“Lo impecable se ha vuelto agresivo”: por qué la ropa sucia es un elemento liberador
Inmersos en plena obsesión por la perfección y dominados por la hegemonía del ‘clean look’, la moda utiliza la suciedad y la decadencia para cuestionar la idea de belleza normativa. Una forma de resistencia estética, social y política con la que liberarnos de la trampa de lo impecable

El barro nos iguala a todos. Metidos en pleno charco de lodo, no importa ni la clase social o económica, ni el género o la condición. Para ejemplo gráfico, las dos vitrinas que reciben al visitante en la exposición Dirty Looks. Desire and Decay in Fashion en el Barbican Centre de Londres. Cada una de ellas encierra un par de botas de agua, las clásicas Wellington de goma verde, que pertenecieron, respectivamente, a Kate Moss –y con las que se paseó por el Festival de Glastonbury a principios de los 2000 haciendo del trash más que un estilo, una filosofía de vida– y a la reina Isabel II –sus favoritas para recorrer los cotos privados de Balmoral, una cesión personal de su hijo Carlos III. Dos tótems convertidos en hallazgos arqueológicos que dicen mucho de la moda contemporánea. “Históricamente, la moda se ha caracterizado por una propuesta impecable, elegante y perfecta en la que no se tolera ninguna forma de suciedad o imperfección”, explica Karen Van Godtsenhoven, comisaria de la muestra.

¿Su intención? Explorar cómo la suciedad y la decadencia se han utilizado para desafiar los estándares de belleza, especialmente en esta era de perfección digital en la que vivimos, donde frente a algo que no sea ultra correcto e impoluto parece abrirse un abismo. “La idea de ensuciarse, de llenarse de barro, es en cierto modo universal”, reflexiona Van Godtsenhoven en videollamada desde su despacho de Amberes. “Es un impulso, un deseo que a la gente le gusta, especialmente ahora, en estos tiempos hiper digitales en los que todo ocurre a través de una pantalla. Frente a eso, existe también el deseo de ensuciarse, de estar en contacto con lo físico”. El periplo que traza Dirty Looks va de la mano de creaciones de Hussein Chalayan, Junya Watanabe, Vivienne Westwood, Alexander McQueen, Issey Miyake, Miguel Adrover, Dilara Findikoglu y nuevos jóvenes referentes del panorama como Yuima Nakazato o Elena Velez. Pero sin quedarse, en ningún caso, en la superficie estética. Aunque el resultado a veces manche y escueza.

Para darle forma a la exposición, Van Godtsenhoven reconoce haber hecho de Pureza y peligro su libro de cabecera. La tesis principal de la obra, escrita en 1966 por la antropóloga británica Mary Douglas, fue lo que la enganchó. “Es tan simple como profundo”, argumenta. “Lo que una sociedad considera sucio, impuro o peligroso no lo es por razones naturales o higiénicas, sino porque amenaza el orden simbólico con el que se organiza el mundo. Para Douglas, la suciedad no es una sustancia en sí misma, sino “materia fuera de lugar”. Algo que aparece donde no debería estar y que, por ello, genera incomodidad, rechazo o miedo”. Es lo que desde un punto de vista burgués occidental provoca más ansiedad que un meteorito aproximándose a la Tierra. No estar limpio. No ser un ciudadano ejemplar. “Tal vez el mejor ejemplo de cómo la moda ha encapsulado esta idea de corrección y respetabilidad sea la camisa blanca”, opina la comisaria. “Como explica la obra de Douglas, la moda y la suciedad están en polos opuestos. Santidad e inmoralidad. Y la santidad está relacionada con la moda porque trata de presentar la versión más pura o socialmente aceptable de uno mismo”.

Se ve, y se siente casi con la fuerza de una bofetada metafórica en la sala donde se exponen algunas de las piezas que Hussein Chalayan utilizó para presentar en 1993 The Tangent Flows. La colección de graduación del turcochipriota en Central Saint Martins fue el resultado de haber enterrado una serie de prendas de seda durante seis semanas entre limaduras de hierro en el jardín de un amigo en Londres. Salieron descompuestas y en estado de putrefacción, con manchas de tierra y óxido. “Su intención era demostrar lo rápido que muere la moda y lo fácil que es reciclarla. Y cómo el proceso de descomposición y reciclaje puede ser bello”, explica Van Godtsenhoven.
El mismo discurso que se apuntala con creaciones como el vestido hecho a base de cuchillas de afeitar que Andrew Groves presentó en 1999 como respuesta a las críticas de que la industria de la moda glamurizaba el consumo de cocaína. O la selección rescatada del baúl de los recuerdos de Vivienne Westwood y su colección Nostalgia of Mud creada en 1983 junto a Malcolm McLaren, que él mismo definió como una forma de mostrar que “las raíces de nuestra cultura se encuentran en las sociedades primitivas”. Lo que el sector reaccionario de la época tachó como ‘disfraces de bruja’ no ha dejado de atraer interés ni desgastarse pasadas ya cuatro décadas. Salpicada de esa “suciedad”, el trabajo de la británica simbolizaba formas de vida percibidas como más auténticas, en sintonía con el mundo natural.
La estética de la ruina y la decadencia también resuena en otra de las habitaciones más destacadas del Barbican. Pero huyendo de caer en el romanticismo gratuito. Con la musa dickensiana Miss Havisham, de Grandes Esperanzas, como referente -esa novia abandonada que vive en una mansión y permanece para siempre vestida con su traje nupcial- han jugado desde Lee McQueen hasta Olivier Theyskens y Viktor&Rolf. El dúo neerlandés ha cedido uno de los vestidos con los que en 1993 ganó el Festival de Hyères. Una pieza de lana desgarrada y llena de apliques con un efecto carbonizado que bien podría haber sido con la que Scarlett O’Hara escapó del incendio de Atlanta. Aunque poca poesía con ellos y más dosis de realidad. Como explican a esta publicación: “Manipular la suciedad de esta manera supone cuestionar las jerarquías que definen el lujo: la perfección, la novedad y el control. Permite esculpir emoción en la prenda. En un mundo obsesionado con pulir y eliminar la complejidad, estamos rodeados de imágenes infinitamente editadas y filtradas. Lo impecable se ha vuelto agresivo”. Buscar la belleza en territorios poco convencionales siempre ha definido el modus operandi de Horsting y Snoeren. Algo que “puede surgir de la vulnerabilidad y del desgaste, y en que el lujo puede ser crítico en lugar de complaciente”, sentencian.

Hacía ocho años que el Barbican no organizaba una exposición con la moda como hilo conductor. Fue en 2017 con The Vulgar: Fashion Redefined, un repaso sartorial de la volátil (y escurridiza) noción de vulgaridad. Razón de más para que este nuevo capítulo estuviera a la altura. “Me obsesionaba indagar en el por qué de esa constante ansiedad en torno a la suciedad”, sostiene Van Godtsenhoven. “Creo que, históricamente, esta idea aparece porque para los diseñadores resulta interesante ir en contra de la belleza normativa y de las convenciones de la moda. Explorar lo opuesto es más fructífero”. De entre sus mayores logros para la exposición, la comisaria reconoce que está el haber convencido a Miguel Adrover para participar. Hicieron falta muchos, muchísimos mails sin respuesta para que accediera. Pero al final consiguió que el mallorquín la invitara a la recóndita villa de Calonge donde vive como un ermitaño desde hace casi dos décadas. “Allí ha construido su propio mundo y un archivo de prendas increíble. Se conserva intacto todo su trabajo”, cuenta. Pionero del upcycling mucho antes de que la palabra fuera un término en el diccionario de las tendencias, Adrover fue defensor declarado de la justicia social y la sostenibilidad cuando la industria aún no hablaba ese idioma. Utilizó la moda para señalar el consumismo exacerbado y los intereses corporativos. Al reapropiarse de logotipos y prendas usadas, sus diseños acumulan capas de memoria, cosiendo historias personales y recordándonos que entre la ropa y quien la lleva siempre hay algo más que estilo.
Esa capacidad que ha tenido la industria de la moda para convertir el planeta en su vertedero particular es precisamente otro de los pilares en los que se sostiene Dirty Looks. Lo que Jim Puckett de Greenpeace acuñó en 1992 como “colonialismo tóxico”. Una planta entera de la exposición está dedicada a cómo una serie de diseñadores emergentes lo desafían, desde el japonés Yuima Nakazato, la nigeriana Priya Ahluwalia o el ugandés Bobby Kolade, fundador de la firma Buzigahill. “Él reutiliza las prendas que recoge en los vertederos y las transforma”, explica Van Godtsenhoven. “El proyecto se llama Return to Sender porque cuando vuelve a enviar esas piezas a Europa a través de su tienda online, se enfrenta a controles aduaneros constantes y tiene que demostrar de dónde proceden. Como él mismo dice: ‘cuando las cosas salen de Europa rumbo a África, nadie revisa qué llevan los contenedores; pero cuando se intenta vender de nuevo ese mismo material, hay que justificar su origen’. Un trabajo que pone el foco directamente en la hipocresía del sector”.
Aunque si hay una parte de la exposición que de verdad arquea cejas y produce hasta repulsión entre los visitantes –”especialmente entre la gente más joven” como confiesa sorprendida la comisaria– esa es la instalación Leaky bodies. Aquí los protagonistas son los fluidos corporales: sangre, sudor, leche materna, orina, semen y lágrimas. “El tabú definitivo de la moda”, afirma. “En muchas culturas, el cuerpo femenino en particular ha estado históricamente asociado a la virginidad, la pasividad y la pureza, mientras que la presencia de suciedad sugiere actividad, agencia, autonomía e impureza”. Todo eso que preconizaba Lou Stoppard en su ensayo Dirty Girls sobre cómo nuestra cultura ha convertido la limpieza y la pulcritud en estándares a los que nadie que no sea una Kardashian armada con un arsenal de apps y filtros puede llegar. “La ‘fealdad’ ha sido tradicionalmente castigada y temida”, explica la comisaria. “Stoppard arranca su ensayo con una observación contundente: vivimos en una sociedad que trata la imperfección como una enfermedad que hay que corregir urgentemente, ya sea cubriendo las canas, eliminando arrugas o modelando el cuerpo para ajustarlo a ideales imposibles. Esta obsesión por la limpieza y la perfección ha arrinconado todo lo que se sale de ese molde estético”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.










































