Un estudio pionero concluye que no hay pruebas de que las atletas trans sean “una amenaza” para el deporte femenino
Las mujeres trans y cis muestran niveles similares de aptitud física en competición, según el primer metaanálisis de los trabajos publicados


La inclusión de las mujeres trans en el deporte femenino se ha convertido en el caballo de batalla de una guerra cultural más grande. Las posiciones se fijan atendiendo a convicciones ideológicas o morales. Sin embargo, también subyace un debate médico y científico. Un debate que hoy está más cerca de ser resuelto. Un equipo científico de Brasil ha elaborado un metaanálisis que engloba 52 estudios y a 6.485 personas, que han analizado la composición corporal y la aptitud física de mujeres trans y cis. Y aunque las mujeres trans mostraron una mayor masa magra —lo que indica una mayor masa muscular—, no exhibieron mayor capacidad física, es decir, fuerza o aptitud aeróbica, que las mujeres cis. “Esto desmiente la lógica detrás de las prohibiciones generales a las mujeres transgénero en el deporte”, sostiene Bruno Gualano, médico e investigador de la Universidad de Sao Paulo (Brasil) y coautor del estudio. “La mayoría de estas políticas se basan en la suposición de que las mujeres transgénero conservan ventajas físicas inherentes y, por lo tanto, dominarían las competiciones femeninas. Los datos no respaldan esta idea”.
El metaanálisis, publicado en British Journal of Sports Medicine, analizó a 2.943 mujeres trans que se habían sometido a una terapia hormonal entre uno y tres años. Y no encontró evidencia de ninguna ventaja física. No hubo diferencias observables en la fuerza de la parte superior o inferior del cuerpo, o en el consumo máximo de oxígeno —una medida clave de la aptitud cardiorrespiratoria— entre ellas y las mujeres cis. De hecho, tras la terapia hormonal de afirmación de género, las mujeres trans y cis mostraron niveles similares de aptitud física en todas las variables analizadas. Por eso, con la evidencia científica en la mano, Gualano concluye que las mujeres trans “no representan una amenaza para el deporte femenino”.
“La investigación, que puede considerarse de alta calidad, introduce dudas donde, aparentemente, no las había”, señala Carlos Alberto Cordente Martínez, profesor de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en la Universidad Politécnica de Madrid. “Como mínimo, esto debería llevar a replantearnos determinados posicionamientos maximalistas en el ámbito del deporte de competición”, reflexiona en declaraciones al portal científico SMC España.
No es el primer estudio retrospectivo que se hace sobre el tema. Hace poco un equipo español analizó 14 artículos médicos sobre mujer transgénero y deporte de competición. “Concluimos que son necesarios más de dos años de tratamiento hormonal de inicio pospuberal para conseguir una disminución significativa de los efectos de las hormonas masculinas sobre diferentes parámetros fisiológicos”, explica María Miguélez González, endocrina de la Unidad de Género del Hospital Gregorio Marañón y coautora. En aquel entonces se recomendó ampliar la investigación haciendo estudios más a largo plazo.
Es la misma conclusión a la que llega Miguélez tras leer el presente metaanálisis, por los siguientes motivos. “Los estudios tienen una duración escasa, inferior a tres años”, señala. Además, la experta señala otras limitaciones: “Solo nueve de los 52 estudios analizados eran ensayos clínicos, que son los que aportan la evidencia científica de mayor calidad”. Y por último, destaca “la falta de datos sobre deportistas de élite”.
Los 52 estudios de los que parte este análisis tienen distintos diseños y metodologías, reconoce Gualano. El conjunto de evidencia científica, por lo tanto, no es del todo concluyente y tiene una calidad heterogénea. “No es perfecta, pero es la mejor evidencia científica disponible”, señala. Sobre la ausencia de mujeres trans que se dediquen al deporte de élite, es contundente: “Esa brecha existe porque, para empezar, casi no hay mujeres trans compitiendo”.
Solo una mujer trans ha participado en los Juegos Olímpicos. Fue Laurel Hubbard en Tokio 2020. En la competición de halterofilia, falló sus tres intentos en la modalidad de arrancada y no ganó medalla. Después de los Juegos y tras una intensa campaña de acoso, anunció su retirada del deporte. Probablemente, sea la primera y la última atleta trans en participar.
El Comité Olímpico Internacional ha anunciado su intención de retomar los test genéticos, que fueron abandonados hace más de 30 años, para vetar a las mujeres trans en los Juegos Olímpicos. Hasta ahora, seguía una política abierta que dejaba libertad a las diferentes federaciones para establecer sus reglas, y la norma más aceptada era un umbral de testosterona natural, la hormona masculina: quien lo superara quedaba excluida.
La realidad demuestra que, a pesar de que hombres y mujeres trans realizan deporte, muy pocos lo hacen de manera federada. Charlie Baker, presidente de la NCAA, la principal organización que regula y organiza el deporte universitario en Estados Unidos, declaró en una entrevista que menos de 10 atletas trans estaban compitiendo bajo su órgano rector, que abarca a más de medio millón de personas. Lo hizo al hilo de la promulgación por parte de la Administración Trump de una orden ejecutiva llamada Sin hombres en deportes femeninos, una de las primeras decisiones políticas de su segundo mandato.
La portavoz de la Asociación de Familias de Menores Transexuales de Navarra y Euskadi, Bea Sever, señalaba en una entrevista a la Cadena SER que, aunque cerca del 70% de las personas trans practica deporte, solo el 6% lo hace de forma organizada, por entender que este no es un espacio seguro. Su presencia, más que minoritaria, es anecdótica: hablamos del 0,01% (el 6% de las personas trans realizan deporte y estas representan en torno al 0,3% de la sociedad).
En el debate de la participación de las personas trans en el deporte federado y profesional, siempre hay un colectivo ignorado, desplazado del foco: los hombres trans. El presente estudio también analizó su fuerza y composición corporal para estudiar posibles ventajas y desventajas biológicas. Los hombres trans demostraron tener menos masa magra que los hombres cis y menos fuerza en el tren superior. Superaron en estas dos variables a las mujeres cis. No se pudieron comparar el resto de variables por falta de datos.
El presente estudio no es concluyente en sus conclusiones. Sería recomendable seguir investigando, pero con los datos disponibles no se puede decir que las mujeres trans tengan una ventaja biológica respecto a sus compañeras cis. El debate médico-científico parece decantarse hacia la participación de este colectivo, pero el debate político e ideológico está lejos de haber terminado.
Hay incluso una dimensión filosófica en todo esto. “Filosóficamente hablando, coincido en que los hechos por sí solos no nos dicen qué debemos hacer”, reflexiona Gualano. “Es el clásico problema del ser y el deber ser que señaló Hume”. El filósofo escocés David Hume observó que muchos filósofos y moralistas pasan de describir cómo son las cosas a decir cómo deberían ser sin justificar ese salto. No se añade una premisa moral previa. En este debate, el hecho de que, durante siglos, las personas trans hayan sido excluidas de los deportes no significa que deban seguir siendo excluidas. Que sea así no justifica que deba seguir siendo así.
En cualquier caso, si se va a excluir o penalizar a un colectivo minoritario sobre la base de un argumento biológico, lo mínimo que se debería exigir es que ese argumento estuviera bien fundamentado. “La buena evidencia científica no dicta valores, pero podría orientar cómo los aplicamos”, reflexiona Gualano. “Ese es el papel que este artículo pretende desempeñar”. Por eso, el experto pide analizar el debate en un contexto más amplio, teniendo en cuenta la exclusión y violencia que enfrenta la comunidad trans. “Creemos que el debate debería guiarse por valores fundamentales para el deporte en sí, como la equidad, la inclusión y la dignidad humana, en lugar de prohibiciones generalizadas”, concluye.
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