Robin Givhan: “La presión de las marcas para pensar en términos de diversidad e inclusión ha disminuido muchísimo”
Premio Pulitzer y voz imprescindible en la crítica de moda, Robin Givhan reflexiona sobre las (escasas) políticas de diversidad en la industria, el porqué de la crisis del lujo y cómo escribir sobre ello para mirar el mundo con otros ojos


Por sus ensayos ingeniosos de observación minuciosa que transforman la crítica de moda en crítica cultural”. Esta es la justificación que dio Lee C. Bollinger, presidente de la Universidad de Columbia, cuando en 2006 le hizo entrega a Robin Givhan del Premio Pulitzer de la crítica en 2006. Es la única periodista de moda que lo ha ganado.
Givhan ha ejercido la crítica en The Washington Post durante más de 30 años. Ha escrito sobre marcas, diseñadores y, en los últimos años, sobre las elecciones de estilo de los mandatarios desde un enfoque en el que dialogan la sociología, la economía y, por supuesto, la política. Este verano abandonaba la cabecera, hoy propiedad de Jeff Bezos, después de que le ofrecieran una suculenta cantidad por prejubilarse. “Pero no me voy a quedar quieta. Puede que la democracia muera en la oscuridad, pero el silencio la hiere de gravedad”, escribía entonces en sus redes sociales. No lo ha hecho. Es más, esta conversación transcurre en un hotel madrileño. Givhan vino a la ciudad para hablar sobre la influencia de Virgil Abloh en un congreso sobre diseño. Acaba de publicar Make it Ours (Penguin), una especie de biografía del creador de Chicago contada a partir de las convenciones sociales que supo derribar dentro del sector del lujo. Su publicación coincide en fechas con la salida en español de su otro libro, La batalla de Versalles. Una noche histórica para la moda (Editorial Superflua), que narra, también desde un prisma sociológico, aquel desfile benéfico celebrado en 1973 que, como en una sesión de voguing, puso a competir a los diseñadores franceses con los norteamericanos, convirtiendo a los segundos en referentes de la moda global y, de paso, situando por fin en el mapa a creativos y modelos afrodescendientes. Dos momentos alejados en el tiempo, pero que por fin acercaron a esta industria a la realidad, reflejando la diversidad. “La batalla de Versalles se construyó como un gran momento, de una forma muy artificial, y no fue hasta años después cuando de verdad se vio el impacto que tuvo. En el caso de Virgil no creo que la gente entendiera de forma simultánea lo que estaba pasando, porque salió de la nada. Pero luego, cuando miras su carrera, que fue increíblemente corta, es fascinante ver todo lo que le llevó a ese momento”, explica.

¿Cuándo se dio cuenta de que Virgil no era otro nuevo diseñador sino alguien que estaba cambiando las reglas?
Hubo dos momentos. Uno fue aquel desfile de mujer de Off-White en París, antes de que le dieran el puesto en Vuitton, en el que había una multitud de gente intentando entrar, una locura. Y mucha de la gente que estaba allí eran fans llevando sus zapatillas. Y ahí pensé: vale, ¿en qué momento Virgil se ha convertido en algo? Y el segundo fue después de su muerte. Me impresionó muchísimo la manera en que la gente reaccionó, como si se hubiera muerto alguien a quien conocían personalmente. Había una sensación real de intimidad. Mucha gente con la que hablé me decía: “Ah, sí, me respondió a un mensaje privado cuando le escribí por Instagram”, o “era tan buen amigo, pinchamos juntos una vez”. Y yo pensaba: vale, supongo que sí, que era buen amigo. Cuanto más lo oía, más me daba cuenta de que la amabilidad era parte de su currículum profesional. Utilizaba eso para abrir puertas y para conseguir que la gente le ayudara cuando necesitaba ayuda.
Así, sin ser un diseñador en sentido estricto, conectó con tanta gente porque tenía los mensajes privados abiertos.
Claro, y lo hizo justo en el momento oportuno. Era una época en la que la industria estaba preparada para un tipo de moda que resultara aspiracional pero también inclusiva. Y él se esforzó muchísimo en crear una sensación de transparencia, y hablaba de Off-White como “nuestra marca”, aunque era su marca. La gente sentía que formaba parte de la conversación creativa. Y luego muchos chicos jóvenes racializados, que siempre han estado interesadísimos en la moda pero sentían que nadie les daba permiso para entregarse de verdad a esos intereses, se sintieron comprendidos. Por eso, Virgil fue una especie de héroe para ellos, porque cogió esos intereses que a veces podían hacerles sentir como el raro del grupo, y les ayudó a conectar con otra gente interesada en lo mismo, y les hizo sentirse guais, vistos, muy celebrados.
Pero la moda ha dado un paso atrás en términos de diversidad. ¿Podría surgir un Virgil hoy?
Por desgracia el péndulo de la moda va y viene. Y lo triste es que, cuando pienso en todos los nuevos diseñadores en las grandes marcas, nadie ha mirado más allá de lo que tenían a un par de metros. Nadie ha levantado la vista para ver quién podría aportar algo realmente nuevo y diferente al sistema. No sé si parte de eso tiene que ver con un sentimiento de miedo a lo que está en juego. Pero, desde luego, ahora mismo, al menos en Estados Unidos, la presión de las marcas por pensar en diversidad y en inclusión ha disminuido muchísimo. Y, la verdad, si no crees que sea lo correcto, al menos hazlo por dinero ¿no?, porque tu base de clientes es cada vez más diversa y los diseñadores que están al mando no reflejan eso. Y me pregunto: ¿cuántas historias diferentes nos estamos perdiendo? Pero esta industria ni siquiera quiere saber lo que no sabe.

Bueno, la moda vive sobre todo de clientas femeninas y no hay apenas mujeres en las grandes casas. Y a las que ha habido últimamente se las ha criticado muchísimo...
A mí no me encantaba lo que Virginie Viard estaba haciendo en Chanel. Pero eso no es lo injusto, lo que me parece realmente injusto es que hay tan pocas mujeres en esas casas que me siento mal si no me gusta. Porque si no te gusta lo que hace Virginie en Chanel, y quizá tampoco te gusta lo que hace Maria Grazia en Dior, entonces resulta que no te gustan la mitad de las diseñadoras mujeres. Pero si no te gusta lo que hace un hombre en cualquier otra marca pues no te gustan dos diseñadores hombre de 40 que hay, y no pasa nada. Eso es lo injusto: cuando la gente critica lo que hace una mujer en una de estas casas, esa crítica se magnifica, porque hay muy pocas mujeres. No digo que no haya algo de misoginia ahí, porque la hay, pero incluso aunque no la hubiera, se va a percibir de forma diferente. Porque son solo dos o tres mujeres, y la presión está sobre ellas para que triunfen. Además, los hombres suelen tener permiso para fracasar y tener una segunda oportunidad, y una tercera, y una cuarta, y una quinta... Nosotras no.
¿Y no se dan cuenta de que el mundo percibe que algo falla?
Una vez hablé con Pinault justo después de la polémica del jersey blackface de Gucci y me dijo: “Esta prenda estuvo en la colección mucho tiempo. Pasó por diseño, muestra, producción y tienda, y nadie dijo nada. Nuestro equipo es diverso, pero si hubo un problema y nadie se sintió con poder para decir que quizá debíamos repensarlo, eso es un problema enorme”. Me pareció una forma muy inteligente de verlo. Añadió: “A veces hay que ser muy intencional”, y puso como ejemplo el equilibrio de género en su equipo directivo o la iniciativa Women in Film. Y entonces pienso: vale, ¿qué pasa con los directores creativos? ¿Dónde está esa intencionalidad? No digo que no sean talentosos, que lo son. Pero ¿de verdad los más talentosos son solo hombres? Me cuesta creerlo.
¿Esta falta de intencionalidad o esta diversidad falsa tiene algo que ver con el momento de crisis que vive el lujo? ¿Hasta qué punto la moda ha dejado de escuchar a la gente?
Una de las grandes cosas que Virgil logró fue redefinir cómo se pensaba el lujo. Él decía que el lujo es aquello que valoras, y cada persona valora cosas distintas. Pero nunca quiso hacer ropa barata ni nada de eso. Quería que Off-White y Vuitton fueran marcas de lujo, aspiracionales y glamurosas. Ahora mucha gente malinterpreta la idea “lujo accesible” y piensa que significa bajar precios, cuando en realidad se trata de permitir que más tipos de personas entren en la fantasía, sin que pierda exclusividad. Así que creo que no solo son los precios. El problema es que muchas marcas hoy no entienden que han dejado de integrar a mucha gente en su historia. Y eso tiene que ver con la confianza de la propia marca en sí misma. Si confías en lo que representas, sabes que puedes incluir a más gente y lo haces sin conflicto. Si temes que vas a perder dinero y hacer que tu identidad se diluya, pues haces siempre lo mismo y dejas de escuchar.

¿No cree que es más difícil hacer crítica de moda ahora que las marcas necesitan controlar el discurso a toda costa?
La crítica de moda ahora es más importante que nunca. Siempre ha sido importante, porque es bueno para cualquier industria tener a alguien que escriba desde cierta distancia. Ellos solo ven árboles, no ven el bosque. Ahora que parece que no conectan con el mundo, una buena crítica les ayuda a ver el impacto de su trabajo de formas en las que quizá nunca habían pensado. Les ayuda a entender que lo que hacen dentro de su pequeña burbuja resuena muy lejos de esa burbuja, porque a veces parece que solo saben de su impacto por las ventas. Lo que pasa es que la moda necesita que se lo recuerden, porque puede ser muy íntima, muy elitista y, al mismo tiempo, tener un impacto enorme. Y muchas veces lo olvidan, por eso cuando hay polémica siempre responden: “Ay, no era eso lo que queríamos decir”, y las cosas se malinterpretan. La moda necesita crítica porque merece crítica, como el cine, la literatura y la política. O más, porque venden mucho y a muchísima gente. Están haciendo grandes cifras, pero a la vez se aíslan y no conectan con las personas. Ahí la crítica es el puente entre la gente y la marca. Por eso es un error que quieran controlarlo todo. Es su deber escuchar opiniones honestas siempre que sean informadas.
¿Qué opina de esta nueva ola de aficionados a la moda que se han convertido en críticos de desfiles en sus redes ?
Creo que algunos son buenos. Y pienso que esto es un reflejo de cuánto le importa la moda a la gente ahora y de lo implicada que está con ella. Pero yo apoyo a la prensa, y debería haber un peso distinto cuando la crítica tiene detrás el respaldo de una institución y de una firma que se ha formado para poder ganarse su sueldo escribiendo críticas en un medio de comunicación. Sobre todo si el medio es un periódico generalista.

¿Le costó que la tuvieran en cuenta cuando entró en The Washignton Post?
Mi problema no fue con el periódico, sino con los lectores. Tuve mucha suerte porque antes estuvieron Nina Hyde, que era muy respetada por la dirección, y después Cathy Horyn. Gracias a ellas la moda ya se trataba con el mismo respeto que el cine o las artes, y pude explorar libremente su relación con la cultura y la política. Pero siempre había lectores que preguntaban por qué le dábamos tanta cobertura o quién se iba a poner esa ropa. Yo respondía que esto era como las ferias de coches, que el modelo vanguardista no lo veías por la calle, pero permeaba en el coche nuevo que te ibas a comprar y hasta en tu forma de conducir. O que mucha de la ropa que tenían en el armario venía de alguien a quien se le tachó de loco por diseñarla hace décadas. Y si nada de eso funcionaba, decía: igual que no me gusta el golf, no se debe dejar de escribir sobre él; si no te interesa, no lo leas.
Supongo que en sus últimos años en el periódico, en los que usted se centró en analizar la indumentaria de los políticos, aquello fue a más por parte de los lectores.
Claro, por eso es importante la crítica de moda. Por ejemplo, la situación actual en Estados Unidos. Hay una razón por la que tantas mujeres de la administración Trump se visten así. Y hay una razón por la que los hombres que le rodean se ponen corbata roja y traje oscuro. Mi trabajo es decir que no es un accidente. La moda sostiene todo, y es importante que la gente tenga las herramientas para entender qué te están diciendo sin decirlo. Hoy vemos demasiadas cosas al día, y el trabajo del crítico es decir: hay muchas imágenes, pero céntrate en esta. Lo mismo con la propia moda. Ellos te van a aturdir con mil mensajes, pero le dices al que ha visto el desfile; mira aquí.
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