Justicia para Rose Byrne: cómo la actriz más discreta es la estrella inesperada de la carrera hacia el Oscar
Ganadora del Globo de Oro y una de las favoritas a la estatuilla gracias a ‘Si pudiera, te daría una patada’, la actriz australiana, durante años relegada al papel secundario recibe por fin el aplauso unánime de crítica y público


“¡Oh, la amo!”. Ni siquiera Miley Cyrus, encargada de entregar el premio, fue capaz de ocultar su emoción al abrir el sobre que contenía el nombre de la ganadora del Globo de Oro a la mejor actriz de comedia: Rose Byrne. La actriz australiana, de 46 años, se convirtió el pasado 12 de enero, por primera vez y tras más de treinta años de carrera, en la gran protagonista de la meca del cine, llevándose el aplauso unánime de académicos, prensa especializada, compañeros y espectadores, que celebraron por fin un reconocimiento tan merecido como largamente postergado.
A ello se sumó un discurso tan espontáneo como inolvidable, en el que confesó que su marido, el también actor Bobby Cannavale (El irlandés), no había podido asistir a la ceremonia porque se encontraba al otro lado del país, en una feria de reptiles, comprando un lagarto para los dos hijos que tienen en común. El momento se convirtió de inmediato en uno de los más virales de la noche. Todo ocurrió mientras Byrne deslumbraba con un diseño lencero de satén verde esmeralda, de silueta larga y fluida, firmado por Chanel e inspirado en el Hollywood dorado que ahora también brilla para ella. “Por fin está recibiendo las flores que se merece”, asegura un tuit con decenas de miles de ‘me gusta’ y que corrobora el apoyo popular a su candidatura al Oscar.
Rose Byrne FINALLY getting her flowers#GoldenGlobes pic.twitter.com/MNgE2Ci4ET
— blue (@words_salad) January 12, 2026
Ha sido su trabajo en Si pudiera, te daría una patada, ya en los cines, el que por fin ha hecho justicia a la carrera a menudo infravalorada de Byrne. En la película de Mary Bronstein interpreta a una terapeuta desbordada, obligada a cuidar de su hija con una enfermedad rara y a mudarse a un motel mientras su vida personal se desmorona. “Es la interpretación de toda una vida”, ratifica la edición estadounidense de la revista Vanity Fair. Además del Globo de Oro, el papel le ha valido el Oso de Plata a la mejor interpretación en el Festival de Berlín, el reconocimiento del National Board of Review y más de sesenta nominaciones, situándola como una de las grandes favoritas de la temporada de premios, junto a Jessie Buckley, protagonista de Hamnet. ¿Qué la separa del galardón? Según el New York Times, el recelo de los académicos a premiar a personajes femeninos poco complacientes o que no buscan agradar. “La historia reciente sugiere que a los votantes de los Oscar les cuesta lidiar con mujeres irascibles (…) Cuando una mujer sufre de forma noble, se considera carne de estatuilla; pero cuando es ella quien hace sufrir a los demás, la simpatía de los votantes disminuye notablemente”, escribe el crítico Kyle Buchanan.

Dentro de los arquetipos que suelen conformar cada año la carrera al Oscar, Buckley y Renate Reinsve encarnan la cuota europea –la de las actrices de prestigio que aportan intelectualidad y aura autoral a la gala–; nombres como Julia Roberts, Jennifer Lawrence o Emma Stone representan el factor estelar, el glamour de Hollywood que atrae audiencias; y figuras emergentes como Chase Infiniti o Eva Victor personifican la sangre nueva.
Este año, Byrne, por su parte, encarna algo distinto: el trabajo silencioso de toda una vida, el factor casi proletario que mejora cada papel que toca y acaba sosteniendo la industria desde dentro. Ella misma ha reconocido en más de una ocasión que nunca fue, ni probablemente será, una estrella internacional al uso. “Formo parte de ese grupo de actrices a las que llaman si Scarlett Johansson o Keira Knightley rechazan un papel”, manifestó hace años. Lejos de lamentarlo, se mostraba agradecida por seguir trabajando en una profesión en la que, recordaba, “el 99 % de los actores están en el paro”. “Conozco a mucha gente con talento que es mejor actriz que yo y que no ha tenido su oportunidad. Todo depende del momento y de la suerte”, añadía.

Nacida en un suburbio acomodado de Sídney, sus padres la apuntaron de niña a clases de teatro con el único objetivo de ayudarla a vencer su timidez. “No era una adolescente fácil y actuar fue como un refugio”, contó en una entrevista a S Moda. Con apenas 13 años consiguió su primer papel en una película (Dallas Doll) y comenzó a encadenar pequeños cameos en series de televisión. Intentó entrar en media docena de escuelas de interpretación en Australia, pero todas rechazaron su candidatura, así que acabó licenciándose en Artes en la Universidad de Sídney. En paralelo, en 1999 estrenó la película que supuso su primer billete de ida a Hollywood. Heath Ledger y ella, por entonces, dos desconocidos de 18 años, protagonizaron el thriller Two Hands, que los llevó al Festival de Sundance y les permitió conseguir agente en Estados Unidos. Pero mientras la carrera de Ledger avanzaba de forma meteórica, la de Byrne tardó más en encontrar su lugar. Su primer trabajo en las colinas de Los Ángeles fue ejercer de doncella en Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones, cuyo único requisito, según contaría después, era “parecer muy seria y estar siempre detrás de Natalie Portman”.

Llegaron después pequeños papeles en Troya, como amante del Aquiles de Brad Pitt (“estuve nerviosa y desorientada todo el tiempo, me habría gustado disfrutarla más”), o como la duquesa de Polignac en la María Antonieta de Sofia Coppola. Pero fue la serie Daños y perjuicios, el drama legal que protagonizó junto a Glenn Close, la que le permitió establecerse por fin en la industria que tan esquiva le había sido. Desde entonces ha demostrado, como pocas, una versatilidad absoluta: comedia (La boda de mi mejor amiga, Malditos vecinos, Platónico), terror (Insidious), grandes franquicias (X-Men) o series de prestigio como Mrs. America, en la que daba vida a Gloria Steinem. En 2015 fundó su propia productora, Dollhouse Pictures, junto a un amigo de la infancia, con la que apuesta por proyectos liderados por mujeres y comprometidos con la diversidad y la inclusión.
Más allá de la interpretación, Byrne ha desarrollado con los años una relación sólida y coherente con la moda, con un estilo caracterizado por una elegancia sobria y funcional, en línea con su forma de entender la profesión. Habitual de firmas como Chanel, Dior, Valentino, Calvin Klein y, en su momento, el Delpozo de Josep Font —del que fue bastante fan—, presume del punto justo de riesgo y personalidad para que sus looks merezcan ser analizados por la prensa especializada.
Su estilista es Kate Young, colaboradora de otras referentes de la alfombra roja como Dakota Johnson, Julianne Moore o Scarlett Johansson, que ha logrado que sus apariciones sean cada vez más elevadas, defendiendo con igual acierto un minitop con abdomen al descubierto de Prada que un vestido negro Old Hollywood o un traje masculino con corbata que un sensual esmoquin con transparencias bajo la chaqueta de Armani Privé.

Preguntada por ese ascenso lento, pero constante hacia la cima, Byrne lo tiene claro: “Este es un negocio complicado, absurdo y enorme: lo es todo. En mi caso, ha sido un camino más lento. Creo que tienes que correr tu propia carrera. Porque cuando te comparas o compites, te pierdes. Mantener la cabeza baja y a seguir tirando a canasta”.
En lo personal, comparte su vida con Bobby Cannavale desde 2012 y tienen dos hijos en común, Rocco y Rafa, este último en homenaje a uno de sus grandes ídolos deportivos, el tenista español Rafa Nadal. Han trabajado juntos en hasta tres largometrajes y, aunque todavía no han pasado por el altar, ambos han asegurado en varias ocasiones que lo harán. Quizá, ahora, con una estatuilla ya en la mano.
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