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Magdalenita, ‘influencer’ rural: “Mi realidad no es Madrid, es mi pueblo. Mi vida en verdad también es interesante”

“¡Hola, gais! Me llamo Magdalena y vivo en un pueblo. La verdad es que aquí no hay muchas cosas que hacer”. Con esta presentación se dio a conocer en redes y revolucionó el global mundo digital desde lo natural e hiperlocal. Quiere exponer sus obras en Extremadura, seguir creando contenido y apostar por las periferias: “Mi pueblo es divino, hacen cuatro fiestas de mierda, pero nos lo pasamos mejor que en un concierto de 200 euros. Nos gusta sentarnos en la sillita de plástico”

Magdalenita (Córdoba, 2001) está sentada en su cuarto, en la casa de sus padres, en un pueblo de Extremadura del que no quiere decir el nombre. Han pasado dos semanas desde que se hiciera las fotos para este reportaje y la imagen en la pantalla es muy diferente a la que capturó el fotógrafo Pablo Curto. Tiene la cara lavada, el pelo recogido, una sudadera negra y unos dientes que crecen de la visera que lleva en la cabeza y que se asoman por la frente. Es un diseño del pacense Karlo Módenes, al que la artista lleva siguiendo desde hace años y con el que ha colaborado para algún que otro evento. Esa gorra, esos dientes, ese estampado de leopardo que está escondido bajo la capucha dicen mucho de ella antes de que diga nada. “Yo quería hacer el máster de profesorado, pero como en Bellas Artes está tan solicitado, fue imposible. Además, saqué superpoca nota al final de la carrera. Me pusieron un cinco en el TFG [Trabajo Fin de Grado]”, dice.

El TFG consistía en la construcción de una maqueta. Magdalenita levantó una torre-fortaleza de más de un metro de altura, de un mundo tan fantástico e imaginario como podrían ser los de Tim Burton, J. R. R. Tolkien o el del videojuego Zelda. Grabó todo el proceso y subió los vídeos a su cuenta de TikTok. Uno de ellos, con 640.000 visitas, es uno de los más vistos de su perfil. Aquel cinco que le pusieron como nota final del TFG y que se considera académicamente una derrota, hizo que Magdalenita tomara, paradójicamente, el camino más artístico y exitoso a la vez: “Yo intenté entrar en el máster como tres o cuatro veces, el último año eché hasta en Melilla, ¡y no me cogieron!”.

Nada es aleatorio en el contenido y en la carrera que maneja. La artista supo bien qué teclas debía tocar para conseguir vivir de las redes sociales. Entendía el panorama y supo dónde poner el esfuerzo para que crecieran las visitas a su perfil. Magdalenita es artista, es influencer, es creadora de contenido en redes y tiene casi 600.000 seguidores en Instagram, un número que supera en TikTok convirtiéndose, así, en una de las creadoras más grandes de España en esa plataforma. Su universo está formado por las figuritas que modela y produce con cariño: hay Betty Boops, Sonny Angels, ranas y renacuajos, muñecos vudú y pequeños monstruitos de ojos caídos y dientes largos. “Yo trabajo, en general, con poco tiempo. Ser artista en redes exige que además de hacer la figura te tiene que quedar bonita, tienes que tener buena técnica, el vídeo en el que cuentas cómo lo has hecho debe ser entretenido, no puede ser muy largo, tampoco puedes dar muchos consejos sobre tu proceso artístico porque si no te lo van a plagiar... Es un poco circo, pero supongo que si alguien quiere algo, algo tiene que sacrificar”, explica. Magdalenita estudió de niña en los Salesianos, iba al colegio vestida con uniforme y rezaba todas las mañanas. Allí era la rara, la feminista. Se sentaba al fondo de la clase. “Y cuando los profesores decían algo que podía ser polémico, la gente se giraba y decía: ‘Magdalena, di lo tuyo”. Después hizo el Bachillerato de Artes. Allí era la pija, pero abandonó la ropa de pija y cualquier resquicio de experiencia religiosa: “De hecho, estoy superenfadada con Rosalía. Yo ya salí de los Salesianos, así que no me vengas ahora otra vez con eso. Estoy cabreadísima con ella porque Motomami era como: ‘¡Por el cambio!, ¡por las mujeres!’, y ahora es ‘¡por las beatas!’. Amor... No”.

Estudiar Bellas Artes en la Universidad de Salamanca la dejó emocionalmente desgastada, volvió a casa de sus padres y planteó vivir un año sabático. Decidió tomárselo con calma. “En la carrera estás mostrando tu trabajo, que nace de algo muy íntimo, y hay un profesor que no te conoce de nada y que te está juzgando. Para mí fue superduro, la verdad”. Entrar en el mundo de las redes y que funcionara la situó en una posición de privilegio frente a la mayoría de sus compañeros de carrera y amigos artistas: “Muchos han tenido que dejar este mundillo porque al final es insostenible. La gente no valora el arte”.

Por eso Magdalenita tampoco se dedica cien por cien a ello. Su vídeo más famoso es aquel en el que va al lago de su pueblo a buscar renacuajos y dice eso de: “¡Hola, gais! Me llamo Magdalena y vivo en un pueblo. La verdad es que aquí no hay muchas cosas que hacer”. Era finales de mayo de 2024 y aquel vídeo de los renacuajos conectó directamente con la memoria de miles de jóvenes. Magdalenita empezó a ir a contemplarlos cada jueves, primero, porque quería verlos crecer; segundo, porque cada vídeo tenía cada vez más visitas. “Yo creo que estábamos en un momento en el que las redes sociales tenían mucha edición, muchos efectos de sonido y mucha sobreestimulación”. Y entonces llegó ella, con la primavera, el buen tiempo, la naturaleza “un sol divino” y una forma de viajar digitalmente a esos veranos en el pueblo donde, efectivamente, no hay mucho que hacer más que ver cómo los renacuajos se convierten en ranas. Igual era eso, igual faltaba un poco de verdad y naturaleza en redes y Magdalenita la supo dar. El icónico “¡Hola, gais!” se reproducía frenéticamente en redes sociales cada vez que alguien pasaba unos días al campo.

Los números, el tirón en redes y las campañas publicitarias la han colocado, como artista, en una posición privilegiada. Ella lo sabe y lo repite varias veces a lo largo de la entrevista. El trabajo a distancia es un modo de vida que no todo el mundo puede permitirse. “Aquí en el pueblo no te puedes quedar. ¿Qué vas a hacer?, ¿trabajar en el bar de tu madre o llevar la tienda de tu tía? Un colega mío está en una empresa montando placas solares, que está divino, pero la mayoría o no tienen trabajo o se han tenido que ir de aquí”, explica. Vivir en Extremadura dificulta aún más las posibilidades de desarrollarse en cualquier ámbito por sus históricos problemas de conectividad con otras ciudades, una infraestructura ferroviaria obsoleta con frecuentes retrasos, averías y cancelaciones.

Pero Magdalenita tampoco plantea irse. “Todo el mundo se quiere ir a Madrid y es normal porque es donde está el trabajo. Pero, no sé, yo me quería diferenciar un poco de eso. Y también porque mi realidad no es Madrid, mi realidad es esta. Yo quería coger mi vida y hacerla interesante, porque en verdad mi vida también es interesante. Una de las cosas que mis amigos y yo hemos aprendido este año es que mi pueblo es divino: hacen cuatro fiestas de mierda, pero nos lo pasamos muchísimo mejor que si fuésemos a un concierto por el que tienes que pagar 200 euros. Que está bien también, pero a nosotros nos gusta más sentarnos en la sillita de plástico a ver a tres viejas pegar voces”.

En ese proceso de resignificación de la vida en la periferia, Magdalenita ha logrado, a través de sus vídeos, que toda una generación de jóvenes se interese por el Emerita Lvdica, un evento anual centrado en recrear la vida en la antigua ciudad romana Augusta Emerita (actual Mérida). “¿Cómo que no sabes qué ponerte todavía?”, dice en uno de sus vídeos, “no te preocupes que yo te voy a hacer una guía. Todos los trajes tenían tres partes como máximo: la túnica de abajo que se llama péplum; la estola, que es una especie de túnica que va por encima, no es obligatoria, no os preocupéis, y el velo que se llama palla”. Así transforma Magdalenita el agotador formato de “vístete conmigo” en una conferencia exprés sobre cómo se arreglaba una mujer romana de bien.

“Mérida es superartística y un lugar supercultural”, dice, “tiene muchísima vidilla y muchísimo rollo, pero la gente no lo sabe aprovechar y me da mucho coraje”. Como si se tratara de aquel grupo de amigos que se conocieron estudiando Bellas Artes en Cuenca y que trasladaron ese humor rarísimo a Muchachada Nui, Magdalenita tiene a toda una constelación de amigos artistas que viven en Mérida y que colaboran con ella en la producción de sus vídeos. El camino a seguir aún lo está trazando. Quizás sea crear una empresa, quizás estudiar por fin un máster en stop-motion. “Como ahora tengo la libertad económica de seguir formándome, me encantaría continuar desarrollándome en el ámbito artístico. Siento que estoy en un buen momento y no quiero tener ningún pensamiento intrusivo que me baje de la fantasía”.

A corto plazo quiere plantear una muestra en el Centro Cultural Santo Domingo Caja de Badajoz de Mérida: “Es una sala divina, que tiene unas cristaleras preciosas y me encantaría exponer allí todas las cosas que he estado haciendo durante la carrera y durante todos estos años para que la gente vea y conozca un poco mi trayectoria”. Ante la pregunta de por qué no expone en Madrid, donde están todos los creadores de contenido y el foco mediático, Magdalenita responde rápida: “A ver, amor, no puedo ir ‘¡por los pueblos!’ y hacer mi primera exposición en Madrid. Habrá que tirar un poco pa Extremadura”.

EQUIPO

Asistente de fotografía Ana Eguizabal

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Sobre la firma

Jimena Marcos
Periodista en EL PAÍS Audio. Trabajó como editora jefa en Podium Podcast y como guionista en programas de TVE y Movistar+. También ha colaborado con Producciones del K.O, Carne Cruda, Radio 3, La Coctelera y Adonde Media.
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