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La fantasía como resistencia: por qué la alta costura es necesaria en la era del algoritmo

El debut de Jonathan Anderson en Dior y Matthieu Blazy en Chanel coincide en reivindicar los talleres artesanos sin pirotecnia

La modelo española Laura Ponte desfilando el pasado martes, durante la presentación de la colección alta costura primavera-verano 2026 de Chanel.

Tener un taller en París y más de una decena de artesanos en nómina. Presentar al menos 25 diseños hechos a mano y, por supuesto, ser admitido por la Cámara Sindical Francesa, el organismo gubernamental que decide quién es invitado a participar en el calendario. Esos son, a grandes rasgos, los requisitos para que una firma pueda hacer un desfile de alta costura, una denominación protegida por el estado francés. Pero, a partir de ahí, cada firma da su propio sentido a la expresión. La alta costura puede (o debería ser) cualquier cosa hecha a mano con materiales nobles y pericia artesanal, pese a que muchos hoy consideren que ese título solo lo merecen los diseños experimentales o repletos de adornos, los diseños, como suelen decir, “que deben hacer soñar”.

Si hay algo que une los debuts de alta costura de Jonathan Anderson en Dior y de Matthieu Blazy en Chanel es quizás la incursión total en un mundo de fantasía, pero no a golpe de pirotecnia, como acostumbra este sector. Es la primera vez que los diseñadores se acercan a esta forma de crear en la que no hay límites técnicos, ni creativos, ni presupuestarios. La alta costura, que viste a un pequeño porcentaje del 1%, es para el espectador de a pie una representación física del universo imaginario de un diseñador. Un mundo que no existe, del que solo se ve el reflejo platónico, al que asomarse por el ojo de la cerradura de una puerta que solo permite entrar si se deja la realidad en suspenso.

Dior AC primavera-verano 2026.

Jonathan Anderson presentó su visión este lunes en los jardines del Musée Rodin bajo un techo forrado de musgo y ciclámenes una esperadísima y muy aplaudida colección. El ciclamen, la flor del agradecimiento, había sido la elegida por John Galliano para regalársela a Anderson antes de su primer desfile el pasado septiembre. Galliano, el que fuera diseñador de la casa Dior desde 1996 hasta 2011, cuando fue despedido por un escándalo, parece haber cumplido su pena y este lunes posaba con Sidney Toledano como invitado en el desfile de Dior. Esta asistencia no es baladí. Ni la flor elegida, que era además la invitación del desfile, el ciclamen, símbolo de agradecimiento y que funcionaba en esta ocasión como una representación de la transmisión del legado de la casa. Jonathan Anderson ha optado justo por eso, por reconocer a sus predecesores sin imitarlos. Las reminiscencias a Galliano en el historicismo convivían con los volúmenes limpios de Raf Simons en su primera colección de alta costura para la casa en 2012, cuando también forró el lugar con cientos de flores frescas. La famosa mujer-flor, la silueta que fue bautizada como New Look cuando Christian Dior la presentó en 1947, ha sido reinterpretada por Anderson desde la modernidad, abrigos hasta el suelo, vestidos ligeros sustentados por finísimos alambres que los separaban del cuerpo. Lo que se vio este lunes en París es sin duda una nueva era de Dior, más atrevida y menos conceptual de lo que Jonathan acostumbra.

Detalles de la colección de Dior.

La técnica empleada es prodigiosa. Se nota que Anderson se ha sentido cómodo en los talleres de Dior. Según él mismo confesaba había pasado de pensar que la alta costura no tenía sentido a descubrir en el atelier un espacio de silencio y magia. Sus volúmenes extraños, sus lazadas gigantescas seguían allí, pero ejecutadas como piezas únicas con mezclas insólitas de materiales: chifón y organza creando estructuras que asemejan plumas; profusos bordados de flores en faldas de tablas sobredimensionadas; o el uso del punto, por ejemplo, el material favorito del diseñador, con el que busca expandir el lenguaje de la costura. Incluso había una alusión a Totoro y Estudio Ghibli en ese mundo pop que caracteriza al irlandés. Los primeros vestidos globo, en apariencia rígidos, aportaban el movimiento con el propio tejido, unos delicados plisados casi imperceptibles. Las repeticiones más que saturar creaban una línea, la línea era la flor, la naturaleza, incluir un mundo salvaje y abundante en la precisión técnica de un taller. Anderson lo llama gabinete de curiosidades, aludiendo a esas habitaciones donde los nobles del siglo XVIII coleccionaban objetos curiosos sin hilo conductor aparente. Es el mismo siglo XVII al que el creativo ha recurrido para modificar el logotipo de la casa, que ahora es un medallón basado en el rococó. Y es esa idea, la del objeto extraño y único, esta vez en movimiento, la que impulsa su renovada visión de la costura y la enlaza de manera oportuna con el prêt à porter, creando una especie de visión única en la que la costura representa la cúspide de la pirámide en términos aspiracionales, pero no podría existir sin el resto de esa pirámide.

Chanel AC primavera-verano 2026.

Mathieu Blazy aterrizó su fantasía de un modo mucho más sutil. El decorado, que parecía sacado de una lámina de un cuento infantil con setas gigantes y árboles rosas, nacía de un haiku japonés que insta a buscar la belleza en pequeños instantes naturales. Fue lo único exuberante o llamativo en el show.
Su colección era pura delicadeza. Inspirada en los años 20 y en los vestidos flapper, pero también con los guiños necesarios a los trajes de Coco Chanel, fue, como las anteriores, un despliegue de moda en movimiento, una idea que puede parecer obvia, pero que en un sector a veces dominado por diseños pensados para ser observados de forma estática, no lo es tanto. Alguien llamó a los bolsos flotantes, réplicas en muselina de los modelos 2.55 y otros clásicos de Chanel, bolsos fantasma.
No había rastro de la rotundidad que suele emplear Blazy en sus colecciones, en este caso la técnica estuvo al servicio de la levedad, de la fantasía. El belga quería probar: probar a eliminar los códigos clásicos y ver si lograba seguir siendo Chanel. Eliminó los famosos botones de la casa francesa para sustituirlos por pequeños pingüinos, quitó peso al tweed y lo mezcló con muselinas. Si Chanel fue la diseñadora que le dio a las mujeres movimiento, diseños pensados para la actividad rutinaria, Blazy quiere, directamente, que la ropa flote al caminar. De algún modo daba la sensación de que una niña había tomado el armario de su madre y lo había transformado en una ensoñación.

Detalles del desfile de Chanel.

“Viva la normalidad”, comentaba al teléfono Laura Ponte minutos después de haber cumplido un sueño profesional: desfilar para la Alta Costura de Chanel. La imagen de la modelo caminando por el Grand Palais circulaba rápidamente por las redes sociales de las publicaciones españolas. Llevaba un traje de dos piezas semitransparente de muselina, ligero y cómodo. La ligereza y la comodidad son precisamente las dos premisas del nuevo Chanel de Matthieu Blazy, también el realismo como mostró hace dos meses, cuando el diseñador se trasladaba al metro de Nueva York para presentar su colección crucero. En esta ocasión elegía a modelos de edades y razas diversas para demostrar que la vida real también debería tener cabida en estos desfiles, porque no solo se trata de las clientas millonarias sino también de las miles de aficionadas que sienten una atracción renovada hacia la firma de la camelia porque, de algún modo, pueden sentirse identificadas. “Todo ha sido natural, la verdad. Las personas del casting, el equipo de diseño...bastante relajado, incluso divertido”, comenta Ponte sobre un proceso que normalmente, y más en la alta costura, suele ser mucho más imponente y cuadriculado.

Desfile de Schiaparelli AC primavera-verano 2026.

Daniel Roseberry en Schiaparelli mostró un cuento también, pero esta vez era un cuento gótico en el que aves y reptiles con enormes plumajes, garras, pinchos y colas mostraban su esplendor. El resultado fue una danza algo amenazante, un jardín de las delicias enloquecido. Alejado de sus guiños virales el texano logró volúmenes prodigiosos, juegos visuales con plumas reales, trampantojos pintados a mano en seda, o tratadas en resina. “Es una celebración de la profundidad de las habilidades y el talento de nuestros talleres trabajando al máximo de su poder técnico e imaginativo”, explicaba el diseñador en las notas del desfile en una frase que bien puede resumir la propuesta de los tres creadores.

Varios pases del desfile de Armani Privé AC primavera-verano 2026..

Armani Privé nunca se ha tomado esta semana de la moda como un reducto de juegos oníricos y experimentales, sino como una extensión de la filosofía de la marca: sencillez, discreción y comodidad. Fue Armani quien, de algún modo, inventó la alfombra roja como acontecimiento ligado a la moda, cuando vio en las estrellas de Hollywood una oportunidad para ampliar los horizontes de la firma. El pasado miércoles, en el Palazzo Armani de París, Silvana Armani recogía el testigo de su tío Giorgio, fallecido el pasado septiembre, y le rendía el mejor homenaje posible: continuar con su legado de forma literal. Una colección con el verde jade como protagonista que incluía trajes de pantalón perfectamente cortados, tops semitransparentes con pedrería sutil o los ya famosos vestidos de noche bicolor de terciopelo. A veces cuesta imaginar quién compra Alta Costura, pero no cuesta hacerlo si se trata de Armani Privé. Es fácil vislumbrar las situaciones en las que ciertas prendas tienen cabida, y esas situaciones van de las alfombras rojas a los despachos de oficinas.

La voz de Valentino Garavani, fallecido hace una semana, abría el segundo desfile de alta costura de Alessandro Michele para la casa romana. Acto seguido los asistentes se giraban para contemplar el desfile por pequeñas ventanas mientras las modelos entrenan en pequeñas cabinas circulares. Como suele ser habitual, Michele ha ido al quid de la cuestión actual: el poder de las imágenes. Para ello ha recurrido a la Breve historia de la fotografía de Walter Benjamin, el ensayo que el filósofo publicó en 1931 para hablar de la evolución y el poder que tendrían las imágenes en las sociedades modernas. No se equivocaba. Las cabinas por donde circulaban las modelos eran reproducciones de los Kaiserpanoramas, pequeños dispositivos que aparecieron en las ciudades a mediados del XIX y en el que las personas podían asomarse a ver imágenes estereoscópicas de lugares lejanos, ruinas, e incluso figuras mitológicas. Porque, como recuerda Michele “aquí la mirada no había sido perturbada” ni por la televisión ni por el frenesí de las redes sociales. En su desfile habla sin hablar de distancia, de espera y de la perspectiva que daba el contemplar algo remoto desde una pequeña ventana. De suspender el juicio, de aprender a ver lo que no estamos acostumbrados a ver. Por eso su colección jugaba con el techno y la ópera (como Rosalía, ve en ambos géneros algo litúrgico) y con diseños propios del Hollywood de los años treinta y cuarenta, de las flappers de los veinte e incluso del Valentino de los años sesenta. Había trajes contenidos con juegos de colores (rojo y rosa, verde y azul) que recordaban incluso a su predecesor, Pierpaolo Piccioli, pero también diseños repletos de pedrería, plumas y hasta de tocados de apariencia religiosa. Del cabaret al baile de sociedad y de la fiesta de swing a la iglesia. Todo cabe en esa cabina donde una mirada pausada y curiosa toma distancia de lo que está viendo: una mirada crítica, en definitiva “en la que cada imagen surge como una epifanía”, dice el diseñador. Una reflexión de cómo hemos perdido el valor de la imagen y, por lo mismo, hemos perdido ciertos valores críticos. La alta costura, ese realismo suspendido, también sirve para reflexionar sobre el saber mirar cuando solo se ve en un scroll sesgado e infinito.

La alta costura no es interesante en términos utilitarios, tampoco como forma de leer la actualidad de la calle: muchos pueden pensar que no estamos para cuentos y mucho menos para desfiles. Pero existe la teoría de que todo lo que pueda hacer una máquina lo acabará haciendo una máquina. También producir estás imágenes bellas que ocurren dos veces al año. Por eso, quizás la alta costura es la visión más extrema de resistencia contra la mecanización total. En tiempos de la IA, cuando vemos peligrar millones de puestos de trabajo, resulta paradójico que sea precisamente un magnate de la tecnología, Jeff Bezos y su esposa, Lauren Sánchez, quienes se sienten en primera fila y sean los que vayan a comprar el producto de uno de los pocos negocios que sigue siendo estrictamente humano. Hasta ellos, que lo pueden comprar todo, necesitan fantasear con lo manual, sepan o no mirarlo con otros ojos.

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