras intérpretes sí alcanzaron

La actriz Ginnifer Goodwin.Kristina Bumphrey (Variety via Getty Images)

La factoría Disney ha sido desde siempre una máquina infalible para fabricar estrellas reconocibles, influyentes y generacionales. En los últimos años, Miley Cyrus o Selena Gomez convirtieron series infantiles en el mejor trampolín para conquistar también el escenario global del pop, mientras que otras como Anne Hathaway o Zendaya transformaron su pasado vinculado a la compañía de Mickey Mouse en carreras de prestigio, premios y alfombras rojas. Ser una princesa Disney es hoy garantía de contratos multimillonarios, portadas en revistas de moda, campañas con firmas de lujo y un hueco privilegiado dentro del imaginario cultural colectivo. Sin embargo, hay una excepción llamativa a la regla. La protagonista de la que estos días se alza como la película de animación más taquillera de la historia de Hollywood —con más de 1700 millones de dólares y subiendo— es una actriz a la que muy pocos reconocerían por la calle: Ginnifer Goodwin.

“Siempre fue mi sueño ser una princesa Disney”, admitía hace más de una década esta intérprete de 47 años, que ha cumplido ese anhelo por partida doble. Primero lo hizo en televisión, dando vida a Blancanieves tanto en su versión más clásica e inocente como en su encarnación contemporánea en la serie Érase una vez, que entre 2011 y 2018 explotó con éxito la sinergia con la multinacional al trasladar al mundo real a los personajes de sus cuentos de hadas. Después, Goodwin fue elegida para dar voz y alma a Judy Hopps, la coneja inteligente, entusiasta y de moral inquebrantable de Zootrópolis, convertida desde su estreno en un inesperado fenómeno cultural. Pero ha sido su secuela, estrenada el pasado 28 de noviembre, la que ha batido todos los récords de taquilla y se ha establecido ya como una de las diez películas más lucrativas de la historia del cine.

Ese triunfo como actriz de doblaje no se ha visto replicado en su carrera como intérprete de carne y hueso. En la última década, Goodwin ha intentado sin éxito encontrar una ficción televisiva que iguale la repercusión de Érase una vez, mientras su presencia en el cine comercial se ha ido diluyendo. Natural de Memphis, hija de un músico y de una profesora, sus primeros pasos parecían encaminados a convertirla en una de las grandes promesas de Hollywood. Dio vida a la primera esposa de Johnny Cash en En la cuerda floja –papel que le valió a Reese Witherspoon un Oscar–, trabajó junto a Julia Roberts en La sonrisa de Mona Lisa, formó parte del reparto estelar de Qué les pasa a los hombres y destacó como parte del elenco de la celebrada serie de HBO Big Love.

Todos aquellos papeles compartían una imagen muy concreta: la de una mujer bondadosa, clásica, vulnerable y emocionalmente contenida. Un perfil que durante un tiempo tuvo espacio en la industria, pero que empezó a quedarse atrás frente a personajes femeninos más complejos, afilados o contradictorios, los más demandados por el público y la crítica. Érase una vez terminó por fijar ese encasillamiento. A diferencia de otras actrices de su generación, Goodwin no logró convertir el éxito televisivo en un salto definitivo hacia el estrellato cinematográfico. A ello se sumó una vida personal que reforzaba ese relato casi demasiado perfecto. En 2014 se casó con su compañero de reparto en la serie, el actor Josh Dallas, que interpretaba al Príncipe Encantador, y juntos formaron una familia con dos hijos. Un cuento de hadas moderno que, lejos de impulsar su carrera, pareció jugar en su contra dentro de una industria poco indulgente con las actrices que no encarnan ambición, transformación constante o conflicto público. “Por qué Hollywood no volverá a contratar a Ginnifer Goodwin nunca más”, titulaba sin pudor una conocida web estadounidense en 2019.

Además de priorizar su faceta como madre, hay dos factores que han pesado en su falta de consolidación como estrella. El primero, que sus intentos como protagonista cinematográfica se han saldado, en general, con resultados discretos en taquilla. El segundo, su negativa a aceptar proyectos que no la convenzan plenamente. “Soy de esas personas a las que no les importa no tener dinero. Prefiero hacer teatro en el sótano de una iglesia que algunos de los proyectos de cine y televisión de los que me hablan mis representantes. Me he arruinado un par de veces, pero feliz e íntegra”, declaró en una entrevista con Los Angeles Times.

Graduada con honores en Arte Dramático por la Universidad de Boston y formada posteriormente en Londres, Goodwin ha explicado en varias ocasiones que su vocación nació de una adolescencia difícil. “Soy actriz por un motivo. Si hubiera sido popular en el instituto habría considerado dedicarme a otra carrera. Los chicos populares no querían tener nada que ver conmigo, así que me quedaba sola en mi habitación inventándome personajes”, relató en una ocasión. Durante más de dos décadas, su trayectoria transcurrió al margen de grandes polémicas, hasta que en los últimos años se ha convertido en una de las actrices más vocales de Hollywood en su apoyo al Gobierno de Israel durante el genocidio de Gaza.

Paradójicamente, su consolidación como dobladora llegó tras un rechazo. Antes de Zootrópolis, Goodwin entró en contacto con Disney para poner voz a una de las hermanas protagonistas de Frozen. Superó varias audiciones, pero perdió el papel en la elección final. Años después, tras insistir en su deseo de trabajar con la compañía, recibió una llamada inesperada: embarazada de su primer hijo y vestida con un pijama de Mickey Mouse, le ofrecían participar en un proyecto secreto titulado Zootrópolis. El resto es historia. Pocas intérpretes pueden decir que han dado vida al personaje más rentable de la historia de Disney y menos aún que ese éxito no se haya traducido en fama reconocible. Mientras Judy Hopps se ha convertido en un icono global de perseverancia y rectitud moral, su intérprete permanece en un segundo plano, ajena al star system que la compañía suele fabricar con precisión quirúrgica. La actriz más taquillera de Disney sigue siendo, paradójicamente, una de las menos reconocidas.

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