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Felicidad
Tribuna

El veneno que arruinó mi felicidad está arruinando la de todos

En países desiguales, como Estados Unidos, hasta el más pobre echa horas extras para poder comprarse un coche caro. No porque sea una fuente de bienestar, sino para remarcar el estatus

Apoyadores de Donald Trump sostienen banderas del movimiento MAGA, en enero de 2026.Tom Williams (CQ-Roll Call, Inc via Getty Images)

Hace 20 años, en enero de 2005, decidí empezar a medir mi felicidad con el objetivo de analizar qué cosas me hacen más feliz y tratar de repetirlas. Cada noche, desde que tengo 18 años, apunto en un bloc de notas un número en una escala del 0 al 10 que representa cómo me he sentido ese día; 0 representa el peor día posible, 10 el mejor y 5 un día normal. Hoy tengo 39 años, y sigo haciéndolo. Junto a esa cifra, escribo también un diario en el que anoto qué he hecho, con quién he estado o qué he sentido, para poder saber qué se repite los días en que estoy bien y qué afecta más a mis días malos. Hace un tiempo, en un artículo en este periódico, publiqué algunos de los hallazgos de este proyecto. Pero en aquel artículo dejé fuera uno de los hallazgos más importantes sobre la felicidad, que en los tiempos que corren ha acabado tomando una relevancia que no esperaba.

En todos estos años, ya con más de 6.000 entradas en mi diario, apenas he puesto una decena de nueves, la puntuación más alta que he alcanzado. Al analizar qué tenían en común todos esos días, encontré un patrón: en todos ellos ocurrió algo que me hizo sentir muy especial. En uno de esos días, por ejemplo, una chica que me gustaba subió una foto mía a Facebook, con un texto en el que contaba al mundo todas las cosas buenas que veía en mí. Me sentí extraordinariamente especial, y esa noche decidí poner un 9. Este tipo de regalos a la vanidad, a veces por amor, otras por éxitos profesionales, son los que se encuentran detrás de los días más felices de mi vida.

Curiosamente, hace unos años me topé con algo muy extraño que contradecía este resultado, y es que los años más infelices en estas dos décadas han sido, también, años en los que he dicho sentirme muy especial. En otras palabras, sentirme especial me hace sentir muy bien un día dado, pero a la larga baja mi nota.

Me costó mucho tiempo entender esta paradoja, pero a base de leer y releer mi diario, entendí por fin lo que estaba ocurriendo. Al sentirme tan especial para aquella chica, la presión por seguir siéndolo se convirtió en una carga, porque tenía miedo de que algún defecto le hiciera ver que en el fondo no era para tanto. Esto me llevó, por ejemplo, a desarrollar unos celos enfermizos por hombres que tenían cosas que yo no tengo. Al final, todo en nuestra relación empezó a rondar en torno a mí, y acabamos dejándolo. Lo que me pasó con ella me ha pasado todas las otras veces que puse un 9 en mi diario: centrarme en lo especial que era me hacía encerrarme en mí mismo y acabar alejando a la gente que me rodeaba.

El deseo de ser especial tiene además una componente adictiva que lo hace muy dañino, porque se necesitan cada vez más halagos para sentir lo mismo. Lo que ayer bastó con una mirada de complicidad en el bar, hoy no es suficiente ni con un beso de buenas noches todos los días. Nos acostumbramos a todo, pero especialmente a los halagos. Alguien con poca visibilidad en redes se siente especial con 100 likes, pero alguien acostumbrado a 1.000 no tiene suficiente ni con 500. Quien pasa la vida buscando ser especial probablemente acabe quedándose solo y, para colmo, nunca tendrá suficiente.

Todo esto tiene consecuencias muy relevantes en nuestra sociedad que he ido descubriendo con el tiempo. Vivimos en un mundo extremadamente narcisista, y la cosa va a peor. Los anuncios de hoy ya no se esfuerzan por explicarnos las virtudes del producto, sino por qué tenerlo nos hace especiales. Todo en nuestras vidas ronda en torno a ese deseo, y esto está minando nuestra calidad de vida como lo hizo con la mía, porque este sentimiento nos encierra en nosotros mismos, nos atomiza, crea castas y nos enfrenta.

El economista Richard Wilkinson ha pasado años estudiando qué factores influyen más en el bienestar de las sociedades, y tras comparar cientos de países entre sí durante años, ha descubierto que el factor que más afecta a la salud mental, el bienestar o la cohesión de nuestras comunidades no es, como muchos creen, la riqueza, sino lo bien repartida que esté esa riqueza. Y lo que ha descubierto es que el reparto equitativo nos afecta tanto porque marca profundamente las clases sociales y nuestros patrones de consumo. Países muy desiguales, como Estados Unidos, son mucho más infelices que países mucho más igualitarios como Dinamarca, porque, aunque un estadounidense de media gane mucho más que un danés, las dinámicas internas que se han generado en EE UU han empujado a la gente a consumir bienes de lujo que no necesitan, cuyo objetivo principal no es generar bienestar, sino remarcar el estatus.

En Dinamarca, la gente sabe bien quién es sin necesidad de aparentarlo, y esto genera un sentimiento de paz que acaba reflejándose en las encuestas de satisfacción con la vida. Viví diez años allí, y conozco de primera mano ese sentimiento. Algo que me sorprendía mucho en mis primeros años allí es que en las reuniones de trabajo los becarios intervenían tanto como el CEO, y el CEO no trataba de interrumpirlos condescendientemente. Allí el estatus no lo determina lo apretada que lleves la corbata, sino la relevancia de lo que aportes. Yo, educado en un sistema en el que las jerarquías estuvieron siempre muy marcadas, rara vez me atrevía a dar mi opinión delante del jefe, algo que mis compañeros veían como una muestra de baja autoestima. Y aunque al principio me costó aceptarlo, ahora sé que tenían razón: la fragilidad de nuestra autoestima es la consecuencia natural de vivir en una sociedad en la que las apariencias determinan cuánto vales.

En sociedades como la danesa, la gente conoce su lugar sin necesidad de exhibirlo. Eso permite que el consumo se oriente hacia lo que aporta tranquilidad o bienestar real, y no hacia aquello que muestre a qué estatus social perteneces. Una imagen muy simbólica de esto es el Rey de Dinamarca, Frederik André Henrik Christian, al que es habitual ver por las calles de Copenhague llevando a sus hijos en bici. En los países desiguales, como EE UU, hasta el más pobre echa horas extra para poder comprarse un coche caro, no porque tener asientos de cuero sea una fuente de felicidad, sino porque el estatus social en algunos países parece ser más importante que pasar tiempo con tus hijos. Esta competitividad tóxica erosiona el bienestar colectivo de forma muy evidente.

Esta búsqueda de estatus y admiración ha permeado la política, como era de esperar. El narcisismo colectivo de EE UU ha llegado a su presidente de forma violenta y peligrosa. Desde cualquier punto de vista estratégico, atacar Groenlandia es una decisión tan equivocada como ser pobre y querer un coche caro, pero cuando uno observa el comportamiento de Trump desde el prisma del estatus social y el narcisismo, todo se vuelve extremadamente claro y simple: lo único que quiere con su deriva autoritaria es demostrar quién manda, recibir el reconocimiento de su gente y el respeto de los demás. Su actitud infantil no es más que el reflejo de una sociedad con un ego hípertrofiado, que siente que ya no se le respeta y quiere volver a ser alguien, un sentimiento que se ha ido acumulando por mucho tiempo a distintos niveles, desde esos hombres que sienten que las mujeres ya no los respetan, a personas blancas que sienten que se han quedado atrás mientras los inmigrantes los adelantaban, o cierta derecha que se ha sentido minusvalorada por las élites intelectuales de la izquierda. En este contexto no es de extrañar que un solo lema colmara tan bien las ansias de reconocimiento de la población: Make America Great Again. Fuimos especiales y ya no lo somos; yo os devolveré vuestra grandeza. Es sorprendente observar las similitudes con la Alemania de 1930: una sociedad extremadamente clasista, que se había sentido humillada, a la que un líder carismático les dijo: Vosotros sois una raza superior, los culpables son ellos. Ya sabemos cómo acabó aquello.

Me gustaría pensar que todo esto tiene una solución, pero tal y como estamos, parece complicado. El antídoto contra el nacionalismo, el racismo o el imperialismo pasa, paradójicamente, por reducir nuestro deseo de diferenciarnos de los demás, o en otras palabras, por ofrecer al mundo un modelo de sociedad igualitario y justo como el danés. Es desconcertante ver cómo una parte de la sociedad cree cada vez con más convicción que la gran amenaza de nuestra sociedad son los inmigrantes pobres que vienen a ganarse la vida de forma humilde, cuando desde la perspectiva del clasismo y la desigualdad, es evidente que los que más erosionan nuestra convivencia son aquellos otros inmigrantes que vienen al barrio Salamanca, en Madrid, a especular con nuestras viviendas y remarcar su estatus con abrigos caros. Por el bien de nuestras comunidades y de nuestra propia felicidad, el camino debe ser justo el contrario. La humildad debe ser, en estos tiempos, la virtud más importante que podemos exigir a nuestros líderes y a nosotros mismos, pero es, por desgracia, una de las menos valoradas hoy en día. Cambiemos eso.

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