Deporte en espacio hostil: ¿son necesarios los gimnasios exclusivos para mujeres?
Pese a la notable reducción de la brecha de género en la práctica deportiva y el aumento de mujeres que practican entrenamientos de fuerza, la intimidación, el acoso y los consejos no solicitados hacen que muchas sientan que el gimnasio no es un lugar seguro ni agradable


El gimnasio suele presentarse como un espacio técnico y casi neutro en el que solo importan los ejercicios y los resultados. Sin embargo casi ningún espacio es neutral. Así lo cree Ricardo Tagle, fundador de la Plataforma de Salud y Bienestar The Human Lab: “Los lugares también comunican ideas, valores y jerarquías: qué cuerpos son visibles, qué esfuerzos se celebran, qué formas de moverse se consideran válidas y cuáles quedan fuera. En ese sentido, el gimnasio no es solo un lugar para entrenar; es también un escenario cultural donde se reproducen, a veces sin intención, mandatos sobre rendimiento, apariencia, disciplina y valor personal”, asegura.
‘Gymtimidation’
Emma S. Cowley y Jekaterina Schneider han puesto en marcha un estudio en el que señalan que, pese al aumento de membresías de gimnasios, las mujeres son menos activas que los hombres. Además, se sabe poco sobre las barreras a las que se enfrentan las mujeres cuando navegan por los espacios de entrenamiento. “En el gimnasio, al igual que en otros ámbitos de la vida, las mujeres a menudo sienten que son vistas como ‘demasiado’ o ‘insuficiente’, lidiando con críticas sobre su apariencia, su rendimiento e incluso el espacio que ocupan”, aseguran. “Si bien la presión por estar superdelgada está disminuyendo, el creciente enfoque en ser musculosa y atlética está creando nuevos desafíos. Está impulsando estándares poco realistas que pueden afectar negativamente la imagen corporal y el bienestar general de las mujeres”, advierten.
El estudio Los españoles y el gimnasio, elaborado por Planet Fitness, revela que el 59% de los ciudadanos se ha sentido incómodo a la hora de ir al gimnasio debido a causa de un fenómeno conocido como gymtimidation, que alude a sentir ansiedad o inseguridad al ir a entrenar ante las miradas indiscretas, el pudor al hacer ejercicios de musculación o el miedo a ser juzgado. El análisis indica que siete de cada 10 mujeres han experimentado esta sensación de intimidación o vergüenza en el gimnasio, en comparación con el 48% de los hombres. Son tantas las mujeres que se sienten así que cada vez son más quienes acuden a espacios solo para mujeres.
Es el caso de Curves, centros de entrenamiento “diseñados especialmente para mujeres” presentes en más de 50 países. “Tanto la anatomía femenina como las necesidades de una mujer son muy distintas a la anatomía masculina. A lo largo de nuestra vida las mujeres pasamos además por diferentes momentos en los que son habituales los altibajos de autoestima. Lo oportuno por eso es poder entrenar en un entorno en el que no nos sintamos intimidadas, sino que nos sintamos seguras porque vemos a otras mujeres”, explica a S Moda Martha Aguiar, senior business development manager de Curves. “Ahí se abre la posibilidad de que la mujer se sienta cómoda y más segura. También puedes establecer una mayor conexión con las mujeres que te rodean y se genera un ambiente de comunidad, de compañerismo y de solidaridad. En un gimnasio así, las mujeres no se sienten juzgadas”, indica.
Sin embargo, al ver cuál es el sistema de entrenamiento de Curves, Claudia Mahiques (entrenadora personal y creadora de contenido con perspectiva de género) quiere hacer una aclaración. “Se trata de un entrenamiento de 30 minutos, donde cada 30 segundos se pasa de una posta de fuerza en máquinas a una posta de cardio, en estaciones metabólicas. ¿Qué cuerpo de mujer presupone este modelo? Un cuerpo que no levanta pesado, que no ocupa espacio, que entrena en formatos controlados y que prioriza el gasto calórico. Se adapta a una demanda del imaginario social de quiénes somos las mujeres en la actividad física y la reproduce para sacar rédito económico”, explica. Aclara que si hay mujeres a quienes les genera adherencia y les despierta el interés por entrenar, le parece perfecto, aunque considera que el enfoque parte y reproduce una idea sesgada y limitada de cómo deberían entrenar las mujeres.
La Encuesta de Hábitos Deportivos elaborada por el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes junto al Consejo Superior de Deportes (CSD) destaca la significativa reducción de la brecha de género en la práctica deportiva. Aunque los hombres siguen presentando cifras superiores a los de las mujeres (un 66,2% frente al 59,5%), la diferencia alcanza el mínimo histórico de 6,7 puntos porcentuales. Esta cifra supone casi la mitad que en 2022, año en el que se situaba en los 11,3 puntos. Sin embargo, Mahiques explica que este análisis no indica ni dónde están entrenando muchas mujeres ni las tasas comparadas de permanencia a medio plazo en contextos reales. Tampoco expone con precisión cuánto influye el entorno en la adherencia frente a otras variables como el tiempo disponible, la carga mental o la situación económica. “Lo que sí sabemos, gracias a un metaanálisis reciente, es que en determinados contextos los espacios no mixtos pueden mejorar la adherencia y la percepción de seguridad, sobre todo cuando existen barreras sociales o culturales. La existencia de estos espacios nos dice algo importante: que para algunas mujeres el entorno mixto todavía no es percibido como plenamente accesible o cómodo”, asegura antes de aclarar que ese metaanálisis concluye que los gimnasios solo para mujeres tienen potencial para aumentar la participación y la adherencia, principalmente porque reducen determinadas barreras que aparecen en los espacios mixtos como sentirse observadas o juzgadas, la objetificación del cuerpo, la presión estética, la incomodidad relacionada con la menstruación o con el propio cuerpo, así como barreras sociales, culturales y, en algunos casos, económicas o de acceso.
El espacio de la mujer en el gimnasio
Señala que sería conveniente preguntarse cómo están las mujeres, cómo se mueven y con qué grado de legitimidad ocupan el espacio, pues indica que la sensación de ocupar lo menos posible no suele ser una decisión consciente ni individual, sino el resultado de un aprendizaje social más amplio sobre cómo estar en el espacio público. “Las mujeres, en especial, estamos sometidas a miradas interiorizadas: el juicio anticipado condiciona el comportamiento del cuerpo. También la filósofa Iris Marion Young hablaba de autocensura motriz e intencionalidad inhibida, haciendo referencia a cómo las mujeres tendemos a evitar movimientos que puedan parecer ‘ridículos’, a no hacer ruido y a no ocupar demasiado espacio”, asegura. Añade que esto se traduce en comportamientos corporales más retraídos y menos expansivos, en una menor confianza en la propia capacidad de acción y en una ocupación más restringida del espacio físico y social. “A todo esto hay que sumarle el contexto deportivo. El gimnasio, aunque a menudo se perciba como un lugar neutral, no lo es. Es un espacio social atravesado por normas implícitas, jerarquías y expectativas sobre quién pertenece y quién no. Los estudios de geografía feminista y de arquitectura emocional hablan de la necesidad de una geografía crítica de la actividad física que tenga en cuenta la experiencia vivida, los procesos socioespaciales y las estructuras de poder que posibilitan o restringen la participación en la actividad física. Algunos estudios muestran, por ejemplo, que las mujeres tienden a planificar entrenamientos más cortos cuando hay mayoría de hombres, que existe una tendencia a ocupar menos espacio y menos tiempo y que persiste la percepción de que nuestro entrenamiento no es tan serio o tan válido como el de ellos”, matiza.
Stephanie Coen, Mark W. Rosenberg y Joyce Davidson son los responsables de un estudio que explora el papel del lugar en la definición de género de la actividad física. Señalan que la actividad física es “comportamiento saludable con un fuerte componente de género” y concluyen que la naturaleza física del gimnasio puede reforzar y hacer rutinarias las diferencias de género. Las mujeres se exponen a la sexualización al adentrarse en un espacio eminentemente masculinizado y reciben consejos que jamás han solicitado. Claudia Mahiques considera que eso revela una cierta presunción de que la mujer sabe menos o necesita supervisión. “Históricamente, el cuerpo de las mujeres ha sido un cuerpo sobre el que otros opinan, corrigen o intervienen, desde la medicina hasta la estética, pasando por la educación física o el deporte. El gimnasio no está fuera de esa cultura; en cierto modo, la reproduce”, indica. Y por eso, considera que el consejo no solicitado, lejos de significar ayuda, puede funcionar casi como una forma de disciplinamiento, una manera de cuestionar la autonomía y el saber, de recordarte, en cierto modo, la no pertenencia al espacio. “La ayuda reconoce la autonomía de la otra persona, el paternalismo parte de la idea de que esa autonomía es insuficiente”, matiza.
Señala que como el espacio deportivo ha estado asociado a la fuerza, la potencia y el rendimiento, cualidades que culturalmente se han vinculado más a la masculinidad que a la feminidad, incluso cuando las mujeres acceden a esos espacios, muchas veces lo hacen con cierta cautela o con la sensación de estar de paso. “Por otro lado, muchas mujeres han recibido miradas, comentarios o interrupciones no solicitadas cuando entrenan, y eso genera una anticipación que condiciona el comportamiento incluso cuando en ese momento no ocurre nada. El cuerpo no solo reacciona a lo que pasa, sino también a lo que sabe que puede pasar”, explica. Por ende, desde la socialización y el aprendizaje respecto a la corporalidad de las mujeres hasta el ideario construido alrededor del gimnasio, pasando por la información contextual que el propio espacio transmite y los comportamientos que recibimos dentro de él, son algunos de los factores que incluyen. “Hablar del contexto no limita la agencia individual, sino que la sitúa y nos permite ampliar la conversación, por ejemplo, de la brecha de género en la actividad física”, dice.
Gimnasios exclusivos, ¿son necesarios?
Ben Carpenter, autor de Everything Fat Loss, ha publicado un vídeo en el que alude al comentario de un hombre que señala que “esa tendencia de que las mujeres ocupen el espacio de los hombres y pidan que lo cambien para que estén más cómodas es absurdo”. “He trabajado en varios gimnasios que incluso tenían zonas segregadas. Una de ellas era conocido como ‘el foso de la testosterona’, porque había una regla tácita que establecía que esa sección era para hombres. Si preguntas a las mujeres por qué no les gusta ir al gimnasio, obtendrás respuestas como: ‘No quiero ocupar espacio’ o ‘No voy a coger ese material por si es de otro’. Los hombres apenas se cuestionan el uso de mancuernas o la ocupación de las máquinas que utilizan”, explica el entrenador.
“Otras comentan que les han dicho que vayan a ‘la zona de mujeres’ y muchas se sienten sexualizadas, incómodas, inseguras, asustadas, incómodas y ansiosas porque los hombres las miran fijamente. Llevo 20 años trabajando en el sector del fitness y me parece estupendo ver a más mujeres en el gimnasio y a más levantando pesas, en concreto. Pero ¿es sorprendente que muchas mujeres todavía no se sientan cómodas yendo a ciertos gimnasios? Para nada. Y este comentario solo sirve para reiterar por qué”, dice.
Mahiques explica que los espacios no mixtos pueden reducir barreras concretas y mejorar la participación en determinados contextos, pero considera que la evidencia todavía es limitada y depende mucho del entorno. “Es necesario comprender el espacio deportivo con una mirada biopsicosocial y que esto se traduzca en análisis del microcontexto que nos den más datos sobre las mujeres en su práctica de ejercicio físico. Y, sobre todo, hacerse una pregunta: ¿qué situaciones convierten el gym mixto en un lugar que no se percibe como plenamente accesible?”, comenta.
Ante la pregunta de si es necesario que existan espacios deportivos no mixtos, cree que es importante precisar en qué sentido se habla de ‘necesidad’. “¿Necesario para que las mujeres hagan actividad física en espacios deportivos? ¿Necesario para que las mujeres se adhieran al entrenamiento? ¿Necesario porque los espacios mixtos no garantizan condiciones de seguridad y desempeño suficientes?”, cuestiona. “Al final hemos de entender que el gimnasio no es un espacio neutro ni está libre de acoso machista o de violencia hacia las mujeres. En muchos casos sigue siendo un entorno fuertemente masculinizado en el que se dan situaciones de intimidación o de acoso. Que la propia seguridad sea un factor determinante para acceder o permanecer en una instalación deportiva indica, entre otras cosas, la necesidad de pensar y analizar los espacios deportivos también desde una perspectiva feminista”, dice para terminar.
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