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Ni son 10.000 pasos ni se hacen de cualquier manera: cómo caminar para que realmente cuente

Los estudios más recientes muestran que los beneficios para la salud pueden comenzar antes de alcanzar este número

Varias personas caminan por el parque Juan Carlos I, en Madrid.Jesús Hellín (Europa Press)

Son las 21:47. Miras el reloj. Vibra. “Te faltan 2.134 pasos para alcanzar tu objetivo”. Y, de repente, el día ya no parece tan productivo.

En la última década, los 10.000 pasos se han convertido en una frontera simbólica de la salud. Si llegas, bien. Si no, algo estás haciendo mal. Pero ¿de verdad necesitamos caminar 10.000 pasos al día para estar sanos? ¿Importa solo la cantidad… o también el ritmo al que los damos? ¿Y cómo podemos sumar más pasos y, de mejor calidad, en nuestra vida diaria?

En realidad, el famoso objetivo de los 10.000 pasos no nació en un laboratorio. Surgió en Japón en 1965, cuando la empresa Yamasa lanzó un podómetro llamado manpo-kei, que significa literalmente “medidor de 10.000 pasos”. El número era redondo, fácil de recordar y culturalmente atractivo. No respondía a un gran ensayo clínico, sino a una estrategia de marketing orientada a promover la actividad física tras los Juegos Olímpicos de Tokio. Posteriormente, la ciencia decidió comprobar si aquella cifra tenía fundamento. Y los estudios más recientes muestran algo revelador, los beneficios para la salud pueden comenzar antes de alcanzar los 10.000 pasos. Aquí tienes algunas reflexiones: En mujeres mayores, se ha observado que la reducción del riesgo de mortalidad ya comienza en torno a los 4.000–5.000 pasos diarios. El riesgo sigue disminuyendo progresivamente hasta aproximadamente los 7.500 pasos, punto a partir del cual la curva parece que tiende a estabilizarse. En población adulta en general, el riesgo de muerte disminuye de forma significativa a partir de los 6.000–8.000 pasos diarios en mayores de 60 años, y en torno a 8.000–10.000 en adultos más jóvenes.

Además, no funciona como un interruptor. No es un todo o nada. Cada incremento suma. Los beneficios de la actividad ambulatoria siguen un patrón progresivo, de forma que pasar de niveles muy bajos a moderados tiene un impacto mucho mayor que aumentar desde niveles ya altos. La clave es que se tenga claro que necesitas moverte más de lo que te mueves ahora.

Y otro dato que es muy revelador. Los pasos diarios hablan de volumen, pero no solo la “cantidad”, sino la intensidad, es decir, el “grado del esfuerzo” con el que lo realizamos.

Un metaanálisis recientemente publicado analizó no solo el número total de pasos, sino también los pasos por minuto como indicador de intensidad. Los resultados mostraron algo especialmente interesante: las personas que caminaban a una cadencia intermedia (en torno a 60–65 pasos por minuto) o alta (cerca de 90 pasos por minuto en los 30 minutos de mayor actividad del día) presentaban una reducción significativa del riesgo de mortalidad, incluso después de ajustar por el número total de pasos diarios.

En concreto, aumentar de una cadencia baja a una intermedia o alta se asoció con una reducción adicional del riesgo de muerte del 22% y 21%, respectivamente, independientemente del volumen total acumulado. Es decir, dos personas pueden dar el mismo número de pasos al día, pero aquella que los realiza a un ritmo más vivo obtiene un beneficio cardiovascular añadido.

Con lo cual, cuantos más pasos damos, mejor; pero si además los damos a un ritmo que eleve la frecuencia cardíaca y suponga un pequeño reto fisiológico, el impacto sobre la salud es mayor.

¿Por qué nos cuesta tanto?

Si el cuerpo humano está diseñado para caminar, ¿por qué hoy resulta tan complicado? La respuesta no está en la falta de voluntad, sino en el entorno. Trabajamos sentados. Nos desplazamos sentados. Descansamos sentados.

Aquí entra en juego un concepto clave en fisiología: el NEAT (Non-Exercise Activity Thermogenesis), el gasto energético que no proviene del ejercicio físico estructurado, sino de toda la actividad cotidiana (caminar por la oficina, subir escaleras, moverse en casa). Cuando este componente desaparece, el metabolismo diario se reduce significativamente, incluso aunque entrenemos una hora al día.

El problema no es la ausencia de ejercicio físico. Es la acumulación de horas inmóviles. Y ningún entrenamiento puntual compensa completamente 10 horas seguidas sentado.

Estrategias inteligentes: cómo ‘hackear’ un entorno sedentario

Si el entorno es el problema, la solución no es solo la fuerza de voluntad, sino el diseño de sistemas. Para que los pasos cuenten, debemos transitar de la cantidad aleatoria a la calidad estratégica. No se trata de caminar por caminar, sino de integrar estímulos metabólicos que el cuerpo reconozca como señales de reparación. Veamos algunas recomendaciones.

1. El poder de los “snacks de actividad” y el factor VILPA. La fisiología moderna sugiere que el impacto negativo de estar sentado ocho horas no se borra con una hora de gimnasio al final del día. El cuerpo necesita interrupciones y que le sean aportadas “dosis de movimiento”. Aquí entra en juego el concepto VILPA: ráfagas breves e intensas de actividad física incidental, como correr para alcanzar el autobús o subir escaleras a toda velocidad. Estudios recientes con acelerometría han mostrado que pequeñas ráfagas de actividad vigorosa incidental, de apenas uno o dos minutos cada vez, se asocian con reducciones sustanciales del riesgo de mortalidad, especialmente en personas previamente inactivas. Estos snacks o píldoras rompen el letargo metabólico de forma más eficaz que un paseo largo, manteniendo activos los transportadores de glucosa en los músculos.

2. La caminata postprandial: el regulador metabólico. Uno de los momentos más estratégicos para sumar pasos es justo después de las comidas. La evidencia científica actual confirma que incluso una caminata de intensidad ligera de solo dos a cinco minutos es suficiente para mitigar los picos de insulina y glucosa en sangre. Al movernos después de comer, los músculos esqueléticos actúan como una “esponja” que absorbe el exceso de azúcar y evita ese momento de somnolencia que te sacude casi todos los días, es una de las intervenciones más sencillas y coste-efectivas para mejorar el control glucémico diario

3. El “kilómetro extra” y la importancia de la cadencia. La clave para aumentar el volumen sin que parezca un castigo es el anclaje de hábitos. Si utilizas el transporte público, baja una parada antes; si vas en coche, aparca en la zona más alejada. Sin embargo, recuerda que la intensidad es el multiplicador del beneficio. Si quieres comprobar si el ritmo es el adecuado, utiliza la “prueba del habla”: deberías poder conversar, pero no mantener una charla cómoda y continua sin notar que la respiración se acelera. Ese es el punto en el que el corazón empieza a recibir el estímulo que necesita.

4. Las reuniones en movimiento (Walking Meetings). Hemos normalizado que pensar requiere estar estático, pero la ciencia dice lo contrario. Un estudio de la Universidad de Stanford mostró que caminar favorece el pensamiento creativo frente a permanecer sentado en un alto porcentaje. Cambiar una reunión por una llamada en movimiento no es una pérdida de tiempo: es una estrategia doble, cognitiva y metabólica. No solo cuidas tu corazón; estás hackeando el sedentarismo desde el propio trabajo. Al final, las mejores ideas no suelen nacer entre cuatro paredes, sino dando un paso tras otro.

5. La regla de las escaleras y el NEAT. Es probablemente la victoria más sencilla sobre el sedentarismo. Estudios poblacionales han observado que subir escaleras de forma habitual se asocia con un menor riesgo de enfermedad cardiovascular. El esfuerzo de vencer la gravedad activa grupos musculares potentes como los glúteos y los cuádriceps, elevando rápidamente la frecuencia cardíaca y rompiendo la inercia metabólica del día. Es, en esencia, el componente más accesible del NEAT.

En conclusión, caminar no debería ser una tarea pendiente que nos genere ansiedad a las diez de la noche frente a una pantalla vibrante. La obsesión con los 10.000 pasos puede ser una referencia útil, pero no un examen diario. La evidencia es clara: el mayor beneficio ocurre cuando pasamos de no hacer nada a hacer algo. Puede que sean 4.500 pasos, puede que sean 7.000, pero dados con intención y a un ritmo que suponga un pequeño reto fisiológico.

Sin olvidar que más movimiento siempre será mejor, la clave está en reducir el tiempo que pasamos inmóviles. Y más que contar pasos para vivir más, se trata de movernos mejor para vivir con mayor autonomía, energía y salud.

ENFÓRMATE es el espacio de EL PAÍS SALUD donde hablaremos de aquellos aspectos relacionados con la actividad física, el deporte y la salud física y mental. La actividad física y el deporte forman parte de la cultura de todas las civilizaciones y juegan un papel fundamental en la salud de la sociedad a todos los niveles, tanto física como mental, en todas las edades, desde la infancia a la vejez, tanto en hombres como en mujeres. Desde las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte se ha tratado de avanzar en el conocimiento científico sobre la importancia del movimiento y el ejercicio físico sobre el cuerpo, así como los procesos que explican por qué se producen ciertas adaptaciones, modificaciones o cambios a diferentes niveles (fisiológicos, anatómicos, motrices, emocionales o cognitivos). Por todo ello, este espacio persigue buscar las explicaciones científicas que fundamenten y justifiquen los motivos tan beneficiosos de la actividad física y del deporte. Asimismo, se tratará de discutir y rebatir ciertos mitos o falsas creencias existentes en la sociedad sobre temas específicos del ejercicio físico y la salud.

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